La responsabilidad de la opinión o de la necesidad de construir espacios de diálogo

Por Sergio Ávalos

| 17:41 // 6 Septiembre, 2016

Un elemento importante que influye en las tensiones que se viven en las sociedades de hoy, es la ausencia de espacios de diálogo. Más allá de una supuesta incapacidad del mexicano para el debate, pareciese que cada quien se dirige al otro en un idioma diferente e incomprensible. Estrictamente hablando hay una ausencia total de comunicación y por lo tanto de diálogo, y un bloqueo en la construcción de eventuales consensos. Se emite mucha información, se intercambian muchísimos mensajes entre los individuos pero no se logra concretar el proceso comunicativo. Al bloqueo de dicho proceso contribuye, en buena manera, una serie de opiniones emitidas por personas que tienen acceso a los diferentes medios de difusión masiva y cuya misión parece ser precisamente la de provocar confusión, alentar ideas falsas, estimular la creación de lugares comunes y alimentarlos, empujar a los malentendidos y a una visión simplista de lo complejo. Podríamos preguntarnos si esa actitud, por demás irresponsable, es producto de la falta de preparación y de rigor o de la mala fe. La respuesta abarca, a menudo, todas las posibilidades.

Un problema conexo es que, como ciudadanos, recibimos a diario una cantidad inaudita de información al grado que se vuelve complicado verificar su veracidad. El ciudadano tiende entonces a otorgar su confianza a tal persona porque aparece en “x” programa o escribe en “tal” periódico que le parecen serios o simplemente porque lo que la persona expresa se compagina con la visión de quien recibe el mensaje. Quienes opinan en esos espacios tienen en automático una carga de responsabilidad directamente proporcional a la importancia del medio. Y sin embargo, creo que es en medios de alcance nacional donde más se da el abuso de confianza al televidente, al lector al radioescucha. Es difícil saber cuándo se trata de falta de información o de mala fé. A mi modo de ver ciertos mercenarios como Ricardo Alemán son más que evidentes y ni la pena vale detenerse en ellos. ¿Pero qué sucede con personajes más ambiguos como Denisse Dresser, Jorge G. Castañeda, Luis González de Alba o Román Revueltas Retes? Como muestra tomo una de las últimas notas de Revueltas, violinista, compositor y director de orquesta que opina sobre muchos temas pero con predominancia sobre política. Hago la advertencia que no se trata de que sólo los “expertos” opinen de sus especialidades ni de censurar o coartar su de derecho a expresarse sino de apelar, aunque seguramente sea ingenuo de mi parte, a la responsabilidad que tiene para con sus lectores. La nota que tomo de ejemplo se intitula “En las guerras suele morir la gente oigan…” En ella, el autor trata contradictoriamente de explicar que hoy en día las sociedades son menos violentas pero que cuando hay guerras éstas se desarrollan siguiendo las reglas establecidas en las Conferencias de La Haya de  1889 y 1907 y que en México se habla de guerra pero los sicarios no respetan las reglas. Sin embargo, dice, cuando los policías o soldados matan a “esos canallas“, la Comisión Nacional de Derechos Humanos “arma un escándalo morrocotudo. De los agentes federales torturados no dice… ni pío“. Sin expresarlo claramente, este señor nos suelta sus “argumentos” para confortar una idea que desafortunadamente está demasiado extendida en la sociedad: “las comisiones de derechos humanos sirven para defender delincuentes”. Si Revueltas tiene, en efecto, la mala costumbre de simplificar al extremo, lo que sugiere esta vez es grave y profundamente irresponsable. Y creo que lo dice a sabiendas de que tendrá eco en una parte de la población que, frente a la enorme violencia e impunidad que priva en el país, ya no sabe a quién encomendarse. ¿Es demasiado pedir que si pretende hablar del tema por lo menos se informe? Veamos lo que no sabe o no dice: 1. Hoy las situaciones de guerra están reguladas por una gran cantidad de tratados y convenios que rebasan ampliamente los citados por Revueltas pero sobre todo ¿ignora realmente que los convenios se refieren a guerras entre estados o guerras civiles donde los beligerantes deben portar uniformes, insignias etc? Luego entonces es ridículo escandalizarse porque un criminal, por definición fuera de toda ley, no la respeta . 2. El malabarismo que le lleva enseguida a deducir que puesto que los criminales no respetan las leyes de la guerra entonces los representantes de la ley tampoco tienen por qué detenerse en tecnicismos es, por decir lo menos, asquerosa. Bajo ninguna circunstancia es aceptable que un representante del Estado actúe fuera de la ley. Y por último, quizá el punto más importante que todo ciudadano debe conocer: Estrictamente hablando, solamente el Estado, a través de sus representantes, puede violar los derechos humanos. Si alguien que no es funcionario tortura o mata estaría cometiendo delitos pero no violaciones a los derechos humanos. Por lo anterior, las comisiones de los estados (que conocen de violaciones cometidas por funcionarios locales), y la nacional (para violaciones cometidas por funcionarios federales con excepción de los del poder judicial) no tienen competencia cuando quien tortura es un criminal. Lo que puede parecerle enredado al ciudadano promedio, el comunicador tiene la responsabilidad ética de saberlo, investigarlo y aclararlo. Porque si no, como en el caso que nos ocupa, contribuye a desinformar a la población y a socavar lo poco que queda de las instituciones. Las comisiones fueron creadas para defender a los ciudadanos de los abusos del Estado y en un país donde estos son cotidianos cualquiera de nosotros puede llegar a tener necesidad de ellas. A las comisiones de derechos humanos se les puede y debe hacer muchas críticas, aún les queda un largo camino por recorrer, pero no se vale pretender cuestionarlas por cosas que, por ley, no pueden ni deben hacer. Creo que aquí es perfectamente aplicable la frase de F. D. Roosevelt que Stan Lee usa de moraleja final en el primer número del  “Hombre Araña” y que luego pondrá en boca del Tío Ben : «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad». El poder dirigirse y eventualmente influir en cientos de personas es, en mayor o menor medida, una forma de poder.

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