Represión, lo único seguro del periodismo en Guerrero | TESTIMONIOS

Reporteros protestan en la PGR-Acapulco
Por Carlos Rosas

| 22:16 // 17 Mayo, 2017

No sólo reciben agresiones en la calle, también padecen el asedio en sus redacciones, con sus jefes, y los empresarios propietarios de los periódicos donde trabajan

Acapulco, Guerrero.- Las agresiones contra los periodistas son moneda de uso corriente en México.

Por lo general, provienen de las autoridades, de los tres niveles, pero también ocurren cuando a los manifestantes no les gusta cómo se cubren sus actividades públicas, como ocurrió recientemente en la UNAM.

Además de estos dos frentes, los periodistas de Guerrero han tenido que aprender a vivir con raquíticos salarios, sin prestaciones y el asedio incluso en sus redacciones, con sus jefes, los empresarios propietarios de los periódicos donde trabajan.

En Guerrero, el ataque a los reporteros cuesta sangre, como en el caso de Cecilio Pineda Birto, cuyo asesinato, como el de Javier Valdez, perpetrado el lunes, sigue impune.

Los periodistas se exponen al cubrir acontecimientos en los que se involucran policías o soldados. Es común que muchos, además de la cámara y de la grabadora, lleven cascos, chalecos que los identifican a la distancia, porque a la hora de que se desata la represión, suelen quedar en el fuego cruzado.

Estos son algunos testimonios de reporteros que hoy acudieron a la marcha para protestar por el asesinato de Javier Valdez, y otros cinco periodistas, en lo que va del año.

Golpeado por documentar agresión a maestras

Carlos Alberto Carbajal Arcos, fotoperiodista del periódico El Sur, relata una de las varias agresiones que ha sufrido:

El joven fotógrafo cuenta que le tocó cubrir una marcha de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (CETEG), en febrero de 2015, de la glorieta de Puerto Marqués hacia el aeropuerto Juan Álvarez, que los profesores pretendían tomar.

Antes de llegar al aeropuerto estaban los policías federales antimotines bloqueando la avenida. Durante dos horas los contingentes de policías y maestros estuvieron frente a frente, “los reporteros quedamos en medio de ellos”.

Cuando oscurecía, “ya por ahí de las 7 o 7:30 de la noche, fue cuando la Policía Federal comenzó a hacer el desalojo de los maestros, y empezaron a golpearnos; fue parejo, no sólo golpeaban o desalojaban a los maestros, también a la gente que estaba cerca del lugar, a los reporteros, a pesar de que nos identificamos. Ya habían visto que estábamos ahí cubriendo, con nuestras cámaras, con nuestras identificaciones, y a pesar de eso nos agredieron”.

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Reporteros marchan sobre la avenida Costera, en Acapulco.

Carlos Alberto, quien además imparte talleres de fotografía para niños, continuó: “en mi caso, me quitaron mi cámara, me golpearon con un tubo en la cabeza, traía un casco para protegerme y eso amortiguó el golpe”.

Los federales se concentraron en él porque había documentado cómo sacaron a golpes a unas maestras que se había refugiado en un coche, “estaba justamente tomando que estaban golpeando a unas maestras, las estaban sacando de un carro y las estaban echando gas lacrimógeno”.

Lo empujaron primero con los escudos, “yo me identifiqué, y me dijeron que como quiera me iba a cargar la chingada. Empezaron a perseguirme, a patearme; pude resguardarme un poco en las escaleras del Fórum Mundo Imperial”.

Trató de recuperar el equipo, “como me habían quitado mi cámara, yo quise regresar a donde me la habían quitado, hablé con ellos de frente, con el grupo de policías que me habían golpeado”.

Los policías no lo dejaban pasar, “les decía que quería mi cámara, y me contestaron ‘pásale, pero allá dentro te va a cargar la chingada’, y de ahí me volvieron a perseguir hasta el estacionamiento de la tienda Chedraui”.

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Luego de esta agresión, “no me devolvieron mi equipo”. Levantó una denuncia ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, “y comenzó un proceso en la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE), pero luego de más de un año del proceso, en el que presenté pruebas, video y foto de lo que me había pasado, me dijeron al final que no eran pruebas suficientes y que no me iban a reponer mi equipo, y así fue: nunca me devolvieron mi equipo” fotográfico.

Represión para ocultar golpiza a normalistas

Allan García, actual jefe de información de Radio y Televisión de Guerrero en Acapulco, recordó que en noviembre de 2007, cuando era coordinador editorial del diario La Jornada Guerrero, cubrió el desalojo violento de normalistas en la caseta de peaje La Venta, en Acapulco.

“Fue una protesta de normalistas de Ayotzinapa en la caseta de La Venta, asistí a cubrir, fuimos los primeros en llegar al lugar” con el fotorreportero Pedro Pardo.

Allan también es padre de familia y un melómano incorregible, pero ese día, “al momento del repliegue de los normalistas, fuimos objeto de agresión por parte de policías federales, con gas lacrimógeno, con toletes, con escudos, fue una agresión directa, (a pesar de que) nos identificamos como periodistas”. Detuvieron a 57 estudiantes, y a algunos los golpearon severamente.

El periodista considera que “hay un factor que es determinante, que es el de inhibir, el de hostigar la labor periodística, al dar cobertura a hechos donde la policía actuaba contra los principios bajo los que se rige, y violando los derechos” de los estudiantes.

Él acudió a la marcha de hoy a pesar de que “sabemos que nosotros no somos la nota informativa, pero en esto momentos estamos llegando a niveles en los que un periodista, por el hecho de informar, es asesinado, y Guerrero no está exento de esta situación”.

El enemigo en casa

Hoy también participaron en la marcha, pero de manera discreta. Son tres reporteros que en la protesta de ayer, fueron identificados, mediante fotos, por el jefe de información del medio en el que trabajan. Pidieron que no se publicaran sus nombres por lo siguiente:

Ayer en la tarde “nos llamó mi jefe, mostrando la foto y diciendo: ‘oigan, esto qué’, y estábamos todos con las cartulinas, ‘No se puede, esto no se puede, los vamos a castigar tres días’”, fue la amenaza que les hicieron.

“Al señor no le gusta que participemos”, dijo el reportero entrevistado. Ese día temprano, en su periódico, un allegado del dueño, que también trabaja en ese diario de Acapulco, les preguntó “qué onda, ¿van a ir allá?”, le contestaron que sí.

Respecto a por qué ellos también protestaban, le contestaron al funcionario del medio donde laboran “señor, ¿y si nos llega a pasar algo a nosotros? ‘A ustedes no les va a pasar nada, es que al dueño no le gusta’” que la población proteste.

Por eso, decidieron comprar camisetas comunes y quitarse el uniforme de la empresa periodística y lanzarse a la protesta “y sí, ya sabemos que no, por eso compramos otras camisetas y nos venimos”. Pero en la tarde, su jefe de información les reclamó: “no pueden hacer eso en horario de trabajo, no los quiero ver allá”.

Lo único seguro que tiene un reportero en Guerrero, es que, de una u otra forma, será reprimido y/o asesinado.

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