México.- “Los escritores no somos animales de circo”, ha dicho ese mítico y escurridizo novelista que es William Gaddis, pero Jeremías marquines es uno de esos raros poetas de culto que aparecen una vez cada cien años. Odiados, envidiados, difamados y malditos, pero que dejan una huella imborrable en la poesía. Marquines, es un poeta tabasqueño, junto con José Gorostiza, (Muerte sin fin), Carlos Pellicer (Horas de junio) José Carlos Becerra (El otoño recorre las islas)  Jeremías Marquines (Acapulco Golden), conforman el cuarteto de poetas más imprescindibles que ha acuñado ese estado de México.

Libros como “Varias especies de animales extraños jugando juntos en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem”, el título más largo de poesía contemporánea, “Acapulco golden”, “Bordes trashumantes”, “Dónde tiene el hoyo la pantera rosa”, “De más antes miraba los todos muertos”, entre otros, son una verdadera proeza encontrarlos, ni se diga de sus títulos más recientes “Tequila a gogó” y “9Tubohouse”.

Marquines es el constructor de una poética original, es una voz magníficamente extraña. Su poesía no está hecha de temas, sino de tramas. Más que construir a partir de una unidad lineal causal asociativa, como ocurre con todos los demás poetas, este autor utiliza un recurso de escritura que ha llamado narratología lírica. Es una función por la cual se considera a la poesía no sólo expresión lírica de una intención, sino como universo ficticio sujeto por lo tanto a las leyes que impone dicha disciplina: Tema. Trama. Desarrollo y solución de conflictos. Es decir: ordenar, disponer y razonar.

En las narratividades líricas, la función narratológica es el orden que estructura los fragmentos que dicta la conciencia emisor-lírico. De esta forma el hablante o conciencia lírica se convierte en narrador fantasmatizado que suma puntos de vista, concilia perspectivas y polariza vías de información. En las narratividades líricas, narrar no significa contar nada, y sin embargo, el poema atiende la estructura más exigente de la narratividad. Ambiguación entre relato y discurso lírico. La anécdota sustituida por la tensión. La causa por un acontecer inmediato. La metáfora por la imagen. Libros como Acapulco Golden, Tequila a gogó y 9Tubohouse están configurados desde esta función de escritura.

Como una lúgubre banda de rock gótico empieza el asunto, notas altas, poderosas y un ritmo pausado e implacable. El lenguaje elusivo y, en ciertos aspectos, ausente, pero pleno de resonancias y matices, nos conduce por raros paisajes donde abundan sombras milenarias y misterios recientes.

Las invisibles paredes arden y el dolor se cristaliza. Todo gran poeta, y Jeremías Marquines es de los mejores en circulación, es una puta araña que destila su red a la caza del absoluto o simplemente pretende su ración diaria de supervivencia. ¿Hay vida allá dentro? Sí, una compleja red de tejidos, un amasijo de vísceras y un esqueleto turbio que resiste la furiosa tormenta del olvido y el polvoroso silencio de un presente insípido y banal.

Marquines no se guarda nada, las cartas están sobre la mesa. Su poesía respira, dibuja objetos y lugares sin llegar jamás a la evidencia. Es un maldito sendero de espejos rotos y en ninguno de los pedazos alcanzamos a ver nuestro reflejo: estamos solos ante un imponente ciclo de imágenes tormentosas e inaprensibles como los últimos instantes de un sueño.

casa y ciruelo

El Señor H, amo y señor del centro y los contornos que nutren su propia historia, divaga en ese mundo poblado de fantasmas de carne y hueso, fantasmas que cumplen necesidades aleatorias y alternan con él en distintos niveles provocando evocaciones, negocios, sospechas, sentencias y promesas que flotan en el aire de lo que parece ser un mismo atardecer.

El Señor H y sus historias abarcan el espacio sin jamás llenarlo del todo, como si cada frase cayera en un agujero negro dejando solo una lejana sensación de no haber vivido lo suficiente para saborear el fruto prohibido o inventar la piel donde encajaría una nueva caricia.

El Señor H aletea en un florido y razonable manicomio, un cuarto frío sin orificio de salida. Sus manos tiemblan en la oscuridad y su rostro pálido parece avergonzarse de no haber caído en la incesante guerra. La vida es su castigo, su lento acontecer. Página tras página, la figura del Señor H se alarga y nos damos cuenta de que el muy condenado le ha estado retorciendo el cuello a la felicidad.

Este libro de Jeremías Marquines es un tremendo retrato de la condición humana, un retrato afectuoso y casi neutral. El Señor H vive y muere en cada una de sus páginas, sus dichas y avatares nos resultan íntimos y familiares. Nadie se salva leyendo sus peripecias de ser el Señor H y cada uno de los personajes que lo circundan y de los oficios que lo sustraen.

La de Marquines es poesía en mutación constante, poesía que bordea realidades para recrear intensas fantasías y parir verdades. Un Señor Libro es lo que tiene el lector en sus manos, una guía para sonámbulos, un catálogo de amores dispersos y salvajes con ganas de continuar la peligrosa aventura de escribir hasta las últimas consecuencias, de escribir sin esconder el alma, como bien sabe hacer Marquines. Este libro está disponible en la tienda en línea de Editorial Praxis: Da click aquí para adquirir un ejemplar

La residencia del señor H

El asfalto se enfría. Las huellas de los neumáticos forman una costra. Las sábanas cuelgan retumbantes en las vallas de alambres. La mujer del policía lava dos camisas. Mueve una mano contra la otra. Las arrugas se estiran en su brazo. El policía no trabajó. Se afeita en la cocina. Limpia el rastrillo en un vaso con agua. En la televisión dos zombis escapan de un laboratorio. Hay disparos. El policía deja de afeitarse. Tiene una ulcera en el ojo izquierdo. Siente crecer el párpado. “Donde quiera que mires ves zombis”, objeta. Se oprime el ojo. Un hilo de pus mancha el espejo.

Con una regla escolar, el señor H mide las líneas de su casa. Los ángulos con un transportador. La contigüidad, con los pasos. Desde el centro de una X, hacia la zona transversal e inclinada del mediodía, cinco a cada lado para ser exactos.

Fijadas las simetrías por la proporción de un paraguas atado a un asta con las puntas de un pañuelo, concluye que todo el conjunto mide cincuenta metros cuadrados. “Las casas del señor Masuzawa son objetos líricos”, confirma el señor H, cerrando el libro. “No sirven para vivir”. Su mujer finge no escucharlo. Peina sus cabellos con aceite de almendras. Se arranca las canas para tejerse una mortaja. Piensa en un camellero beduino que se ofreció llevarla a Jaffa mediante el pago en abrazos. Afuera, la tarde sólo es otro pájaro enfermo. El sol recoge sus cuerdas dispuesto a pudrirse en su sepulcro. El señor H siente la diminuta angustia de la hierba, de las ranas, de los gusanos, de las hormigas y se entristece de haber aclarado su situación en el mundo. En su corazón, algo se hizo más pequeño.

Esa noche el señor H no encendió la luz de la cocina. El ciruelo celebró su adolescencia esparciendo flores. Se fue a dormir, con la impresión de quien deja una llave abierta.

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Efraín Medina, narrador colombiano, es celebrado por sus novelas: “Erase una vez el amor pero tuve que matarlo”, “Técnicas de masturbación entre Batman y Robín” y “Sexualidad de la pantera rosa”.