México.- Me enteré de su muerte en un restaurante del entonces Distrito Federal. Era un noviembre húmedo de mil novecientos noventa y cinco. Alguien que llegaba del norte dijo que había muerto El Poeta de Sonora, pero no recordaba el nombre. “Abigael Bohórquez”, dijo una voz. El recién llegado asintió. Me sentí devastada por la indiferencia de quienes apenas conocían su nombre. Nadie a quien asirse, los amigos lejos y sin posibilidad de decirle adiós.

Nos conocimos en San Luis Río Colorado. Estuvimos bebiendo en el bar de un hotel que ya no existe. Entonces me convenció de que leyera mis poemas en las entonces incipientes Jornadas Binacionales de Literatura. Esa fue mi primera experiencia de lectura en una sala abarrotada. Estaba muy nerviosa, pero que fuera él quien me presentara, calmó rápidamente mi ansiedad.

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Aún conservo sus correcciones a mis torpes poemas con su perfecta letra de transcriptor medieval.

Su vena lúdica hace trágica, confesional y apasionada su poesía:

se dice que hay que ser neciamente,

denodadamente, específicamente

subversivos,

o febrilmente, desvergonzadamente

apáticos;

yo cargo mi propia impúdica suprema ley:

gallito que no coge,

¡a la chingada!

Pero Abigael era mucho más que su escritura o sus romances. Adoraba a su familia y la protegía; y él, contrario a lo que se pudiera pensar por ser el pariente homosexual, era salvaguardado y admirado por ellos.

Después de conocerlo, nos vimos en Hermosillo. Llegó atareado cargando bolsas de mandado a la casa de Jorge Ochoa, donde yo me hospedaba después de haber participado en una lectura en la Casa de la Cultura. Llegó ordenando la cocina y se dispuso a cocinar. Entre charla y charla, preparaba el guisado de carne molida; hojitas de albahaca, ajo, romero, sol que entraba por la ventana, todo conjugado en sus platillos.

Yo lo veía trajinar, entre el brillo metálico de los sartenes limpios y sus frases ingeniosas, mostrando su sonrisa de niño y su mirada astuta. Sus movimientos corporales, casi dancísticos, eran un espectáculo íntimo y gozoso.

Después de la sobremesa y una vez que hubo levantado y lavado los platos, se sentó frente a una máquina de escribir, y sin ignorar a nadie, platicaba, escribía, inventaba, hacía planes y se burlaba de mis pantalones rotos. No recuerdo cómo terminó la noche, pero supongo que nos emborrachamos.

Abigael era un sufridor de sí mismo. En una ocasión estaba sentado a contra luz, con un cigarro en la mano y un vaso de tequila en la otra, música norteña de fondo, con esas canciones de desamor y desconsuelo. Él veía a la nada con una mirada nostálgica, antigua, que generaba en mí una estética del ensueño. El humo se paseaba por su frente y hacía malabares esparcido por el aire del abanico de techo. Esa imagen, y el sufrimiento como condición poética y profética, se han quedado en mí.

“El poeta no ha de ser simplemente artista, sino un verdadero vidente”, dijo Rimbaud y creo que Abigael conocía su trascendencia, por eso no se desbocó buscando el reconocimiento, el aplauso. No se quejó ni se humilló ante quienes lo negaron. Sabía lo que hacía, lo que estaba creando; el mundo de palabras que nos estaba heredando. Él sabía. Sabía muy bien.

Su última Navidad, la Navidad del 94, la pasamos reunidos en torno a él, en la oficina de Manuel Cuen por la calle Madero, en San Luis Río Colorado. Solteros todos en ese tiempo, fuimos llegando como no queriendo a ese lugar cálido. Una olla de menudo en el patio trasero, puesto a la leña, dos botellas de tequila y algunas caguamas. Abigael, sentado a una mesa grande y redonda, leyendo poesía, propia y ajena, casi toda la noche. Ningún motivo navideño, él no lo hubiera soportado, sólo las mesas largas, el bastidor y aquel cuadro del Manuel con muchacha y girasoles.

El compromiso de Abigael no se limitó a la epidemia del SIDA, haciendo apología de los caídos y los marginados por esta enfermedad. También habló por Hiroshima, de las dictaduras de América Latina, los excesos de los políticos en México y la falta de libertad de expresión.

Vengo a estarme de luto porque puedo. Porque si no lo digo yo poeta de mi hora y de mi tiempo se me vendría abajo el alma, de vergüenza por haberme callado.

La última vez que nos vimos fue en su covacha de la calle Reyes en Hermosillo. Jeff Durango me llevó a despedirme, antes de llevarme a la Central Camionera. Yo regresaba a San Luis después de varios días de visitar a los amigos. Entramos y nos recibió el olor a café colado. Tenía la cafetera sobre una silla. Las paredes estaban llenas de libros, su cama de fierro sin tender y una mesa con su máquina de escribir, sobresalía. Era sólo un cuarto con baño.

Bohorquez

Hablamos por un rato y cuando nos despedíamos, entró rápidamente y salió con una bolsa de dulces y naranjas. “Para el camino”, dijo. Detalle indeleble que mantengo fresco como muestra del espíritu generoso de ese Abiagel, el mío, no el de otros.

Leyendo un poco sobre la vida de Roland Barthes, recordé la de Abigael. La soledad y la devoción a la madre y esa adhesión a ella, como único refugio y protección. La madre como hermana, algunas veces como una suerte de reconciliación con el mundo que no se entiende; otras, como fue el caso de Borges, la que dirige y decide, muerde y sacia a la vez, una sed de algo que se carece. Tal vez la ausencia del amor carnal o del entendimiento natural de éste. Los tres vivieron con sus madres hasta que éstas murieron. Y excepto por Borges, Barthes y Abigael nunca terminaron de despedirse de ellas, hasta que volvieron a encontrarlas a través de su propia muerte.

Y hablando de muerte, leí en una nota de la revista Siempre!, que Abigael murió a consecuencia del SIDA, cosa que es falsa. Ya una amiga poeta de Tijuana había señalado, en plática informal, que se decía entre los escritores que esa había sido la causa de su muerte.

Hay un puente que la gente, por ignorancia o conveniencia, ha formado entre el último libro de Abigael y su salud física. Nada qué ver una cosa con la otra. Pero bueno, su sensibilidad lo llevó a escribir Poesida, en pos de la comprensión y humanización, tanto de la enfermedad como de los enfermos. Él murió de un ataque al corazón mientras dormía, en su cama, en su casa, tranquilo, como deberían de morir los poetas.

Si me preguntan por los libros de Abigael que más marcaron, tanto mi vida personal como mis intentos poéticos, definitivamente respondo: Heredad, antología provisional 1956-1978, y Digo lo que amo.

Abigael fue poeta antes de conocer la poesía. Si es cierto que la vida nace con cada ser humano, Abigael inventó la poesía, le dio forma, redactó las reglas, impuso las leyes (si es que todo esto le es propio a la poesía).

Siendo jovencísimo escribía como un viejo, pensaba como un viejo, dijo cosas que dicen los viejos y todo eso lo sostuvo hasta el día de su muerte.

Los Abigaeles que van del norte al sur.

El Abigael que se quedó en el Centro.

El Abigael que regresó a morir al desierto, su desierto, nuestro desierto sonorense, su casa… para siempre.