Desde las ocho de la mañana familias completas en autos de lujos descienden con maletas – una, dos, cinco, diez – mientras los bell boys del hotel Krystal Beach se apresuran a atenderlos sobre el estacionamiento.

En la zona no hay tanta seguridad aún, a lo lejos se ven llegar los primeros policías federales, amontonados frente a un Mc Donalds, lucen sus mejores trajes – güeritos, bonitos, sacados de una película de acción – mientras en sus manos empuñan sus teléfonos celulares y no paran de escribir. ¿Qué escriben? ¿A quién?

No importa, los turistas están dispuestos a disfrutar de sus vacaciones; fotografías para presumir a los amigos, un descanso bajo los rayos del sol y - ¡uf! – un pescado a la talla que deje el mejor sabor de boca.

Una hora después, todos los restaurantes sobre esta sección de la Costera lucen hasta el tope – el 100% Natural, el Café Woolworth, el Barra Vieja, María Bonita; ni siquiera Mc Donalds y Sanborns se dan abasto – y en los puestos del Mercado de La Dalia ya no cabe un comensal más.

Por las calles pasan decenas de personas, algunos cargando maletas, otros niños y unos más salvavidas; sobre la Costera el caos vial - que seguirá el resto del día - inicia.

A las once de la mañana, con el calor del sol sobre ellos, los turistas apartan sillas y sombrillas para disfrutar del mar y la arena. No se ve ningún agente sobre la franja de arena.

- ¿A qué hora llegan los policías a cuidar las playas? – le pregunto a Lucía, una vendedora de lentes de sol.

A la una de la tarde, me responde. Espero hasta las once y media, sólo por si las dudas, pero no: entonces es a la una.

Avanzo hacia la playa Papagayo, sobre la avenida Costera, tampoco ahí hay mucha seguridad, sólo un Jeep de la federal con cuatro agentes adentro, avanzando despacio, vigilando.

Una hora después estoy en playa Papagayo, repleta de turistas con salvavidas inflables – cocodrilos, ballenas, una dona –; los ambulantes ofreciendo lo suyo: tatuajes, sobreros, trajes de baño, artesanías, quesadillas, plata de Taxco de la mejor calidad, de la que no se raya…

Lucía tenía razón, a la una de la tarde llegó la seguridad a las playas: tres marinos, con sus trajes blancos como la nieve, impecables, avanzan con toletes y una pistola al costado.

A lo lejos se escucha el eco de un helicóptero de la Marina, grande y gris, que recorre varias veces la bahía de Santa Lucía, ahí iba el gobernador de Guerrero, Héctor Astudillo “constatando” el operativo de seguridad y que las playas estén llenas.

Para entonces, dos hombres habían sido asesinados y cuatro más heridos en distintos puntos de la ciudad – incluido uno al que balearon sobre la Costera – pero todo eso, lamentablemente, fue antes de la una.

En la Condesa, donde había reunidas varias parejas de homosexuales, tres marinos vigilaban, pero sólo durante media hora, pues después se retiraron.

Camino a Caleta revisé mi celular, las fotos de los cadáveres y heridos del día ya estaban disponibles en los sitios de nota roja.

Aprovechando el trafico, un grupo de jóvenes cristianos se paraban bajo el semáforo para mostrar a los automovilistas una manta con su mensaje: “Esto fue porque Cristo te ama”. Además, otro detuvo el autobús para avanzar, cargando una cruz.

Cuarenta minutos para llegar a Caleta, un hombre acababa de caer de una embarcación y fue llevado a un hospital privado, pero las playas de Caleta y Caletilla estaban llenas y en ellas había una fiesta con música de chile frito, mariachi, comida; mujeres y hombres bebiendo y luciendo sus mejores trajes de baño.

Ahí, las autoridades lograron una detención. Una agente federal reveló que gracias a las cámaras de seguridad, se había logrado detener a un ladrón.

El día cerraría con el mismo ritmo que las últimas semanas: un ataque a un table dance, a una cuadra de la Costera, dejaría dos personas muertas y cinco heridas antes de la madrugada de este Jueves Santo.