México.- Vi su cara sonriente, mezclilla, colita atada con liga, barbita hípster y una chamarra al hombro, por la avenida Insurgentes; habíamos quedado de vernos para comer juntos ese día.

Nos conocimos en Tijuana, en el Festival de Literatura del Noroeste en el año 2009. Nunca había compartido con tal elenco, así que me sentía patidifusa, situación de la que Francisco Morales vendría a rescatarme. A mitad del Encuentro apareció Agustín Ramos. La simpatía por este señor fue inmediata. Al terminar una noche de farra me regaló su novela Al cielo por asalto, que tomó del asiento trasero del vehículo de Marco (hermano de Francisco y uno de sus mejores amigos). “¡Es mío!”, exclamó éste, sin que Agustín se inmutara, mientras me escribía una dedicatoria, ante las risas de los circunstantes y el enojo de su amigo. Me cautivó su calidez, su paternalismo inofensivo y su solidaridad incondicional.

Ahora estábamos en un restaurante de la Ciudad de México, pedimos un par de cervezas y la charla comenzó a fluir, desde qué habíamos hecho desde la última vez que nos vimos, hacía ya dos años, hasta qué estaba escribiendo cada uno, en qué y cómo andábamos con nuestras vidas y las personas que tenemos cerca. Yo veía su aspecto, muy diferente al Agustín de hace unos años, más jovial, con más personalidad y la misma alegría.

―Tú escribes novela histórica, ¿no? ¿Qué opinas de los historiadores?

―Me interesa mucho más la historia que los historiadores. La historia no la hacen ellos, sino la gente. El historiador registra la verdad, si acaso.

―La verdad no existe.

―Claro que no, pero existen versiones más o menos infames, más o menos falaces, más o menos leales; si la historia es puro discurso entonces aventemos el tablero, construyamos perspectiva y confrontemos los hechos, las pruebas de los hechos, el documento y el testimonio, describamos y dejemos que los siguientes corrijan nuestros errores y se aproximen más a esa verdad que no existe como algo acabado, pero que es imprescindible como postulado de un “para qué”, y como horizonte de un “cómo fue”. De niño la historia para mí era el misterio. Me fascinaba imaginar que viajaba en el futuro y veía a los antiguos mexicanos o a los caballeros medievales, no como en el cine, sino de carne y hueso, que tocaba su ropa, las paredes de sus calles, que olía lo que ellos y sentía lo que tocaban. De joven, ya escribiendo para ser leído, a ese deseo, a ese apetito de vivir en la historia se agregó algo más sencillo y sabio, la curiosidad: ¿qué había sucedido realmente en tal pasaje, en tal episodio? Luego, además de la anécdota me pregunté por periodos enteros, si es que los había. Me intrigaba, por ejemplo, en qué había parado la revolución mexicana. Porque no había continuidad ni punto final: habían matado a Obregón por querer reelegirse y…

(Agustín Ramos escribió Al cielo por asalto siendo muy joven, relato emocional y espiritual que sobrepasó a los escritores de La Onda, quienes consideraron el estilo y la propuesta del joven Ramos como un parteaguas en la escritura que nacía en la época. En la revista Proceso, en 1979, Sergio Gómez Montero manifestó que esta novela se separaba del movimiento de La Onda, aunque con una moralina manipuladora y conservadora, que halaga la expresión de Agustín como un joven que aborda los conflictos morales, de manera imparcial, de la izquierda del país, tanto de los jóvenes armados, como de los pacíficos).

―Atestigüé memorables batallas de los estudiantes contra los granaderos en Tlatelolco, pero ya en 1971 no participé como testigo, tampoco es que haya sido protagonista, sólo que viví del 71 para adelante, me sentí parte de la historia, en la historia ahora sí de veras: el compromiso, tú sabes, sin megalomanía pero con muchas ilusiones. Y ya metido en eso trasladé mis sentimientos y resentimientos, mis preguntas y mis achaques de criticón a los historiadores de nombre y apellido, pero no de oficio. ¿Cómo nadie en Hidalgo se ocupó de un movimiento minero del siglo XVIII cuyas demandas alcanzaron un artículo de la Constitución de 1917? Los historiadores oficialistas agremiados en círculos decimonónicos de autocomplacencias, secuestraban documentos originales, pero no para leerlos ni mucho menos para investigar y compartir, de modo que reducían aquel referente histórico a una frase grandilocuente: “En 1766 los mineros de Real del Monte hicieron la primera huelga obrera de América Latina”. Mentían… No fueron los primeros en detener sus labores por una lucha de carácter laboral, hay antecedentes, tanto en el mismo Real del Monte como en Chihuahua; además de que en la historia social no es mérito ser el primero. Tampoco fue una huelga, aunque la acción sí puede equipararse a eso, pues dejaron de trabajar en el momento en que ni los mandones ni el dueño de las minas cumplieron las condiciones pactadas para el pago, el trato y otros puntos. Entonces, al resistir a los esbirros patronales y virreinales que pretendían forzarlos, se desató la violencia y murieron un capataz y el alcalde mayor de Pachuca; pero hoy los responsables materiales, intelectuales y éticos, están perfectamente identificados. Los trabajadores de las minas rechazaban ser tratados como esclavos y tampoco eran asalariados, lo que significa que aun siendo operarios no se les puede considerar obreros. En cuanto a América Latina, ¡caray!, si apenas se iba gestando en el inconsciente colectivo la nacionalidad mexicana, Latinoamérica era un sueño guajiro: “Primer huelga obrera de América Latina”. Aquellos caballeros mentían por dos razones; primero, para ocultar su ignorancia con una retórica desfasada, segundo, inconscientemente, despreciaban la amplitud y profundidad de un movimiento político y social de trascendencia histórica, la herencia común del pueblo llano, diríamos: la dignidad para luchar por lo justo, la claridad para plantear y argumentar los reclamos ante su mismísima majestad, el valor de enfrentar la omnipotencia. Y no es un mito.

―Mira, está lloviendo ―lo interrumpí.

Volteó y observó la calle. El lugar permitía ver por completo la avenida por su gran ventanal. La tarde estaba muy gris y gotas enormes reventaban por todas partes.

―Qué belleza. Como siempre en la Ciudad de México ―dijo.

Y miramos callados por unos segundos.

―Cuando llueve, la gente va más aprisa, los coches más lento ―comenté.

Estuvimos de acuerdo con una sonrisa y lo invité a que prosiguiera con su análisis con un gesto.

―Te decía, aquella ausencia de investigaciones originales, así como otras situaciones adversas, resultado del cacicazgo cultural, terminó beneficiándome, pues la investigación a fondo me dio oportunidad de enterarme de primera mano de figuras muy importantes, aunque desestimadas por la historia canónica, como José de Gálvez, marqués de Sonora, todo un astro, o al menos una especie de desprendimiento de la pléyade de ilustrados que rodeaba a Carlos III. Gálvez tuvo en México un poder que ni el más apoteósico tlacatecutli, ¡ni Salinas de Gortari, vamos! Gálvez vino a aplicar las reformas borbónicas y a fundar una nueva nación en el noroeste de México; sin embargo, gracias a los seris, su gestión fue un rotundo fracaso, pero como nunca perdió el poder impuso su versión de la historia y producto de esta maquinación, su campaña en Sonora se conoció oficialmente como un “triunfo feliz”, él obtuvo título nobiliario de marqués, ejerció el nepotismo y volvió a España para ocupar el máximo ministerio relativo a las Indias. Para registrar esa versión de la historia conté con el apoyo invaluable de historiadores como Ignacio del Río, como Roberto Moreno de los Arcos, Ernesto de la Torre Villar y Julio César Montané Martí, entre los más destacados. Varios años después la Universidad de Guadalajara y los colegios de Sonora y Michoacán transcribieron y publicaron documentos básicos que utilicé para la novela La visita. Un sueño de la razón. Entonces, ¿qué opino de los historiadores? Que hay de todo, respeto el rigor académico y la honestidad intelectual, pero pienso que ambas virtudes resultan estériles sin la imaginación, sea en la búsqueda de la verdad más reciente, sea en la corrección del error, así como también es imprescindible, creo, el compromiso con el presente. Uno de los desafíos del presente consiste en eludir las líneas de realidad trazadas por el discurso oficial. ¿De veras pocos historiadores saben que Porfirio Díaz antes que gran militar y gran estadista fue un gran corrupto, un hijo de su pinche madre, “empresario y dictador”, como documenta Jorge H. Jiménez? ¿Habrá quien crea, junto con San José Woldenberg y demás peleleintelectuales, que no hubo fraude electoral en 2006? Y de entonces a la fecha, ¿de veras nadie evaluó los datos escandalosos y desinformadores, las falsificaciones propagandísticas y demás ruindades perpetradas por los Krauze, los Aguilar Camín y sus lacayos? ¿De veras nadie, entre los historiadores más reconocidos intuyó, sospechó o imaginó la Operación Berlín? En suma, como escritor que fui de novelas históricas, desde Ahora que me acuerdo, sobre el halconazo de 1971, hasta Justicia mayor, sobre las supersticiones jurídico teológicas de 1769 a 2019, puedo decir que la historia me fascinó como deseo, me apasionó como búsqueda de la verdad, y que me sirvió para ver desde arriba y desde el margen las trampas de la fe paciana.

Continuará…