México.- A partir de mi comentario sobre un evento al que pensaba asistir, me explicó su muy drástica y firme opinión respecto al cuento y la novela en su formalidad.

―No importa la extensión del texto, algo es una novela o un cuento, por su estructura y sus elementos. Por ejemplo, Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, no es una novela, es un cuento. Tal vez soy muy dogmático ―reflexionó.

Luego dijimos que éramos almas viejas y brindamos por eso, por la vida y por Tulancingo. Agustín se ponía de pie con una reverencia cada vez que mencionaba el nombre de su pueblo natal, y nos moríamos de risa.

Su juventud fue igual a la de todos los de su generación. Sólo que no todos vivieron en Tlatelolco ni padecieron la matanza de Corpus.

―Los “ninis”, los que ni nos metimos a la guerrilla ni nos resignamos a vivir el dizque mejor de los mundos posibles, veíamos como héroes a los chavos (entonces eran chavos) del 68, que nos daban clases. Hablábamos un lenguaje que no nos correspondía ni era de nosotros: “chavo”, “onda”, “fresa”, “out”, “in”, “cámara”, “simón”, “aplatane”, “macizo”, “neta”, “chiro”, “chante”, “sábanas”, “paquetes de hilo” y “ya vas Sabás”. La música pendulaba al ritmo del pop y el rock pesado, el bolero y la rumba, el blues y José Alfredo, el canto nuevo y la balada fresotota. En mi caso el estéreo llegó como regalo de cumpleaños número diecisiete, “¡gracias jefa!” Mi regalo de quince fue una guitarra acústica, todavía más gracias, porque ya había fracasado rotundamente con el piano sin que nadie en casa me hiciera demasiada burla. Así que la preparatoria fue literalmente mi redención musical. En el auditorio podía oír Tequila, Dug Dugs, The Factory, Peace and Love y alguna vez Los Yaki. En las salas de audición te podías encerrar con los amigos a oír lo que quisieras, algún amigo riquillo llevaba discos gabachos recién salidos, discos dobles con portadas casi tan deliciosas y deslumbrantes como la propia música. Sin dejar de ser mis favoritos, Simon y Garfunkel, Joan Báez, Donovan, el Dylan del cabello a la afro y los viejos Beatles tiernos, dejaron paso a los Beatles sinfónicos del Sargento Pimienta y su Banda del Club de Corazones Solitarios y a todo el desfile de psicodelia de Led Zeppelin, Who, Pink Floyd, Byrds, Cream/Faith, Yardbyrds, Jimi Hendrix, Janis, Doors, los Stones, las Session Jam, los conciertos de Woodstock, Santana, Stan Getz, Gilberto, esas mezclas que eran más que música, esa nueva música clásica, como muy bien la llamó el profeta y carnal mayor José Agustín. Al mismo tiempo, como el papá de otro compañero querido era encargado de la fonoteca del edificio de Mascarones, podíamos oír música de concierto, clásica, romántica y sobre todo, para mí, barroca, con audífonos “muy acá”. Todo esto combinado con lo que te imponían las radiodifusoras, a excepción del alucine de “Vibraciones” en Radio Capital y la música comercialísima en inglés de La Pantera 590. Pero además del auditorio y las salas de audición, había una sala de conferencias donde cayó como del cielo Patti Smith; la tuve a un metro de mí porque siempre me sentaba en la primera fila. Patti cantando “Masters of the War”, en la Preparatoria Nueve, que por ese solo hecho debe pasar a la historia. Ahí también nos ofrecían charlas con Parménides García Saldaña, Gurrola, Cuevas, Mata, Chávez, Barragán.

Se sentían los vientos del 68 y visto a la distancia aquella libertad fue una bendición que interrumpió de tajo la represión de San Cosme el 10 de junio de 1971:

―Eso me dejó sordo y ciego, apartado, sin acabar de entender el galimatías de los políticos de izquierda hablando de aprovechar la “apertura democrática” y a mis admirados Fuentes, Paz, Benítez, justificando a Echeverría. Todo era un desmadre y tocaba oír Mascarones, Los Nakos, José de Molina, Judith Reyes, mientras en el fondo, José Hernández Delgadillo hacía murales efímeros a punta de bayoneta y los del MURO, puertas afuera, esperaban con los chakos puestos después de quemar nuestros periódicos murales. Y, como diría el clásico guerrillero, signo de los tiempos, en la marquesina había pocos nombres de mujeres, pero a ras de piso quienes más participaban y se arriesgaban eran las compañeras, las mujeres.

Llamó al mesero y pidió otra cerveza. Fui al baño y cuando regresé, tenía la mesa llena de botellas de mezcal, mientras los meseros le ofrecían este y aquel. Entre el murmullo del lugar y el leve roce de las botellas, me enseñó a pedir un buen mezcal, ya que vio con sorpresa que yo pedía uno, digamos, ligero.

―Cuando se trata de mezcales, tienes que pedir el de mayor grado de alcohol, eso garantiza su pureza… ¡Y que sea de Oaxaca! ―dijo entre bromas y risas.

―Oh ―exclamé, revisando los numeritos de cada botella. Nos sirvieron y continuó la charla. Aunque no era una entrevista, el gusto de escuchar a un hombre y a un escritor de la medida de Agustín, siempre se convierte en una. Yo lo escuchaba, como si, poniendo la mayor de mis atenciones, ese momento se perpetuaría, así, ahí, sin más ni menos, entre tacos, cervezas y mezcales.

―En ese ambiente depresivo, nebuloso, entré a la UNAM, al cuartel del plan de estudios que mi incapacidad impedía valorar en su justa medida. ¿La Fonética y la Fonología servían para hacer la revolución? Por suerte tuve maestros como Ignacio Osorio, Carmen Galindo, José Antonio Muciño, German Dehesa y otros que por las buenas me pusieron a leer la literatura medieval, rudimentos del latín y el griego, Siglos de Oro, las teorías literarias más audaces del momento. No entiendo cómo me soportó Germán Dehesa. Margarita Peña no me soportó, ella desde el principio respondió a mis hostilidades, ¿quién iba a pensar que terminaríamos siendo muy amigos y a veces cómplices de andanzas archivescas? ¿Por qué hablo de estos maestros? Porque son los que se me vienen a la mente, ¡ah!, también Dolores Bravo y José Amezcua, que terminaron casándose, Raúl Ávila y Sergio Fernández. Los talleres de Hernán Lavín Cerda, Marco Antonio Montes de Oca y Eduardo Lizalde… A Huberto Batis le tenía pánico, justo estaba en el apogeo de una de mis peores depresiones y no hubiera aguantado una crítica negativa de él (sin embargo, la única vez que asistí a su clase fue en plan suicida, leí un texto que él amablemente, casi diría dulcemente, aprovechó para explicar cómo había expresiones literarias distintas a las preponderantes). Lo mejor de la literatura, además de los poetas malditos, quiero decir, lo más prohibido de la época, sin embargo, estaba en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, de eso no me cabe duda, y aunque soy de la generación de Vicente Quirarte, Hermann Bellinhaussen, Rosina Conde, Luis Zapata, Francisco Conde, Vicente Francisco Torres, Carlos Chimal, Miguel Ángel Galván y los Salvajes, algunos de los cuales también formaban parte del grupo de los Infrarrealistas donde estaba José Vicente Anaya, siempre envidié las lecturas que les daban a los de “Polacas”: los Beat, el nuevo periodismo y desde luego los escritores jóvenes mexicanos proscritos por no sé qué “buen” gusto académico.

Sus tíos, sus hermanos y la anécdota de su perro devorado por las hormigas, nos llevaron un par de horas de conversación. Su madre, a quien dice no cuidar, sino visitar, “gracias a dios”, dijo entre bromas; su nieta y sus hijas, tan parecidas a él en la búsqueda de la felicidad y la dignidad, del amor; su encuentro con Perla, la hermana recuperada y la belleza de reconocerse en la sangre de un extraño, otro par de horas.

¿Quién es Agustín Ramos? Seguramente cada uno de quienes lo conocemos tenemos una respuesta válida y particular. Tiempo, circunstancia, emoción, ocasión, pero todos hemos de amarlo un poco o mucho.

Reíamos, bebíamos. Yo veía en su sonrisa, en sus manos, en su deliciosa alegría, la esperanza de ser honestos y libres, honestos y valientes, veía, veo, a un hombre con amor profundo por los otros, a mi amigo, a aquel hombre que en Tijuana me sonrió y ya no solté. Eso es Agustín: ingenio y ternura.

―La felicidad es escribir, hacer esto que hago, que nadie me siga y yo esté sin seguir a nadie, escribir en posición de loto sobre una silla de bar a la hora que quiera y dejar de hacerlo con la misma puntualidad, sentir a fondo la soledad y mis amores, tristezas, alegrías, sin miedo ni esperanza de que este oficio de vivir perdure más de la cuenta. He dicho. Yo, el rey ―finalizó entre la risa de los dos.

Nos despedimos pasadas las diez de la noche en alguna calle de la colonia Nápoles con un fuerte abrazo, la firme promesa de volver a vernos y su ya (para mí) distintiva recomendación amorosa: “cuídateme mucho”. Y con mucha nostalgia lo vi marcharse por la calle mojada.