México.- Los rumores de un golpe de Estado, primero blando y progresivamente endureciéndose, flotan en el aire mexicano de unas semanas para acá. Pero no es la primera vez que escuchamos esto, sin embargo, vale la pena analizarlo.

Por supuesto hay una fórmula. Todo empieza por la difusión de campañas y mensajes en los medios de comunicación y las redes sociales; la organización de grupos opositores y la promoción de movilizaciones de protesta contra el gobierno y sus medidas; la provocación y agresión a las autoridades y fuerzas del orden; la propagación de noticias falsas y rumores, entre otras, están diseñadas, o al menos eso pretende, para desestabilizar primero y derrocar después, en una acción similar a lo que ha sucedido en la última década en otros países latinoamericanos.

Los golpes suaves han mostrado su eficiencia, por ejemplo, en 2009 Manuel Zelaya fue destituido de la presidencia de Honduras con el apoyo de Washington; en 2015 la oposición argentina intentó que el asesinato de un fiscal le fuera imputado a la entonces presidenta Cristina Fernández; en 2016 la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff fue destituida por presuntamente haber violado una ley presupuestaria, y ese mismo año el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva fue encarcelado bajo el argumento de corrupción con pruebas que difícilmente podrían sostenerse en otro sistema legal.

Dicho de otra manera, los golpes de Estado del siglo XXI mediante la fuerza y las armas cayeron en desuso, debido a que hoy se combate al opositor político con armas sociales, psicológicas, económicas y políticas.

Los especialistas afirman que todo golpe moderno comienza con una fase de ablandamiento, en la que medios y robots son los protagonistas y cuyo objetivo es crear malestar y desesperanza y desilusión social; sigue la deslegitimación y la difusión de comentarios adversos al gobierno, mediante mofas y muchas, muchas noticias falsas. Después viene el calentamiento de las calles, con la promoción de constantes movilizaciones de protesta y movimientos adversos a ciertas medidas tomadas por el gobierno. De manera simultánea, legalmente se atacan los proyectos emblemáticos del gobierno.

No toda las críticas al gobierno deben ser interpretadas como parte de un plan mayor para dar un golpe suave y derrocar a un gobierno. Por supuesto, la crítica forma parte de la democracia; son igualmente importantes los contrapesos y un aparato de justicia que sirva a los ciudadanos para defenderse, incluso, contra el propio gobierno.

El problema es cuando se disfraza de crítica a un afán desestabilizador que en última instancia pretende derrocar a un presidente por vías no democráticas.