México.- El zócalo fue el punto de reunión donde miles y miles de mexicanos acudieron libremente el día de ayer a escuchar el informe del presidente López Obrador.

En este año, que según AMLO se empieza a contar desde la victoria en las urnas, México ha sufrido un sin fin de cambios y reformas, cuyo mayor atributo consiste en que no ha dejado a nadie indiferente.

Para empezar, las pasiones exaltadas que provoca la figura de López Obrador abre dos vertientes contradictorias sobre la figura de quien comanda este país: los que lo apoyan incondicionalmente y aquellos que lo odian, también absolutamente, sin rasero.

Éstos últimos son los que ven el 1 de julio como una derrota. Entre ellos están los funcionarios que perdieron sus puestos y con ello el botín político, los que ganaban licitaciones gubernamentales amañadas, los que hacían negocios al amparo de las redes de poder cuidadosamente tejidas a lo largo de varios sexenios, o aquellos que gozaban del privilegio de tener impuestos condonados; además de políticos y empresarios depredadores, están los que apuestan por el vicio, la trapacería y la descomposición del sistema y son quienes lo van a criticar siempre y por todo.

En el lado contrario están aquellos que lo apoyan al extremo y justifican cualquier pifia, omisión y error adjudicándolo a la mala voluntad, a la mala interpretación o a la falta de juicio político de sus detractores.

Pero es en el centro donde está la mayoría. Ahí es donde radica el complicado equilibrio de la objetividad. De quienes se informan cuidadosamente y apelan al sentido común; los que dejan a un lado las pasiones. Y ahí, a esa gente, es a quienes se dirigió el informe.

Ayer, en la plaza pública, AMLO mencionó las 78 promesas de campaña que hoy son logros de su gobierno y, hacia el final de su discurso, mencionó las asignaciones pendientes. Tal vez, el tema que más preocupa a los mexicanos es la seguridad. Muchos consideran que fue la omisión más importante de todas, sin embargo, si somos capaces de escuchar sin prejuicios, entenderemos que sí habló de ello, pero lo hizo en términos que no coinciden con el lenguaje confrontativo y violento al que estamos acostumbrados.

Para empezar, dijo que daba por terminada la guerra de aniquilamiento contra el crimen organizado. Lo que significa que las labores de seguridad van encaminadas a combatir la violencia desde otra perspectiva, evidentemente descartando el enfrentamiento frontal, tanta violencia.

Por otro lado, puso especial énfasis en que no escatimará recursos hasta saber el paradero de los 43 muchachos de Ayotzinapa, como tampoco cejará en el esfuerzo de buscar a los desaparecidos y en el apoyo a las víctimas. Esto no significa que únicamente pretende desterrar la “Verdad histórica”, sino que su gobierno ha puesto especial atención en los problemas estructurales que alimentan la violencia, a través de programas sociales, como Jóvenes construyendo el futuro.

Si algo dejó claro en su discurso López Obrador fue que no basta una democracia sana para cambiar el rumbo de México, sino que es necesaria la participación de todos, en todos los ámbitos, para hacer irreversibles los avances de su gobierno para erradicar la impunidad y la corrupción.

Porque si algo hemos entendido los mexicanos es que quitarnos de encima al régimen longevo, corrupto y depredador no fue más que el principio de una larga lucha.