México.- Andrés Manuel López Obrador debería estar agradecido de no haber ganado las elecciones presidenciales en 2006, pues hubiera tenido que compartir el poder con un PRD corrompido, acostumbrado a los acuerdos en lo oscurito, sin escrúpulos, muy lejos de los ciudadanos que creyeron y apoyaron su fundación en 1989, después del fraude contra Cuauhtémoc Cárdenas.

Como buen cristiano, Andrés Manuel sabe y entiende perfectamente que los caminos de Dios son misteriosos y que cada cosa llega en el momento que debe llegar, de la misma manera, sabe que las heridas solamente se curan cerrando ciclos, dejando atrás el pasado y otorgando el perdón, no por el bien de a quien se le otorga, sino por el bien de uno mismo, para en este caso, gobernar en paz, sin rencor y en armonía con el pueblo que le dio su fe y su confianza.

Si se le hubiera reconocido el triunfo en 2006, AMLO hubiese tenido serias dificultades para tener el control de su gobierno, pues tendría que haberlo repartido con la coalición Por el Bien de Todos, conformada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Convergencia.

Además no hubiese tenido mayoría en el Congreso de la Unión, ya que en la Cámara de Diputados solamente alcanzaron un 27% y en la de senadores un 36%.

Tampoco hubiese podido siquiera imaginar un gobierno de cero corrupción. No lo hubiese logrado por el simple hecho de que hace 14 años el país no había llegado al tope máximo de su tolerancia a la corrupción. Tope que paradójicamente se dio cuando el PRI recuperó la presidencia en 2012 y toda la cadena de actos corruptos que conocemos: La Casa Blanca, caso Odebrecht, la Estafa Maestra, sobornos, sobreprecios, etc.

Por eso qué bueno que el famoso 0.58% de diferencia entre Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón Hinojosa, le impidió llegar a la presidencia porque no era su momento de gobernar pero sí le permitió seguir luchando, hablando y conociendo a la gente de a pie.

Sus principios, su ética, su moral, su fe, su terquedad, sus ganas de apoyar a los más desprotegidos, rindieron fruto y hoy gobierna con un control absoluto, tiene las dos cámaras legislativas, tiene el amor de su pueblo, tiene a la oposición sometida, amenazada, tiene la calidad moral suficiente para llevar al país a un mejor nivel y calidad de vida.

Por eso no debería lacerarse ni regodearse con el sufrimiento del pasado. Andrés Manuel debería, de una vez por todas, cerrar ese ciclo, aprovechar el tiempo de su mañanera para proyectar hacia el futuro, para garantizar que todo se haga y se cumpla como prometió en campaña y,  sobre todo, debería tener siempre presente la experiencia y pensamiento de Mandela: “La mentalidad de venganza destruye los estados mientras que la mentalidad de reconciliación construye naciones”.