México. Cultura.- La primera vez que te vi, me llevaste La Jornada a la sala mientras te desocupabas. Regresaste cuando la chica que entrevistabas se fue. “Es administradora, no sé qué voy hacer con una licenciada en administración”, decías divertida. Ahí comencé a notar tu sentido del humor, esa manera casi inocente de decir las cosas, que a mí me causaba tanta risa.

Un día me llamaste muy temprano. Me dijiste que te sentías mal y me pediste que te acompañara a la terapia. Unos momentos antes de salir a verte, comenzó a llover muy fuerte. Te hablé para decirte que esperaría a que pasara la tormenta. “Los mexicanos tienen ese miedo ancestral a la lluvia”, dijiste, “no te preocupes, no vengas”. Me dio risa y tranquilidad tu respuesta, pero a los diez minutos la lluvia había menguado y pude llegar a tiempo. Estabas parada frente a tu caja fuerte con un abrigo gris; me miraste sonriente, “ahora nos vamos”, dijiste, “vamos cerca”. Algo buscabas. Siempre buscabas algo, siempre extraviabas llaves, libros, lentes, papeles, bastón, vasos, siempre buscando, “¿dónde está…?“, decías, y yo me apresuraba a buscar. En cuanto salimos, la lluvia arreció, llevabas tu “sombrilla” y tomamos un taxi. Entramos empapadas a la casa de Juan Gelman.

La lluvia caía feroz. “La muchacha” nos abrió e ingresamos a una sala amplia y ventilada. Al fondo se veía una biblioteca y frente a la puerta, un calentador estilo europeo, de los viejos. Pusimos los abrigos húmedos en una silla junto a éste. Tus zapatos, nada apropiados para el clima, estaban totalmente empapados, sonaban al caminar y te causaba gracia y a mí me causaba gracia que te causara gracia y sonreíamos.

Luego apareció una mujer delgada, fría y altiva. Me presentaste ante Mara como tu ángel guardián. Me acomodé en un sillón de la sala con un libro de poesía de Gelman, que Mara, a petición tuya, me había llevado, mientras te encerrabas en otra habitación con ella. Desde ese punto pude apreciar mejor la habitación. Las grandes persianas de tela y algunas plantas alegres semejaban una casa de playa.

Un modelo de maniquí para sastre se erguía misterioso al lado de la mesa, cubierta con un mantel estilo mexicano. Me llamó la atención un caballo de madera sobre el trinchador del comedor, siempre me han parecido objetos profundos, símbolos del miedo, prototipos del terror infantil. De pronto reconocí tu voz entre las paredes que nos separaban. No lograba entender qué decías, pero no me esforcé, me pareció de mal gusto. Pero tu voz se aceleraba de repente.

Mencionabas un nombre: Giovanna. Decías cosas que apenas lograba comprender. Seguro son esas cosas que a mí nunca me dijiste por temor a sentirte expuesta, cosas que nunca me contaste. Fue entonces cuando entendí el tipo de terapia a la que te había acompañado.

[caption id="attachment_346477" align="alignright" width="160"]libro Annunziata Libro Annunziata[/caption]

Salió la mujer argentina y te llevó un vaso de brandy. La vi servirlo y retirarse sin decir palabra. Salieron de su encierro, a la hora, aproximadamente. “¡Fidelia, se secaron, ven, mira, se secaron!”, gritaste emocionada como una niña. Me levanté rápido y fui a verte, estabas radiante con tu gran sonrisa mansa, llena de vida. Estabas emocionada porque los abrigos estaban secos, tumbados sobre la silla. Nos despedimos y salimos a la acuosa calle Atlixco. Caía una lluvia lenta. Caminamos al restaurante Xel-ha por Parral.

Seguías comprometiéndote a entregar trabajos que no lograbas terminar. Un día me llamaste afligida, me platicaste que habías perdido la oportunidad de traducir El Príncipe de Maquiavelo para la Editorial Taurus, que habías trabajado una semana incesantemente y habías enfermado. Decidiste claudicar y no hacer el trabajo. Eso te entristeció muchísimo.

Llegué a tu casa un poco tarde, pero no me dijiste nada. Lavabas unos vasos en la cocina. Nos fuimos con un puñado de papeles a trabajar en un rincón de la mesa llena de libros, apuntes y otros objetos que nunca movías. No sé cuánto tiempo teníamos trabajando en el texto sobre el Manierismo y Pasolini, pero esa vez lo terminamos, “ya está listo”, dijiste, y nos preparamos para salir al Superama. Mientras te ponías ropa interior, sentada en el sillón verde de tu cuarto, cantabas, “me da mucho gusto oírte cantar”, te dije, y cantaste con más ganas en tu perfecto italiano. “La vida es un vals, en el aspecto que te toca, apúrate a danzar, porque este vals no es eterno”, tradujiste para mí. Compraste latas de alimentos marinos y afuera, en la esquina, compraste flores. A veces me daba la impresión de que te aprovechabas de tu condición de anciana cuando te detenías a media calle, a sabiendas de que los coches se pararían. Caminamos por Ámsterdam hablando de comida, berenjenas, chiles en nogada. “Si dios me concediera un deseo, le pediría mis piernas para poder caminar como antes”, dijiste mientras te apoyabas en tu bastón y en mi brazo.

A la semana siguiente fuimos al Palacio de Hierro a pagar tu tarjeta. Anduvimos dando vueltas por la tienda y en algún momento, cansada, te recostaste en un sofá. Sostenías tu cabeza con una mano y dormitabas mientras hablabas de tu hermano. Viviste durante la Segunda Guerra Mundial al sur de Italia y cuando escuchaban el ruido de los aviones, tu madre los tomaba y corrían a los cerros a protegerse. Pasaban días ahí, refugiados de los bombardeos a las ciudades. Entonces pasaban hambre. Tuviste mucha hambre de niña, querida Annunziata.

Los empleados de la tienda pasaban y te veían preocupados porque parecías dormir, con tu falda a media pantorrilla y tus piernas de medias oscuras, recogidas sobre el mueble, tu rostro apagado, pero murmurando sobre tu hermano menor, quien, dijiste, había muerto mucho después de la guerra debido a la malnutrición de la época. Lo amabas tanto. Y como siempre, como era tu costumbre, de pronto brincaste y dijiste, “¡vamos por un helado!”, como una niña en su cumpleaños, radiante, hermosa, feliz. Yo tomé tu bastón y dispuse mi brazo para el tuyo.

Eran las once de la mañana del 29 de diciembre de 2018 cuando llegó la noticia de tu muerte. Me quedé pasmada, incrédula y triste. Tantos días diciendo “hoy sí le hablaré, hoy sí”. Y no, por algo lo posponía. Releí la noticia. “Nadie quiere a la gente vieja”, me dijiste un día. Yo no estoy de acuerdo. Yo te quiero, y guardo mis días contigo en un lugar especial, donde puedan sobrevivir a la vida, a la muerte; la muerte que tanto temías y que al final, como a todos nos pasará, te entregaste a ella, espero que apaciblemente, como tanto deseabas.

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**Annunziata Rossi [Papisca] fue una investigadora, académica, traductora y escritora de origen italiano de residencia prolongada en México, a donde llegó en 1957. Estudió en la Universidad de Messina unime; en la Facultad de Derecho y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su línea de investigación fue la literatura y la historia de las ideas.
Comenzó a dar clases en la Escuela Nacional Preparatoria; posteriormente, continuó su labor docente en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Colaboró frecuentemente con el suplemento cultural del periódico La Jornada, con traducciones y ensayos. En 1990, entró como investigadora al Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Publicó en revistas especializadas como Acta Poética, Revista de la Universidad de México y La Jornada Semanal.