Guerrero.- "Funerales Chilpancingo" resalta por sus moños negros, luto, tristeza y llanto masivo de familiares que acuden a recoger las urnas con los restos incinerados de sus 23  migrantes fallecidos por Covid-19 en Estados Unidos de Norteamérica.

Algunas personas que caminan a las afueras del lugar ven con indefererencia el llanto de las madres, padres, esposas; a otros asombra y da curiosidad por saber qué pasa, pero finalmente se siguen de largo. Otros actúan con imprudencia frente al hecho fúnebre.

Es visible la indolencia de los transeúntes en medio del sacrificio y mártir que pasan los deudores para poder llegar a la capital guerrerense que no se toma en serio la actual pandemia.

Doña Carmen ha tenido que conseguir dinero prestado para viajar durante ocho horas de San Miguel del Progreso, municipio de Malinaltepec, en la región Montaña a Chilpancingo, para que le entreguen las cenizas de su hijo Antonio, uno de los 23 migrantes guerrerenses víctimas del coronavirus en la Unión Americana.

Su viaje no ha sido directo sino que ha hecho escalas ante el riesgo de infectarse de Covid-19: de San Miguel se traslada a la cabecera municipal, de esta a Tlapa, de Tlapa a Chilapa y de Chilapa finalmente a Chilpancingo.

Los chóferes del trasporte público que la llevan ni siquiera se apiadan de su dolor y su situación económica, cada uno le ha cobrado entre 140 y 150 pesos de pasaje.

La señora que apenas y puede caminar, ha tenido que pagar también el traslado de su hijo Maclovio y de su sobrino Jesús, quienes la acompañan a recoger las cenizas de Antonio, fallecido específicamente en la ciudad estadunidense de Nueva York.

Son las diez de la mañana del lunes y Doña Carmen, su hijo y sobrino han sido los primeros en llegar a "Funerales Chilpancingo", en donde fueron citados por la Secretaría de los Migrantes y Asuntos Internacionales del gobierno del estado para entregarles los restos incinerados de su ser querido.

En cuanto entran, rompen en llanto los tres. Las lagrimas de Doña Carmen hacen que el ceño fruncido y las arrugas que se forman en el extremo de sus ojos negros resalten aún más en su rostro desgastado.

Las lágrimas son visibles al correr por sus pómulos y mejillas morenas, pero se pierden entre el cubrebocas azul que porta y que recién le había comprado Maclovio en una farmacia de la esquina de la calle Miguel Hidalgo, en el centro de la ciudad.

La señora no ha entrado a recepción pues ha decidido platicar más detalles sobre su hijo, aun cuando se escucha la dificultad con la que habla y entiende el español, puesto que su lengua originaria es el Me' Phaa.

A la edad de 26 años, recuerda, Antonio emigró al país vecino obligado por la necesidad y pobreza que impera en la zona indígena de Malinaltepec, y ante las nulas oportunidades de trabajo y apoyo del gobierno del estado.

Seis años, 2 mil 290 días, llevaba radicando Antonio en EU y trabajando duramente en construcción pese a algunas adversidades.

A su madre le mandaba 3 mil pesos quincenalmente, o mensualmente cuando "la chamba", como dice Doña Carmen, se terminaba sobre todo en temporadas de invierno.

Pero la pandemia que sigue golpeando a Estados Unidos golpeó también su sueño de superarse y de sacar de la pobreza a su familia, pues contrajo el coronavirus, perdió la vida el pasado marzo a la edad de 32 años.

Aún cuando no tenía esposa e hijos, tenía la obligación de ver por el cuidado de su mamá mediante las remesas que le enviaba, pero ahora quedará sin esa ayuda.

A Doña Carmen la ha embargado y golpeado la muerte de su hijo. Pero a sus casi 70 años que se pueden notar en lo canoso se su cuero cabelludo, su amor de madre sigue vigente y es ella quien sale de "Funerales Chilpancingo" cargando en brazos la urna con las cenizas de su hijo Antonio, como cuando lo cargó al nacer por allá en el año de 1988.