México.- Despiertas con espasmo de zozobra, con un derrumbe de rocas en el pecho. Tu sueño te llevó a la infancia o a tiempos bien vividos, ya extraviados, personas que has amado y ya no están, horizontes y encuentros que deseas, imposibles porque ya no están contigo. Te levantas, buscas en cajas y papeles el eco de tu vague tristesse, una fotografía, un mensaje, un recado. Te preparas un té y observas la humedad plomiza en la ventana. Así pasas media mañana. Luego sales al supermercado. Saludas a los vecinos, contestas la llamada de un amigo, te descubres sonriendo, te mueves, te alegras, y regresas a poner la lavadora, preparar tus alimentos y a seguir trabajando en tu libro o en lo que sea que hagas.

El ambiente te hizo regresar, saliste del rincón vegetativo. Tu melancolía cedió. Todo ser apasionado, padecerá melancolía alguna vez.

La melancolía tiene un uso, o así se creía en el pasado: era considerada un trance excepcional, propio de artistas, poetas y otros seres descarriados, almácigo de la vida creativa. Ha sido nuestra manera de perpetuar y reafirmar sentimientos lejanos, una forma transitoria de estimular el recuerdo, hacer un viaje por lo perdido y subvertir la vida que transcurre canora.

Los poetas la sobrellevan como parte de su ser, poetas y plásticos, mayormente, pero los músicos también han tenido que combatir con esta turbación mortecina. El movimiento “grunge” hizo una especie de apología de la melancolía con sus letras y ritmos a principio de los noventas en Estados Unidos. La ópera es intensamente melancólica, mientras que el género Pop, en sus inicios, tenía algo de depresivo.

Libro de Beatriz Aldaco melancolía

Libro de Beatriz Aldaco.

El lenguaje, todas las lenguas, son entes vivos que cambian, permutan y evolucionan, por ello las palabras van mudando y trasmutando su sentido.

Melancolía, como por todos es sabido, significa “bilis negra”, palabras por demás angustiantes. La Real Academia la define como:

  1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada.
  2. f. Med. Monomanía en que dominan las afecciones morales tristes.
  3. f. desus. Bilis negra o atrabilis.

El libro Atrabiliario, Fragmentario de la Melancolía de Beatriz Aldaco (Ensenada, Baja California, 1962), es un atinado enfoque, fraccionado a simple vista, hacia lo otro que a veces somos, seres humanos entristecidos, ya sea con motivo o sin él. Seres saturados de fluidos que arden y se engrandecen, o se templan y se deforman en su íntima naturaleza.

En sus páginas, Aldaco nos lleva por un intricado camino de demencia, almas despavoridas, psiquiatría, sufrimiento, desolación y melancolía, por medio de las vidas de significativos actores del arte y la cultura, desde Lucía Joyce, hija de James Joyce, cuya historia es extraordinaria, hasta Van Gogh, Nerval, Artaud y hasta nuestro querido Edmundo Valadez, conocidos todos por sus roces enardecidos con la depresión y las drogas del cuerpo, no sin antes, a manera de advertencia, empaparnos de los conocimientos previos que debemos adquirir para transitar el camino, con algunos textos dedicados a iluminarnos sobre la historia de la locura, la anatomía de la depresión y el ensueño, la moral y los neurotransmisores. Y aquí quiero mencionar de manera especial el ensayo “Las venas abiertas de Macondo. Impunidad y melancolía en Cien años de soledad”, que merecería un análisis aparte.

Seguramente el tema de la melancolía se ha tocado en muchísimos ensayos médicos y trabajos académicos, pero yo confío generosamente en nuestro “Atrabiliario”, por la gran labor de investigación que representa, incluso a estudiantes y estudiosos de la mente. Desde su impecable narrativa, Beatriz nos lleva, en cada uno de sus ensayos que van conformando un todo, legítimo y a veces quimérico, a conocer de cerca la atrabilis; tal vez alcancen a reconocer en ustedes mismos la bilis negra. Suena fuerte, pero puede ser un viaje de discernimiento, agudo y personal.

Salvador Dali.

Salvador Dali.

A partir de mi lectura de “Atrabiliario”, puedo decir que ha habido muy poco progreso en cuanto a la comprensión, tolerancia y relación en lo social, de las enfermedades mentales. Ya haya sido porque en las épocas a las que nos remonta la escritora, la materia estaba en ciernes, igualmente, hoy en día existe un penoso prejuicio y descalificación hacia las personas que debemos consumir medicamentos psiquiátricos. Podría decirse que se debe al desconocimiento, pero incluso en el entorno médico y sobre todo en el farmacéutico, existe ese estigma y demérito hacia las personas que padecen (o padecemos), algún trastorno que requiera receta médica. Y he de decir también que todos en absoluto tenemos alguna fobia, manía, cambios de humor, agitación o extravío, que nos hace sensibles a ser llamados “locos”. Nadie se salva, pues el cerebro humano es el órgano más complejo del cuerpo humano y su estudio no parece tener fin.

"Atrabiliario" es, pues, un estudio literario muy completo sobre uno de los sentimientos más explotados en el arte. El primer artista en representarla fue Alberto Durero en su grabado “Melancolía I” realizado en 1514, personificada por una mujer alada sobre una roca, con una corona de verbena, la mirada perdida y un compás en la mano. Según los estudiosos, significa la inutilidad del conocimiento humano. De ahí se ha venido simbolizando en las esculturas de los cementerios, esos personajes pensativos que aluden a la tristeza infinita y a la melancolía.

Yo me quedo con la definición tan acertada de Víctor Hugo: “La melancolía es la felicidad de estar triste”.