México, Opinión.- Para los mexicanos estas últimas semanas han sido turbulentas y sorprendentes a partes iguales. La cantidad de información que ha surgido por todos lados ha venido a sacudir un avispero -de corruptos y corruptores- tan furibundo como asombrado por haber sido expuesto con lujo de crudeza ante la opinión pública.

Pero estos personajes que han sido citados en los diversos documentos y videos filtrados, en los que además se describe con escrupuloso cuidado el contexto, todavía no están lo suficientemente preocupados por la opinión de la sociedad, confiados en la cortedad de nuestra memoria y la infinita capacidad de adaptación con la que hemos sobrevivido a casi todas las desgracias, incluida la manipulación.

Por primera vez aquellos que durante toda la vida se supieron al margen de la ley, amparados por sus relaciones y con suficiente dinero para paliar lo que en un abuso de eufemismo llamaban “gastos”, se ven indefensos ante esta nueva realidad para la que ninguno de sus recursos, cuidadosamente preservados, les sirve para controlar los daños inminentes.

En redes sociales se discute con ahínco la diferenciación entre los videos de la Cámara de Senadores y los de Pío López Obrador. Por supuesto que hay atenuantes: no sólo en los graves percances ocasionados por las decisiones compradas en el Senado, sino en los montos. Pero ambos son delitos.

Me atrevo a asegurar que la mayoría de los mexicanos estamos a favor de combatir la corrupción de quien sea y de dónde venga. Yo no meto las manos al fuego por el nuevo hermano incómodo y mucho menos por los rapaces senadores. Esclarecer si hay o no delitos en los videos es trabajo de la Fiscalía.

Por otro lado, tampoco creo que Lozoya sea una víctima “instrumentalizada” y que todo lo que ha declarado o vaya a afirmar en sus diligencias como testigo de oportunidad, sean ciertas. Por eso debemos mantenernos atentos y bien informados.

A aquellos que intentan minimizar el video de Pío y León y que buscan justificar con argumentos muy forzados, les digo que eso es repetir las conductas más deleznables del régimen autoritario que tanto criticaron. A los otros que intentan zafarse con argumentos pueriles, les digo que esas argucias ya no les van a servir más; los discursos enfáticos y las negaciones categóricas no convencen a nadie.

Debemos madurar como sociedad y entender que la corrupción existe en todos lados, es perniciosa y tiene muchas caras. Y es, ante todo, una decisión personal. Lo único que podemos hacer como sociedad es exigir que no exista más impunidad y que, sin importar el tamaño del delito, se castigue con el peso que la ley le conceda.

Como individuos, sigamos cabalmente las leyes y respetemos las reglas de civilidad que evitan los caminos de la corrupción, y si nos cachan, tendremos que estar dispuestos a ser atizados con el mismo hierro con el que amenazamos a los políticos más cínicos y corruptos. Porque todos tenemos el poder de ser corruptores y la debilidad para ser corrompidos. Es una decisión personal.

En México tenemos un dicho que reza: Tanto peca el que mata a la vaca, como el que le agarra la pata. Como metáfora es buena para dejar claro que intentar justificar obstinadamente al hermano incómodo -por el simple hecho de que salpica a AMLO y a la 4T-, es similar a agarrarle la pata a la vaca.

Entendamos: cada quien se debe hacerse responsable de sus actos. Y por ahora necesitamos que el matarife, en este caso la Fiscalía, dictamine si en efecto se mató a la vaca o sólo le provocaron un soponcio pasajero que, hay que decirlo, luce en estado terminal.

Sigamos el ejemplo de López Obrador, quien se adelantó a todo y a todos. Hace varios meses declaró que sólo es responsable de su hijo menor. Ni sus hijos, hermanos, esposa ni ningún otro familiar o personaje del círculo rojo debería de abusar de la cercanía con el Presidente para obtener beneficios. Si lo hacen, es bajo su responsabilidad.

Mientras, seamos congruentes. México necesita ciudadanos de primera clase.