México.- Resulta absurdo que mientras México tiene al presidente mejor calificado de la historia, las calificadoras emitan análisis de riesgo crediticio. Atrás de la campaña de las calificadoras se pueden intuir los dados cargados.

El 29 de enero Fitch Ratings bajó la calificación crediticia a Pemex, el 25 de febrero el Banco estadounidense Goldman Sachs recortó el pronóstico de crecimiento y el 26 Moody’s redujo las expectativas de crecimiento, el 1 de este mes, Standard & Poor’s nos pasó de estable a negativo, con posibilidad de seguir a la baja, lo cual generó diversas reacciones, entre la que destaca el intento del senador Salomón Jara para conseguir que el Senado decrete la revocación a las agencias calificadoras. La propuesta no fue avalada ni por el senador Ricardo Monreal Ávila, ni Yeidckol Polevnsky, quien precisó que no era una iniciativa de Morena y también contradice lo declarado por el presidente de la República, cuyo posicionamiento resulta saludable al mantenerse abierto al libre escrutinio del mercado.

Es cierto que las calificadoras miden bajo parámetros que den cierta certidumbre al mercado y a los inversores, pero creo que todos tenemos la claridad de que sus parámetros y análisis los hacen en función de los intereses de estos.

Tampoco debemos perder de vista que esos análisis pueden ser omisos o cometer grandes errores, los cuales no me atrevo a calificar si son de buena o mala fe al no actuar oportunamente para prevenir catástrofes económicas capaces de conducir a la bancarrota o a la miseria a miles o millones de personas.

Difícilmente podemos olvidar la crisis de las hipotecas subprime iniciada en 2006 y detonada en 2008, que tambaleó a los Estados Unidos y a Barak Obama, crisis financiera provocada por la desconfianza crediticia que se extendió inicialmente por los mercados financieros de Estados Unidos y fue la alarma que puso en el punto de mira a las hipotecas basura de Europa desde el verano del 2007, evidenciándose al verano siguiente con la crisis financiera de 2008.

Así, a pesar de los desastrosos resultados, el mercado financiero se sostiene haciendo caso omiso de que en sus sótanos y desagües se ocultan los detonantes de futuras crisis.

Las calificadoras se convierten en cómplices silentes de los intereses macroeconómicos, mientras sirvan a los fines, metas y objetivos del gran capital.

Resulta muy complicado que las calificadoras pudiesen incluirse como una variante de sus parámetros la corrupción, no solo por la relatividad de la misma, sino fundamentalmente por su propia subjetividad y dinámica social, por eso les resulta más fácil colocar como una variable más objetiva los costos de la inseguridad y la violencia, complementado con la eficacia o ineficiencia de la administración de justicia que hace temblar a los gobiernos, pero en nuestro caso, solo puede entenderse como una postura de gallardía la asumida por nuestro gobierno al crear la Guardia Nacional para enfrentar el crimen, a lo mejor en los años siguientes las calificadoras deberán aceptar que sus diagnósticos no fueron tan precisos como afirman.

No obstante los dados cargados de las calificadoras, Andrés Manuel López Obrador acepta las valoraciones y demuestra la voluntad presidencial de jugar de forma transparente en el sistema de mercado, con plena disposición a demostrar que sus acciones son acertadas o en caso contrario, reconocer los errores para rectificar, tiempo al tiempo.