México.- "La isla antes apestaba a camarón, pero como era porque había mucho dinero nadie decía que apestaba la isla a camarón", recuerda César.

El hombre de 53 años de edad hace una pausa, traga saliva y al recordar esos tiempos mejores en Ciudad del Carmen agrega que desde que la pesca y la actividad petrolera se fueron a pique la bonanza en este rincón de Campeche se acabó.

A unos cien metros el mar vapulea la playa, el arrullo de las olas apenas se ve interrumpido por la música proveniente de un par de autos con familias que pasan la tarde jugando sobre la arena y cuya presencia sólo acentúa lo desolado del malecón, que semeja una fiesta sin gente.

En las calles de Ciudad del Carmen la historia se reproduce una cuadra tras otra: locales cerrados, sobras de restaurantes, ventanas tapiadas, hoteles que sólo dan la bienvenida a la basura que se cuela entre los cristales rotos, casas en renta donde sólo habita el olvido.

Ni la feria se salva, pues sobre una terracería agreste las luces de los juegos mecánicos tratan de alegar el panorama, pero sus coloridos destellos se reproducen en las pupilas de muy pocas personas que buscan un rato de diversión aderezada con un algodón de azúcar o una cerveza mientras la brisa del mar los refresca.

En la mirada de César hay melancolía por los días cuando el dinero no era una preocupación; suelta una broma de vez en cuando mientras espera bajo la sombra de un pequeño arbusto la llegada de clientes, de niños que quieran pasear unos minutos en sus cuatrimotos o dar saltos en su brincolín.

"Yo tenía unos bares, un bar y un botanero, pero el cliente borracho que se sentaba en la mesa con dos o tres chamacas se acabó, ahorita lo vemos con una 'caguamita' y ya. Mis clientes eran los pescadores, los petroleros, cuando se cae ya no funciona el negocio como debe de ser, ya sólo sale para pagar luz y empleados", expresa.

Una voz interrumpe su historia. César alza la mirada hacia un hombre que le pregunta el precio del viaje en una moto rosa y responde que 30 pesos; el cliente y su hija se van. No dice nada, pero en su rostro se adivinan sus palabras: habrá que seguir esperado.

Los tiempos en que ganaba dos millones y medio de pesos en sus bares de viernes a domingo han quedado atrás. Ahora entre semana saca apenas 400 pesos diarios que reparte entre su ayudante Juan Pablo y los 100 pesos que debe de pagar a las autoridades para que lo dejen trabajar ahí.

Lo que queda, cuenta, apenas alcanza para comer, pero tiene la esperanza de mejorar cada fin de semana.

"Ese bar que tenía yo lo abría a las diez de la mañana y lo cerraba a las seis de la mañana, todos los días. Ahora ya no hay comparación, este negocio es sano, ya no tienes que lidiar con borrachos, me agarraba yo hasta golpes", recuerda.

"Ganaba más, pero era un riesgo, llegó el momento que vi hasta balazos adentro, tú sabes que no falta quien llega y 'ta y ta'", explica mientras con sus manos simula pistolas que disparan al aire.

Juan Pablo es otro hombre que también tiene claro, a sus 23 años, que la vida en Ciudad del Carmen es una moneda al aire.

Cuenta que cuando la pesca de camarón se cayó fue devastador, pero el golpe más reciente a la economía local fue la crisis petrolera en 2015, desde entonces no han logrado reponerse.

"La economía aquí ahorita está afectando un poco, hay mucho desempleo, es muy rara la vez que haya movimiento; es como tirar una moneda al aire, 50 y 50 la probabilidad de que pueda haber gente o no pueda haber gente. Ahorita la lluvia es lo que está afectando", detalla.

Las estadísticas le dan la razón, datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señalan que en el primer trimestre el Producto Interno Bruto (PIB) de Campeche cayó 2.2 por ciento, mientras que la desocupación en junio pasado alcanzó 3.4 por ciento, por encima del 3.2 por ciento el mismo mes de 2018.

En el horizonte se alcanzan a ver algunas plataformas petroleras en espera a ser llevadas mar adentro, a las zonas productoras. Sobre el malecón, los negocios lucen solitarios a pesar de ser vacaciones y en el bulevar Playa Norte el paso de automóviles es tan letárgico que no representa ningún problema cruzar entre ellos.

En un cielo que va desprendiéndose de los tonos cobrizos para abrir paso al malva de la noche, la Feria abriga a un payaso que en medio de aquel paisaje multicolor roba sonrisas a la decena de niños y adultos parados en corro a su alrededor. Bromea y coquetea con quien le toma fotos a cambio de algunos pesos.

Ese territorio creado especialmente para atraer multitudes es un evidente síntoma de la enfermedad del olvido. Los caballitos del carrusel, las góndolas de la rueda de la fortuna y los juegos de destreza llenos de juguetes siguen en espera de un ganador.

Hasta los puestos de comida lucen casi vacíos, reflejo de una ciudad que en los últimos 10 años se ha alejado de la prosperidad y cuyas calles ya no huelen a camarón, ni a petróleo ni a dinero.