México.- Hace ya ocho meses que la pandemia del coronavirus pone en jaque al mundo. Desde el brote en Wuhan, la ciudad china donde todo comenzó en diciembre pasado.

Y mientras la comunidad científica internacional lucha por conseguir una vacuna que permita dar esperanzas al planeta, la vida se ha modificado sustancialmente.

Lo que llaman “la nueva normalidad” hizo que los hábitos de sociabilización cambiaran y esas transformaciones atravisan nuestras vidas familiares y laborales.

Las fronteras se cerraron y sólo se abrieron parcialmente, miles de familias quedaron separadas, las cuarentenas superaron largamente los 40 días y el distanciamiento que empujó a la soledad a millones de personas.

La Organización Mundial de la Salud, muy cuestionada por su reacción tardía a la pandemia, primero no recomendaba el uso de mascarilla. El propio director general de la organización, Tedros Adhanom Ghebreyesus, dijo en conferencia de prensa que los barbijos eran solo para los enfermos o los trabajadores de la salud. Con el correr de los meses ya nadie se atreve a salir a la calle sin un tapabocas. “Llaves, dinero y tapabocas”, suele ser la fórmula que todos repasamos mentalmente antes de abrir la puerta.

Con los niños sucedió lo mismo: primero se dijo que no se contagiaban, luego que eran los principales “vectores” de la enfermedad y, ahora, no hay consenso científico sobre cuán peligrosos son.

Las idas y vueltas en cuanto a las recomendaciones se ampliaron con el correr de los meses: en ese limbo quedó la actividad física, si el virus se transmite a través de los objetos, si permanece suspendido en el aire…