México.- Eduardo Mosches, mexicano nacido en Argentina, según sus propias palabras, de niño quería ser piloto aviador, pero afortunadamente para nosotros y el mundo literario, se ha dedicado a las letras, a escribir y a publicar su afamada revista Blanco Móvil, fundada en 1985. Su padre escribía y tenía libros en casa. Platero y yo, es un buen ejemplo romántico de sus primeros acercamientos a la literatura.

“Creo que el Estado debe considerar a las revistas y a los organismos culturales como parte de la canasta básica de sobrevivencia existencial, junto con las tortillas. Es de gran importancia social y humana obtener una porción mínima, como ciudadano, de una ración de cultura”, comenta.

La industria editorial seguirá existiendo. “La pandemia es un incidente en la historia. Existirá lo virtual como la edición en papel, no son indispensablemente antagónicos. Es lo que creo”, dice.

-¿Consideras que haya elitismo en la literatura mexicana en general?

-Lo que se puede decir es que por largos años un sector de la cultura navegaba en la canoa de la seguridad elitista del presupuesto público y privado. Un buen ejemplo: los proyectos como Letras Libres.

Nació en Buenos Aires, Argentina, el 24 de enero de 1944. Es poeta y radica en México desde 1976. Estudió Ciencias Políticas y Sociología en el Instituto de Estudios Latinoamericanos y en la Universidad Libre de Berlín, e Interpretación Teatral en la Universidad de Tel Aviv, donde vivió de 1963 a 1970. También estudió Cinematografía en la UNAM. Ha sido coordinador de Actividades Culturales de la Casa del Lago; gerente de edición en la editorial Nueva Imagen y de Folios Ediciones; director del Foro Cultural Gandhi; coordinador editorial de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Es fundador y director de Blanco Móvil. Colaborador de Cormorán, Cultura Urbana, Delfín, El Nacional, El Universal, La Jornada, Paralelo 35 Siempre!.

Amante del arte en general, Eduardo considera que se ha dado un proceso de diálogo entre poetas de México y de otros países de Latinoamérica y no es algo de poca importancia: “el proceso de intercambio epistolar entre Reyes y Borges, la presencia y el actuar poético de Octavio Paz que llegó a influir con no pocos poetas del continente y este diálogo se amplió a través del exilio de escritores de diferentes países en los años setenta y ochenta en México; ahí pudieron extenderse los procesos de lectura mutua y reconocimiento. Tampoco es de olvidar la presencia del exilio republicano español, en la vida cultural y literaria”.

 

Sobre qué le ha parecido la actual administración en materia de cultura, Mosches opina que “lamentablemente hay una actitud desaseada por parte del gobierno de la 4T hacia ámbitos y espacios culturales variados. Voté personalmente por este proyecto político; en lo que respecta a la cultura, me ha decepcionado”. Además, piensa que “como ciudadanos somos responsables ante nosotros mismos y hacia los demás: el de tener una actitud crítica y activa ante los problemas y conflictos que nacen y existen en el país. El poeta no es una categoría, es un acto de existencia”, afirma.

-¿Cómo fue tu infancia y tu juventud?

-La infancia estuvo muy ligada a ámbitos de vida barrial. La calle era el espacio de juegos normales colectivos con los amiguitos. Por otro lado, de lectura solitaria en el pequeño patio de la casa, empezando por Salgari, continuando con Dumas y Julio Verne. Mark Twain, y los que llegaron después, unido a las funciones de tres películas en el cine del barrio, el fin de semana, acompañado por mis dos hermanas mayores. Mi relación con el ámbito escolar era muy tensa, deambulaba entre el mal comportamiento y el desgano de aprendizaje, sólo me atraían las materias de Castellano, Historia y Geografía. En Matemáticas fui un auténtico fracaso. Ya en la juventud, estaba repartido entre competencias deportivas, la participación en las tareas escolares de la secundaria y la constante lectura no obligatoria, gracias a la biblioteca familiar, y una relación amena con la revista Billiken, de temas generales; por otro lado, en literatura, con presencia de lectura de Quiroga, Domingo F. Sarmiento, Leopoldo Lugones, Miguel Hernández y el Martín Fierro, y un intenso y novedoso Roberto Arlt, y narradores rusos, como Tolstoi, Gorky, Chejov. Con Dostoyevsky, en esos momentos, no me llevaba bien. También fui un asiduo lector de las revistas ilustradas que adaptaban novelas o creaban excelentes aventuras con magníficos dibujantes.

Aquí en México escribió y publicó su primer libro: Los lentes y Marx, en 1979. En lo que respecta a su exilio, llegó a México en febrero de 1976, un mes antes del golpe de Estado por la junta militar. En esos tiempos, Eduardo era un joven activista político en un partido de izquierda trotskista, realizando actividades en el ámbito sindical.

“Fui detenido dos veces, pero por muy poco tiempo”, nos cuenta vía Messenger, “por lo tanto, el regreso a Argentina no era posible después del golpe. En la Ciudad de México, la actitud de compañeros era muy solidaria, y me ayudaron mucho en el proceso de integración social y laboral”.

-¿Qué te ha influido más a la hora de escribir: los libros que has leído o la vida misma?

-A esta pregunta se puede responder con el dicho de ¿qué fue primero?: el huevo o la gallina. Sin la vida misma no hay lectura posible, y la lectura se imbrica intensamente con la propia vida. Experiencia y lectura cohesionan un universo vivencial y creativo, refiere.

Más que amigos, Eduardo es amigo de muchos de mis mejores amigos de la Ciudad de México y hemos coincidido en varias ocasiones en recintos como la Casa del Poeta y el Centro Cultural Xavier Villaurrutia.

“He pasado la cuarentena básicamente en la casa. Mi trabajo en la universidad, la UACM, se ha reducido ante la imposibilidad de asistir presencialmente. En la casa somos varios habitantes, mi pareja Lydia, su hija Susana, un huésped y el traductor y académico palestino Shadi Rohana. Pegadito, en un departamento anexo, Angélica, Jesús y el nieto Leonardo, de año y fracción, aunados a una perra labrador, Belia y una gata ya grandecita, Isis. La rutina es realizar, miércoles y sábados, las compras en el tianguis y en el súper, leer lo más que se pueda, ver películas, escribir y encarar proyectos poéticos, participar en lecturas colectivas, organizar los posibles números de la revista Blanco Móvil, así como contactar poetas y narradores para obtener material para la página virtual de la revista”, nos cuenta.

Ha publicado, entre otros, los libros: Los tiempos mezquinos (1992), Cuando las pieles riman (1994), Como el mar que nos habita (1999), Molinos de fuego (2003), Palabras sin ruta (2005) y Susurros de la memoria (2007), además de los suplementos de Blanco Móvil: “Voces Interiores”, dedicado a la literatura de los jóvenes de los estados de la República y, "Del otro lado", dedicado a la literatura chicana.

Para Eduardo Mosches, todos los poetas son protagonistas. No hay primera ni segunda división. Hay más conocidos y menos conocidos, más publicados y menos publicados. Un hecho que a lo largo del tiempo determinó esta especie de protagonismo fue y es el centralismo ejercido por la Ciudad de México, donde se nuclean una gran cantidad de editoriales, los espacios culturales, las universidades, en fin, era difícil existir fuera de esta Ciudad. Hoy ya está y ha cambiado la relación en el espacio editorial con parte importante en los estados, que tienen y existen proyectos editoriales privados y universitarios importantes.

Ganador de varios premios nacionales como poeta y como editor de revistas literarias, traducido al portugués, alemán, italiano, hebreo e inglés, Eduardo reconoce que los argentinos Juan Gelman (1930-2014) y Jorge Boccanera (1952) y los mexicanos Jaime Sabines (1926-1999) y Antonio Deltoro (1947), formaron y forjaron su carácter de poeta: “como quienes arman un mundo de relación entrañable para mí. Ahora me di una escapada a Zihuatanejo”, me presume, “voy y vengo a y de la playa”. Concluimos.