Águeda, María  y Graciela tienen algo en común que las ha unido en los últimos años…esperan cada días a que sus familiares las busquen en el albergue del padre Ángel Martínez, en donde saben que pasarán sus últimos momentos de vida.

Pero justo hoy, el día toma un significado especial, es 10 de mayo, Día de las Madres y les duele saber que no recibirán un abrazo  de sus hijos, nietos o bisnietos, porque aseguran, que desde que fueron llevadas al albergue han sido  olvidadas.

Estas mujeres, madres, abuelas, esperan todos los días sentadas en sus sillas de madera, color gris, con la esperanza de que sus hijos vuelvan por ellas.

Águeda Dina Colón, tiene 99 años de edad. Ella se encuentra atrapadas en ese cuerpo tullido, que pareciera encogerse con el paso de los años, pero que  su mente y corazón se mantienen llenos de recuerdos de todo lo vivido.

El dolor más grande que enfrenta cada día, es la pérdida de su único hijo, sentimiento que, asegura, mantendrá hasta que a ella le llegue su último respiro.

Su hijo tenía sólo cinco años, murió por una picadura de alacrán, y no ha pasado un solo día sin que ella no le duela su pérdida.

Águeda  es originaria del municipio de Cuajinicuilapa, en la Costa Chica del estado, y cuenta que tiene dos años dentro del albergue, lugar hasta donde fue llevada por sus sobrinas. Decidieron llevar la ahí porque ellas mismas enfrentan problemas de salud, tienen cáncer y les es imposible atenderla.

La historia de María Nepomuceno Cortez, quien es originaria de Tecpan de Galeana, en la Costa Grande de Guerrero, es más difícil.

Ella siempre está sentada, en su silla de madera viendo hacía la reja principal del lugar. María tiene la esperanza, de que un buen día, suene el timbre y regresen sus  hijos, quienes la abandonaros para irse a la ciudad de Tijuana.

Le prometieron, dijo con tristeza, que estaría sólo ocho días en el albergue, pero ya se convirtieron en ocho años… ocho años de mantener la esperanza de que sus hijos vuelvan.

Todos los días sale de su cuarto, a las siete de la mañana, porque siempre es muy puntual, da pasos muy lentos hasta llegar a su silla de madera, se sienta, se cubre con un reboso amarrillo y sostiene entre sus manos una bolsa, color negra, en donde tiene todas sus pertenencias.

A María le cabe toda su vida, todas sus historias en una pequeña bolsa de mano, y así espera a que regresen por ella, como un día se lo prometieron.

Con lágrimas en sus ojos, cuenta que está desesperada y triste, por el abandono, pero también por no saber qué pasa con sus hijos.

“Jamás pasó por mi  memoria que mis  hijos me abandonaran”, dice con su voz pausada, mientras le ruedan lágrimas de sus ojos.

Su vida no ha sido sencilla, tuvo cuatro hijos, y sólo le viven dos. Toda su vida se dedicó a cuidar el hogar, pero ella y su esposo se fueron haciendo viejos, y hace poco más de ocho años él murió.

Los dos hijos que aún viven fueron quienes decidieron llevarla al albergue, pero ella sueña que un día saldrá.

“Yo ya estoy desesperada, ellos dijeron que solo ocho días estaría aquí y ya nunca han venido,  ya son muchos años los que he esperado a mis hijos  y yo no quiero morir aquí, quiero estar en mi casa”, pidió.

María cuenta que sus hijos le llamaron al asilo, y le prometieron que en abril irían por ella, pero entonces lanza la pregunta: ¿A cuánto estamos?, y le responde que ya es mayo, pero no pierde la esperanza, y confía que sus hijos vienen en camino por ella.

“Es mayo”, dice y se queda pensando unos minutos, después se responde a si misma: “a lo mejor ya vienen, porque me prometieron que llegarían por mí, sólo que están esperando a que llegue Luis (su hijo) del Norte para que venga por mí y nos vayamos a casa, porque dijeron que en este mes el llegaría, si en este mes”, confió, sin soltar de entre sus manos su bolsa, en donde están sus pertenencias, historias y su vida entera.

Graciela Gabriela, lleva cinco años en el  albergue, pero ella ya no espera a ninguno de sus hijos… ella sólo espera morir por el cáncer de mama que padece.

Tiene tumores, en ambos senos, y uno de sus hijos decidió dejarla en el albergue porque comenzó a perder la memoria, y cuando su enfermedad avanzó dejó de recordar toda su vida.

Graciela Grabriela, si es que así se llama porque ya no recuerda su historia, no puede entablar una conversación, repite cada pregunta y siempre da la misma respuesta: “A veces me pongo a pensar,  y me pregunto a mí misma que ha pasado, si me llamo fulana, hay Dios mío, hay  Dios mío”.

Graciela, en su soledad, no deja de repetir lo mismo.

El albergue del Padre Ángel Martínez, vive del apoyo de la población, aseguran los trabajadores que ninguna autoridad aporta recursos.

Entre los ancianos que ahí viven hay muchas historias, pero la mayoría tienen la misma característica y es el abandono.

Algunos cuentan que incluso ahí estuvo refugiado por dos meses un familiar del ex alcalde, Luis Walton Aburto.

Historias como la de Águeda, María y Graciela se repiten  a diario, sus hijos o familiares los dejan ahí y ya nunca más regresan por ellos.

María, decide cantar todos los días, pero esta ocasión fue especial por ser 10 de mayo, Día de las Madres.