Guerrero. OPINIÓN.- Existen dos clases de políticos en Acapulco y en Guerrero, por un lado, están aquellos emanados de la vieja escuela caciquil y corrupta, los que utilizaron el poder para beneficio personal, enriquecimiento ilícito, coacción política, los que sólo buscaron beneficios personales mediante mecanismos de una amplia corrupción y complicidad mutua, y los otros, los llamados emergentes, sin antecedentes políticos de ningún tipo, nacidos o que se hicieron visibles con la Cuarta Transformación del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Este tipo de políticos, los de la vieja escuela caciquil, son los que saquearon a Acapulco, los que nunca se preocuparon por resolver los problemas de fondo y jamás generaron proyectos de alto impacto para el desarrollo económico y turístico del puerto. Sólo se dedicaron a simular que hacían algo, cuando en realidad lo que hacían era solo buscar beneficios personales y formas de estar siempre en los cargos de poder para seguir enriqueciéndose.

Este tipo de políticos, se apropiaron de espacios públicos en zonas privilegiadas, beneficiaron a sus empresas particulares, y otros más construyeron con dinero público empresas privadas.

Por el otro lado, está la clase política emergente, que no había ocupado ningún puesto de elección popular, sin experiencia en la administración pública, ajena y alejada de las prácticas de los políticos a los que nunca les importó resolver las necesidades básicas de la gente, mucho menos entender y atender el sufrimiento humano y el dolor de los acapulqueños.

Ante la aparición de esta clase política emergente, algunos viejos políticos cuestionan, con sobrado desdén, que no ven en los nuevos políticos “alturas de miras” para resolver los problemas que históricamente aquejan a Guerrero y a Acapulco. Que no ven cómo pueden resolver los problemas que esta clase política corrompida generó a lo largo de los años.

Si se ve con indulgencia, es hasta cierto punto entendible la percepción de estos políticos adultos mayores. Pues su absoluta falta de autocrítica, los hace verse así mismos como los únicos que pueden y tienen la capacidad para resolver los problemas que en su momento como gobernantes jamás hicieron.

Pese a esta visión de minusvalía política, es evidente que sí existe una clase de políticos diferentes, una clase que, como dice Andrés Manuel López Obrador, no tiene mucha experiencia, pero sí tiene mucha honestidad, requisito indispensable para contribuir a lograr la 4T. Con esto de nueva clase de políticos, no me refiero a los que saltaron del PRI, PRD u otros partidos a Morena, sino a una clase nacida con la 4T.

A esta nueva generación política de Guerrero, pertenecen Pablo Amílcar Sandoval Ballesteros y Javier Solorio Almazán, entre otros muy poquitos que pueden soportar pruebas de honestidad, integridad y verdadero compromiso social.

Sin embargo, no será fácil para esta generación emergente desterrar las viejas prácticas de los políticos caciquiles acostumbrados a los acuerdos, a los tejes y manejes transpartidarios para lograr el poder por el poder, a la compra de voluntades, a la manipulación y al chantaje.

Gran trabajo les espera a esta nueva clase de políticos de la 4T para lograr que los principios fundamentales del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, de acabar de una vez por todas con la corrupción y de beneficiar primero a los pobres, por encima de los empresarios, se cristalice en el segundo trienio del gobierno de AMLO.

Son tres años lo que le quedan a Andrés Manuel para hacer realidad la 4T que se propuso, con lo que pasaría a la historia como el mejor presidente de México de los tiempos recientes y para eso necesita gente sin ningún vínculo con el pasado corrupto de Guerrero y de Acapulco.