Primero: Antes que nada, yo no sé mucho de Acapulco. Ahí nací, eso sí. Tierra de centros comerciales y playas abarrotadas. Recuerdo Caleta llena de autobuses, llenos de chilangos; latas de atún en las aceras, pan blanco, gente comiendo sándwiches y entrando al mar con la boca llena y las pantaletas blancas abajo del traje de baño.

Segundo: Acapulco es una frontera extraña. Como Tijuana, quiero creer, a donde no he ido nunca. Todo tiene lugar: los excesos, el placer como justificación última y quizá impar de una sociedad que sale corriendo de buenas a primeras a desintoxicarse de un D.F. atascado. Frontera de moral, de ropa cayendo en la playa y en la disco. Un carnaval perpetuo. Una fiesta eterna, de drogas, música pop y paseos interminables en La Costera. Una frontera porque no se sabe bien dónde empieza algo y dónde termina. Una frontera porque son pocos los negocios que duran más de 20 años. Nadie puede decir: “Aquí venía de niño”, porque ese local ya cambió de giro como 30 veces. No hay modo de anclar memorias chiquitas, todo es mutable, anuncio perpetuo de que el mundo gira y uno sigue en el mismo lugar.

Tercero: Acapulco es un sitio para la enseñanza en la universidad de distancia, de clases: nada qué ver los ricos con los pobres, aún si bailan juntos en la pista, aún si comparten el metro de arena caliente en la playa, cada uno sabe a dónde pertenece. Nada más duro. Nada más grave. Sólo eso. Tierras distantes.

Cuarto: Sigo sin saber mucho de Acapulco, ahora un puerto dividido entre el placer, la violencia, y los terrenos cooptados para casas, hechas a modo para la clase media de la ciudad de México. No hay agua. No sé en los hoteles, supongo que ahí sí habrá. Pero la gente de las zonas clasemedieras no tiene agua. La última administración, dicen, la última, se llevó todo. Dejó a Capama con una deuda. No hay agua. Es un hecho. Gente con vista al mar ahorrando agua en garrafas como en Iztapalapa. Horror. A 32 grados sin poderse bañar, sin lavar la ropa, los trastes. Horror.

Cinco: Acapulco es un sitio donde se puede guardar muy bien la infancia. Para nunca más volver a abrir la caja.

Seis: Se dicen muchas cosas, pero Acapulco es la playa más visitada. Hay algo aquí, algo que hace que la gente quiera regresar. Es una fascinación por estos mundos colapsados: entre el calor y la agonía está la vista al mar, no sé, quizá el aire acondicionado, este morirse cada día de calor, esta conciencia de que uno es lo que es y jamás va a cambiar. Pero los turistas vuelven y los locales se van pero regresan, casi siempre.

Siete: Los acapulqueños somos muchas cosas, dicen. Nos tienen miedo por la fama de violentos, eso no lo sé bien, yo no he matado a nadie hasta el momento. Lo he querido hacer, pasarles un machete bien cerca de su cara para que sepan con quien hablan, pero eso lo hago en la cabeza, nada más. Nos tienen fascinación por fáciles –en la cama, quiero decir- y yo me imagino que debe haber por ahí morenas frígidas y lancheros impotentes. No se puede con los estereotipos.

Ocho: Acapulco es un lugar donde todo es posible, dar la vuelta prohibida, estacionarse donde no se debe, poner un changarro sin permiso, pero también te pueden matar por no pagar la cuota de cien pesos que te piden en algunas partes. Y sin embargo, se sostiene todo. No sé cómo: palillos construyendo una torre. Balaceras a mitad del día, la impunidad es lo que vale. Muchos han muerto o desaparecido que es otro modo de morirse. El paraíso, la mugre, lo sucio, el mar a lo lejos azul, azul. Todo es posible.

Nueve: Acapulco es otro siempre. Como las capas de concreto bajo la catedral sagrada de la ciudad de México, bajo él hay otros modos de estar. No del todo agradables. Como buen puerto es casa de varios migrantes, lección de vida de gente del mundo. Marineros que se fueron a la mar para ver qué podían ver y ver y ver.

Diez: Mi padre fue a dar, antes de morir, al Issste de Acapulco. Estaba condenado desde el inicio, antes de llegar ahí convendría morirse de golpe. No hay batas, ni gasas, ni enfermeras, ni médicos, y los policías cobran 20 pesos para ver al familiar encamado.

Once: Había italianos y canadienses en los años 80, circulaban en la calle con sus panzas de sesenta años al descubierto, en el invierno. Hace años dejaron de llegar. Ahora sólo hay chilangos, especie de la cual se duda su extinción. Dura, esta especie, dispuesta a agotarse en las filas del súper y esperando inquietos en los semáforos, camino a sus nuevas casas.

Doce: Mi padre nos llevaba al Mirador, pasando por el lado de las banderitas, en La Escénica. Vista hacia abajo, hacia afuera. Era bonito, sin duda. Por lo menos, dos tonos de azul: el de Puerto Marqués y el de la bahía brava de la Bonfil que se perfila desde ahí. En medio, montañas. La  postal existe en la cabeza, porque lo que se dice foto, foto, no tengo.

Trece: Acapulco es como Roma en verano: el paisaje es miles de personas sudando como ganado, con ropa ridícula de colores chillones. Y el dinero que dejan, nadie sabe a dónde va a dar, misterio de misterios. Los prestadores de servicios en los bordes de la playa no parecen muy beneficiados con todo esto. A los grandes hoteles y restaurantes de gran calidad habría de ver cómo es que funcionan, importando langostas de otros mares. Con todo, el puerto de la bahía de Santa Lucía es un gran bebedero de cerveza para adolescentes.

Catorce: Acapulco no debería ganarse así la vida. Envejece rápido, como amante consumida en el desamor. No puede estar en la calle permanentemente ofreciendo sus labios baratos. Podríamos hacer otras cosas. En eso coincido con sus gobernantes, no se me ocurre qué. La gente en los cinturones de miseria sabe lo que es vivir con muy poco, mirando de lejos a estas abejas chillonas de grititos antes de meterse al agua.

Quince: Recuerdo la isla roqueta, un burro alcohólico, gente encima de uno ofreciendo artículos diversos, la premisa de que más vale transar a un turista o local que dejarlo ir vivo. Nada es como antes. Este presente no existe.

Dieciséis: Ahora, el puerto de la vida diaria es otro: sumido en el tráfico de las remodelaciones o del Acabús, anonadado (que quiere decir con el agua hasta el culo, claro está), ganándose la vida como se puede. El mercado de bienes raíces deploró un 30 por ciento del valor total de la propiedad. Achicharrados: el calor, las balaceras, sin poder vender sus propiedades, sin escapatoria, el acapulqueño se resigna a continuar la vida. No hay de otra, aseguran.

Brenda Ríos. (Acapulco, 1975). Escribe ajeno y a veces lo propio. Dice que ha publicado "Las canciones pop hacen pop en mí", IVEC, Xalapa, 2013; "Empacados al vacío, ensayos sobre nada", Calygramma, Querétaro 2013. "Del amor y otras cosas que se gastan por el uso. Ironía y silencio en la narrativa de Clarice Lispector", Tierra Adentro/F,l,m, 2005. Algunos ensayos y/o poemas se puede consultar en lugares como Replicante, Círculo de Poesía, Letralia, Casa del Tiempo, Ping-Pong.