OPINIÓN

Ciudad de México.- Un temblor. Un montaje noticioso. Un clasi-racista exhibido. Un polémico viaje al extranjero. Una mega empresa doblando las manos. Un atentado.

Tan obvio como que ya empezó la carrera rumbo a las elecciones intermedias es que en la CDMX opera el crimen organizado.

Sin embargo, pareciera que las detenciones de personajes connotados del Cártel de Tláhuac, de las uniones y desuniones de Tepito, además de los grupos delictivos señalados en el informe del General Luis Cresencio Sandoval, no fueron pruebas contundentes de la existencia del CO en la CDMX.

Tal vez por eso, también connotadas “personalidades” de la opinocracia nacional mostraron su desmedido horror ante el atentado contra el Secretario de Seguridad Ciudadana, Omar García Harfuch.

Es verdad que la violencia de alto impacto tiende a horrorizar, ese es uno de sus objetivos. Y sí, siempre será lamentable la pérdida de vidas humanas, sin duda.

Pero es francamente desalentador el chilangocentrismo mostrado por estas personalidades expertas en opinar. Su horror, el escándalo de sus argumentos hablan de “su” primera vez.

“Francamente peligroso”. “Hechos nunca vistos”. “Ahora sí pasamos al lado oscuro”. Fueron algunas de las frases empleadas para referirse al atentado.

Resalta que esa consternación, un poco aderezada por su talante opositor, relate el hecho como si fuera la primera vez que en México se comete un atentado.

Ciudades como Veracruz, Xalapa, Córdoba, Tampico, Nuevo Laredo, Culiacán, Hermosillo, Cuidad Juárez, entre otras, han vivido y atestiguado muy de cerca y desde hace muchos años, ese tipo de violencia de alto impacto.

Pero eso no parece haberlos impactado ni antes ni ahora. Tal vez no leen la nota roja. Quizá pensaron que CDMX era una zona vedada, respetada por los cárteles que operan en todo el mundo, menos ahí; que tienen una red de distribución y operación exitosa, que se mete como el agua en todos los continentes, menos ahí.

Pensar que un atentado cometido en la CDMX, por añadidura en una de las zonas de más alta plusvalía de América latina, tuviera el lamentable honor de marcar un antes y un después de la violencia y la inseguridad que se vive en México, es tan desalentador como insensible, porque los otros 103 millones de habitantes que no vivimos en esa ciudad, tenemos años padeciéndolo.

Hace más de 10 años que la gran mayoría de los mexicanos vivimos atemorizados, nos sentimos vulnerados; nuestra forma de habitar la cotidianidad se vio alterada por la violencia que azota nuestras ciudades. Hemos dispuesto mecanismos de defensa y prevención, cambiado nuestros hábitos, modificado la conducta y nuestra forma de relacionarnos para sentirnos más tranquilos.

Meses atrás me vi dándole consejos a una querida amiga que vive en Celaya. Todo se basaba en mi experiencia personal y las redes comunitarias que establecimos como mecanismo informativo y de defensa, cuando el crimen y la violencia hicieron de mi ciudad un campo de guerra.

Comprendo profundamente el miedo y la vulnerabilidad que hoy sienten los habitantes de la CDMX y estos señores dedicados a opinar, pero me horroriza la indiferencia mostrada ante el dolor de gente como yo, que escapa a la comprensión de su análisis y al interés de su visión por el simple hecho de vivir en otra ciudad.

Tal vez, sólo tal vez, saber que el sicariato opera en la esquina de su casa y sentir ese miedo hondo, los obligue a reflexionar más profundamente, por encima de sus intereses personales, sobre la transformación de México.

Por cierto, nadie habla del fallido atentado con bomba contra la refinería de Salamanca, que presuntamente desmanteló el ejército.