En tiempos en los que casi cada ser humano conlleva un teléfono celular, y a su vez casi cada aparato comporta una cámara, la gente está fotografiando absolutamente todo. He visto personas retratar un pedazo de caca en la calle (siempre hay motivos para algo así y no se juzgan). Pero qué insaciable hambre ha surgido por verlo todo mediado por una pantalla. La realidad natural o material ya no satisface ni dice tanto como cuando va filtrada por una pantalla.

Sobran las herramientas conceptuales para hablar de esta nueva consecuencia del ser humano, desde el “Homovidens”, de G. Sartori, hasta las categorías “Nativos o Migrantes Digitales”, de C. Scolari, pero siempre hay que volver a McLuhan para comprender o no olvidar que toda cámara es como la extensión mecánica de la vista humana.

En este sentido, un dron representa el ojo-mirada que el ser humano echa a volar a control remoto, (y si nos extendemos) el Youtube, el repertorio ingente de la producción visual incalculable de nuestra época, y el cine por tanto, la fuente de nuevos mitos y cultura. Si un chico está con su novia se toma una foto para contemplar su amor en la pantalla, para vivirlo por y con los ojos, como una pulsión onto cinematográfica. Somos una sociedad proyectada. Somos una sociedad de relaciones terciadas por el agente visual que es la pantalla.

La pantalla es como la nueva piel entre seres humanos. Gracias al desarrollo de las tecnologías de comunicación e información ampliamos el “yo soy” al “yo soy a través de”. Y podríamos ubicar los antecedentes de este nuevo ser pantalla a partir de que el daguerrotipo se internacionaliza en el año 1839, hace exactamente 175 años (casi dos siglos de evolución constante y vertiginosa de nuestra cultura visual masiva), tiempo más que suficiente para modificar el funcionamiento del cerebro y sus lógicas (sus formas de comprender el mundo), modificar incluso la genética.

El ser pantalla es cuando un alumno se levanta al final de clase a tomar una foto al pizarrón en lugar de escribir apuntes; cuando el sistema educativo exige trasladar los contenidos a formatos broadcasting porque los chicos no leen, sino miran. Ser pantalla es cuando nos descubrimos incapaces de abstraer el sentido de algo, ejemplo intencional: una película, y estamos obligados a describirla materialmente acción por acción (entonces ya no se trata de una película que habla del amor, por decir algo, sino de una pareja que un día se conoce en el parque y luego se encuentran en el metro y entonces se reconocen y…); pues lo visual es lo concreto y lo verbal es lo abstracto.

Más todavía, cuando nos rendimos al desafío de esa descripción verbal del objeto y decimos, “es que necesitas verla”. Esta imprecisión e insuficiencia del motor de abstracción del lenguaje se trasluce en la expresión que abusa del comparativo “como” y lo convierte en muletilla. Ejemplo: está como bien rara esta forma tuya de ser pantalla, es así como una ontología de la carita feliz. En fin, que el ser pantalla se ha convertido en la sobre narrativa de estos tiempos. Hoy en día, el ser pantalla convierte la imprescindible objetividad en un palo de selfie.