Costa Chica, Guerrero.- Desaparece, aparece. En la oscuridad del campo, desaparece, aparece. De noche, un haz de luz, y el rumor del mar. Atrás los 30 kilómetros hasta el entronque con la carreta 200, la que lleva por todo el Pacífico hasta Salina Cruz. Quedan atrás pequeños poblados.

Costa Chica (4) Al llegar, ni un alma. Construcciones encaramadas en torno a la orilla y el faro, sobre una elevación de tierra. En la orilla de la playa, montones de mesas y sillas apiladas en la oscuridad. Se amontonan botellas sobre una de las mesas de una de las tantas enramadas que se levantan en el sitio. Un hombre echa dinero a una rocola. Canta, habla solo. Vocifera de vez en cuando. Son las diez de la noche. Nadie más parece estar despierto.

A regañadientes la señora encargada del único hotel nos prepara una habitación. Antes de caer rendidos, aún alcanzamos a escuchar los aullidos del hombre. A punto de romper el alba perros y moscas esperan el regreso de los pescadores. Mi carnal Pedro Pardo se dedica a tomar fotos de los pescadores y yo a deambular por la playa en espera de descubrir completamente el paisaje.

Los ganchos de las básculas oscilan con el viento fresco al borde de los montículos de tierra donde se levantan casas de palo y aluminio. El mar comienza a revelarse, dejamos de escucharlo en la oscuridad. Se distingue la especie de bahía formada por una larga playa que se extiende 10 kilómetros antes de torcer y perderse de vista

Los hombres se definen con lentitud entre la bruma. Cansados sobre sus lanchas, se acercan a la orilla. Ana Karen, Auria, Zulema, Brittanee, cargadas con lo que puede reunirse después de toda una noche de trabajo a 20 millas de la costa, se recortan a lo lejos, la fibra de vidrio y el motor contra un azul oscuro que entra en el día.Costa Chica (2)

Perros flacos y tullidos persiguen figuras, efectos ópticos a lo largo de una playa que comienza a llenarse de movimiento, esperan la caída de restos, de desperdicios, de peces malogrados, pero ellos comerán después, mucho después, algunas espinas, lo que dejen los hombres luego de revisar las redes.

Al arribar cerca de la orilla, los pescadores esperan la ola indicada que los lleve lo más lejos posible tierra adentro. Trazan círculos como un pelícano o la luz del faro. Cazan una ola exacta. Cuando la encuentran, se enfilan y salen del mar para quedar clavados en la playa.

De inmediato, hieleras repletas de hermosos animales. Cuchillos y sangre. Niños ayudan a sus papás a quitarle las tripas a los guachinangos. Meten sus dedos en el interior, escarban y arrancan. Algunos niños ya pasan toda la noche en alta mar y pueden arrancarle con facilidad  la enorme cabeza a un “guacho” de un metro y medio.

Roberto tiene un tatuaje en el torso y una herida en el pómulo izquierdo, hecha por el pico de un pez vela. El tatuaje es un tiburón rojo que cruza sus costillas con la mandíbula abierta. “Los pez vela son animales peligrosos. Brincan y su pico puede quedar encajado en alguien en una de esas”, nos explica con una sonrisa maliciosa. Roberto acaba de volver del mar después de estar doce hora adentro. Tiene ánimo de reír, de tomar algo.

Costa Chica (1)Camina cargando una atarraya, o charchinera como también se le llama a la red individual. Recoge sus cosas de la lancha para volver a casa. Antes bromea sobre la belleza de las mujeres de Punta Maldonado, su ascendencia africana, su cuerpo voluptuoso. “Véngase para acá y acá se casa. ¿Cómo ve? Aquí no le va faltar de comer”, levanta la voz mientras señala con los ojos el trasero de una jovencita que pasa, estallando en una carcajada.

Ahora me tomo un par de cervezas como si pudiera absorber algo de ese momento a través de ellas; no importa que es de mañana. Estoy parado en el umbral del único billar del lugar; imaginen un billar frente al mar, a veinte metros de los olas. Este momento jamás volverá a repetirse y ni siquiera lo mencionan en la guías de turista. Se trata de la vida que no vemos.

Un punto remoto en una de las zonas negras de México, Punta Maldonado, Cuajinicuilapa, Guerrero. Atrás de ese cerrito está Oaxaca. ¿Sabían ustedes que hubo una seria propuesta para llamar al municipio Cuajinicuilapa de Mandela? No sé qué tan cierto sea, pero es hermoso imaginarse el asunto como real. Para mí tiene todo sentido.Costa Chica (3)

En la enramada donde anoche un hombre bebía cerveza hasta hablar solo, se encuentra el mismo hombre tomando nuevamente, acompañado de otros pescadores, y poniendo canciones en la rocola: “Voy a cantar un corrido / sin agravio y sin disgusto, / lo que sucedió en Tres Palos, / municipio de Acapulco. / Mataron a Simón Blanco, / más grande fue su resulto”.

En la orilla las escasas y pequeñas olas producen un rumor extraño para las playas de mar abierto, que son la mayoría en Guerrero, una especie de silencio que no es sino un poco de ruido constante en el ambiente. Los pescadores se arrullan con ese silencio. Pronto se quedarán dormidos por el cansancio, el vaivén y la cerveza. Antes del atardecer despertarán para comer algo y preparar de nueva cuenta la lancha para volver al mar. Ahora el sol está por alcanzar el mediodía. Yo busco una sombra.