México.- Es bueno, Enrique, que los hombres hablemos de machismo y misoginia. Muchas lacras tiene este país que, sin importar el tamaño o lo acendrado, han ido resquebrajando política y moralmente esta sociedad. De la corrupción e impunidad al chayote y las fake news, del tráfico de influencias y nepotismo al narcomenudeo y la extorsión. Sobre la complicidad gubernamental, el soborno y el embute periodísticos trata tu más reciente novela, Enrique Serna, aunque el tema que aquí me interesa es la mancuerna del poder político con la misoginia en todo su esplendor. Van de la mano, desafortunadamente. Enrique Dussel dice que una “extorsión sexual es una de las tantas consecuencias de la corrupción”.

Tu novela aborda distintas etapas en la vida de Carlos Denegri, el “mejor y el más vil de los reporteros”, en palabras de Scherer; un “mercenario de la información” durante la segunda mitad del siglo XX, años de gobiernos priistas. Hasta el gobierno de Peña Nieto continúa ese modus vivendi, pues, tú mismo lo has dicho, de 2012 a 2018 “se gastó millones en periodistas” (Sin embargo, 13/09/19). Es pertinente señalar la vigencia de estos vicios, pues las conductas machistas –descaradas o invisibilizadas- y la misoginia, como ideología dominante, dentro de la política siguen imperando en nuestros días, como lo constatan las frases cosificantes  de Vicente Fox o las conductas violentas de Peña Nieto hacia sus propias mujeres, y, en niveles de menor jerarquía, como las recientes declaraciones del subdelegado del ISSSTE en Michoacán, Mireles: “Todo mi respeto a las pirujas, nalguitas y niñas”; la desafortunada expresión del gobernador de Puebla, Miguel Barbosa: “Ninguna mujer será encarcelada por abortar”; o el diputado en Morelos, Pepe Casas, a quien le molesta que las mujeres se alejen de la cocina; en este estado de la República, por cierto, gobierna un fulano que ha ostentado como trofeos a varias de “sus mujeres”. En todo el país ya hemos visto y oído manifestaciones y conductas por parte de políticos y funcionarios que atentan contra la integridad y derechos de la mujer. En El vendedor de silencio, tú le das un buen espacio al hermano del otrora presidente Manuel Ávila Camacho, Maximino, “violador y asesino”, “parásito de su libido”, que lo mismo encamaba, por la buena o por la mala, a “rumberas, cantantes de boleros, las coristas del Teatro Lírico, las secretarias, las amas de  casa y las colegialas vírgenes” (p. 215).

Pero tú vas más allá de las anécdotas misóginas, gracias a tu buen manejo de las voces y focos narrativos. En primera, en segunda o tercera persona, el deseo machista y el rencor hacia las mujeres están presentes de principio a fin. Del mismo modo que Federico Gamboa relata cómo el alcohol va entrando al cuerpo cual demonio, así tú, Enrique, te vas introduciendo al alma de tu personaje. Quienes conocemos tu prosa sabemos que la narración, empiernada a la descripción etopéyica, irá in crescendo sin titubeos ni prolepsis gratuitas porque siempre suceden cosas en las historias que inventas, recreas o reproduces. Pudiste bien hacer lo que Yourcenar hizo con Adriano, García Márquez con Bolívar o Del Paso con Carlota, pues tú mismo ya habías experimentado monólogos y fluir de la conciencia con Santa Ana; sin embargo, decidiste utilizar la vasta información –que te llevó años investigar- para contextualizar a tu personaje, y retratar varios sexenios en que el crathos político se cimentaba, se escudaba y se propagaba en contubernio con el poder periodístico, uno no existía sin el otro y viceversa.

Denegri fue conociendo y deleitándose con las mieles del poder desde muy joven, cuando, como hijo de diplomático, vivió en varios países y muy pronto aprendió a la perfección inglés, francés y alemán, los cuales lo hacían sobresalir en el mundillo de políticos y periodistas monolingües. Blanco y ojiclaro, descubrió la importancia del buen vestir y del buen hablar. Aspirante a poeta, se codeaba con escritores del país y extranjeros, podía entrevistar a André Malraux, hablar de lo engreído que era Luis Spota o de las “joterías” de Salvador Novo. Poco a poco supo que el dominio de la escritura, la diplomacia, el conocimiento de la psique y la cultura en todas sus manifestaciones lo elevaban por encima de los demás. “¿Quién era Lord Byron?, se animó a preguntar Luis Echeverría”. Galante, de sonrisa implacable, Denegri podía adular y comprar a todo mundo: bellas mujeres, monjas, trabajadores, policías, matones, políticos, empresarios, periodistas, directores y dueños de periódicos. “El sentido poético de la vida consiste en derrochar el amor y el dinero”, era parte de su filosofía. En poco tiempo hablaban de él como “el periodista más brillante de México y uno de los más respetados del mundo entero” (p. 28).

Poseía un abanico de poder que ostentaba en cualquier lugar, circunstancia y momento: dentro de su casa con su familia o en la calle donde transgredía reglas sabiéndose siempre protegido por alguien poderoso, en su programa de radio, en sus columnas, artículos y reportajes periodísticos, entre sus colegas del ramo, con funcionarios de poca monta y presidentes, entre empresarios, escritores, actrices, pero sobre todo con las mujeres, amantes, secretarias, esposas en turno o las ex, con quienes seguía manteniendo vínculos de dominio. Y es que tú, Serna, que una de tus obsesiones literarias es la relación hombre-mujer, tú, -que en casi todos tus libros (recuerdo a bote pronto los cuentos de El orgasmógrafo, Amores de segunda mano y Ternura caníbal, y, sobre todo, en Fruta verde) abordas el laberinto del amor, el deseo, la conveniencia, la lucha, el orgullo, el placer entre parejas- sabes contextualizar con una oración muy bien los convenios conyugales de la época: “El matrimonio de entonces se parecía demasiado a un contrato de compraventa en el que una mujer aportaba el capital de su virginidad a cambio de tener un proveedor para toda la vida”. (p. 100) A lo largo de toda la novela muestras la lucha de poder que establece Denegri con el sexo opuesto. No escatimas en escenas que narran lo peor del alma misógina de tu periodista: golpear y engañar a su esposa (p. 37), arranques de agresividad (p. 106), incendiar el calzón y quemar a una edecán (p. 55), llevarse a jalones a su mujer de una reunión cualquiera y romperle la madre a todo aquel que le provocara celos (p. 157), alquilar prostitutas, comprar el perdón con joyas, abrigos y costosos regalos, empleando una retahíla de frases de la más baja calaña: “pinches viejas, putas mujeres, impedidas neurológicamente, pinches chismosas, zorras, parían como conejas, aves carroñeras, gineceo hostil” y un largo etcétera exhibido en todas tus estrategias narrativas, Enrique, valientes, desmitificadoras, con la mera intención de visibilizar tales lacras que rebasan lo lingüístico, vicios tristemente arraigados. Y los ejemplos abundan, se desparraman en toda la novela. La voz magíster más misógina de la narrativa mexicana, la narratio machista más descarada de nuestras letras: “¿De modo que esa mechuda se negaba en redondo a salir con él? Imbécil, debería estar orgullosa de tenerlo rendido a sus pies” (p. 32). “Como siempre, las malditas viejas hacían causa común para defenderse. Adoraban el papel de víctimas, en especial cuando se trataba de ordeñar las chequeras de sus maridos” (p. 46). “Para serte franco, no creo en la amistad entre hombre y mujer. Sólo un maricón como Novo puede ser amigo de señoras guapas sin querer desnudarlas” (p. 136). “Que lloraran los perdedores, los arrastrados que se les hincaban a las viejas y deshonraban al género masculino” (p. 148).

Sin embargo, Denegri teme reiteradamente perder todo lo que él relaciona con el poder: su virilidad con las mujeres, su dinero, los privilegios de su carrera y sus contactos, sus dones para desenvolverse socialmente pues cada vez va quedándose más solo, con menos gente que lo legitime y favorezca. “Esos miedos nunca lo hubieran asaltado en tiempos de Miguel Alemán, cuando era el favorito de la corte. Dichosos tiempos aquellos en los que podía soltar balazos en un cabaret, manejar a velocidad de ambulancia escoltado por policías de tránsito, ligarse a mujeres casadas en las narices de sus maridos o vociferar en el mostrador del aeropuerto cuando algún vuelo venía lleno: baje a quien sea, tengo que tomar ese avión por órdenes del señor presidente” (p. 57). Aprovecho estos ejemplos, Enrique, que supiste seleccionar para referirte a esas actitudes que muchos hombres de la política, empresarios, judiciales o simples hombres prepotentes con ínfulas de influyentes hemos visto y padecido durante décadas los mexicanos de a pie. Hoy, que comienzan a señalarse el comportamiento avieso de algunos políticos, hoy que incluso se están juzgando a altos funcionarios por enriquecimiento ilícito, extorsión o corrupción, hoy que existen más denuncias por esta clase de atropellos y que las videocámaras y redes sociales pueden evidenciar estas prepotentes actitudes no sólo por parte de los hombres, hoy, en estos tiempos, a punto de iniciar la segunda década del siglo XXI, El vendedor de silencio debe coadyuvar a erradicar conductas machistas fomentadas otrora por el poder político y solapadas por las autoridades judiciales, por las cúpulas eclesiásticas, los programas y métodos de estudio, por los mass media, televisión, prensa, radio, publicidad e incluso por los padres, por las madres.

     Desde el principio de tu novela se plantea la lucha de poder entre tu personaje y las mujeres. Las féminas poco a poco se van abriendo camino y van pidiendo igualdad. Ya no se dejan tan fácilmente. Recordemos que, aunque un poco tardío, está llegando a México la ola de luchas libertarias sesenteras. Sus tres esposas lo han abandonado. Su madre y la amiga de su madre son mujeres muy liberales. Natalia, la mujer que corteja exige respeto y no cae a la primera. Ante su primera escena celotípica se aleja tajantemente de él. De ahí va surgiendo su conflicto, él tan acostumbrado a mandar. a lograr, como en el mundo de la política, lo que se propone a como dé lugar.

                ¿Por qué las mujeres no se rendían del todo? ¿Era preciso conquistarlas una y otra vez, recomenzar a partir de cero cada vez que algo les molestaba? Engolosinadas en su poder, querían ver al hombre postrado a sus pies para sentirse fuertes. Un tipo del montón quizá podía aceptar ese indigno papel, no un hombre tan cercano a los detentadores del verdadero poder, el poder de dictar leyes, de levantar imperios, de conducir a enormes masas hacia un objetivo común. ¿A qué estás jugando, preciosa? Se preguntó resentido. (p. 144)

     En las líneas arriba podemos vislumbrar, además de su acendrado machismo, el meollo de su ser: megalomanía, soberbia, orgullo, egolatría, poderío. “Se cortaba un huevo y la mitad del otro si ese asedio no terminaba en la cama”. Aunque éstas conductas, en el fondo, ocultan el otro lado de su alma, vulnerable, débil, infantil. “Porque él no odiaba las mujeres como creían sus antagonistas: las amaba más que nada en el mundo…” (p. 59). Progresivamente, nuestro personaje se va distanciando de la realidad, ya por mecanismo de defensa, por su alcoholismo o por la dicotomía culpa-temor. Finalmente él se siente víctima de las mujeres. La psicología del personaje se va disgregando en su propio laberinto de hechos, daños, sentimientos, mentiras y autoengaños. “Lo quería todo: ser poeta y hombre de acción, millonario y líder bolchevique, vivir cientos de existencias simultáneas y gozar los placeres del alma y del cuerpo con una sublime hiperestesia humana” (p. 96). Entre tanta actividad y regodeo en el poder, Denegri no tenía tiempo “siquiera de digerir sus emociones”, y a eso le agregamos que “su verdadero yo siempre tenía una copa en la mano”. “¿Ya ves, pendejo, lo que te ganas por tu altanería por sentirte la divina garza con dos tragos encima?” (p.23) Denegri “llevaba dentro un Mister Hyde que se apoderaba de su albedrío en momentos de ofuscación etílica” (p.58). Aunque confundido, sentía en su cuerpo y en las consecuencias de sus actos que se iba consumiendo poco a poco. “Ignoraba de dónde diablos surgían esos malditos miedos, más intensos cuanto más imprecisos”. Algo le decía que debía parar. Por eso luchaba en los dos extremos de “domar a una yegua tan bronca” como era Natalia, o sucumbir a ella y “ofrecerle en holocausto su cansado rebenque de macho dominador” (p. 126). “Necesitaba esa purificación espiritual para volver al punto de inflexión en el que se había torcido su existencia y recomenzarla con ilusiones restauradas, lejos de la sordidez y desenfreno que le corroían el alma” (p. 138). Ya era tiempo de doblegarse, pensaba mientras continuaba con actitudes y acciones que exaltaban su poderío y egolatría.

En el ir y venir narrativo, diegético y biográfico se va entretejiendo la esencia existencial de tu Carlos Denegri. Además del manejo que tienes sobre el tema de la pareja desde muchas de sus aristas, también te ha obsesionado, al más alto estilo flaubertiano, los vericuetos del alma femenina, como lo muestras en tus novelas Señorita México, Ángeles del abismo y La sangre erguida. Eso te permite no sólo exponer las tropelías misóginas del protagonista, sino que sabes bien establecer los vínculos que Denegri tiene con cada una de las mujeres en su vida, incluyendo la relación de amor-odio con su madre o la paciencia y ternura que veladamente profesa a sus hijas. Esto nos brinda, como en toda tu obra –incluso la ensayística- un rico espectro de posibilidades humanas para que no se quede tu novela en un panfleto, apología, panegírico, indulto o diatriba en torno a conductas morales.

    Antes de concluir, quisiera invitar a los lectores a sumergirse en una novela total y abordarla como un misterio del alma de su personaje, para tratar de descubrir las motivaciones psicológicas, sociológicas, políticas e históricas del macho mexicano. Denegri desde niño “sin saberlo, ya estaba embriagado de poder” y en cualquier situación “sacaba a relucir mis influencias”. El púber Carlos debía mostrar siempre ante amigos, ante el padre, maestros, jovencitas, sus dotes de galán, de “las puedo todas”, aunque en el fondo “era un niño asustadizo” cuyo mayor pecado era “el robo de unos dulces y haber copiado en el examen de Biología”. Un niño que se hizo hombre que se hizo viejo que se comportaba como niño. Presionado por todas partes en un principio, luego por él mismo. Pero el tiempo y su ego se lo fueron devorando, no sin justificaciones gratuitas y patadas de ahogado. “Tal vez no había sabido entregarse o no había encontrado a la mujer que supiera entenderlo, y una voz interior, la voz de un ahogado pidiendo socorro, lo incitaba a creer en una relación crepuscular, en un renacimiento erótico y afectivo que le diera un nuevo significado a su vida” (p. 26). La última y nos vamos. Yo controlo al alcohol y no él a mí. Yo sé cuándo parar. “El mejor periodista e México” no supo cuándo.

     Quiero dejar en el tintero, y para no espoilear, el tema de la madre, que aún es tabú en nuestra sociedad. La de Carlos Denegri era más bien una madre controladora, chantajista, manipuladora, con doble discurso. “Si su madre sabía de sobra cuánto aborrecía a esa vieja puta, ¿por qué se la enjaretaba en los convivios familiares?”. Ceide, como llamaba a su madre, “una mujerzuela nostálgica”, era como una perene sombra, le chocaba su coquetería, que fuera extrovertida, bailara, tomara y cantara el tango “Flor de fango” que hablaba de una libertina. Sentía celos cuando los hombres la miraban, y aunque lo exasperaba y a veces quisiera gritarle y reprocharle sus rencores acumulados por más de medio siglo, la respetaba demasiado, era la única mujer a quien no le había levantado jamás la voz, “y la sola idea de lastimarla le imponía un terror sagrado. Su amor era el único puerto seguro en medio de las tempestades, el reducto de tibieza que nunca podía faltarle, y si el precio que debía pagar por conservarlo era un honor lastimado, bienvenidas fueran todas las humillaciones” (p. 45). Cuántas connotaciones tiene este último párrafo desde el punto de vista psicoanalítico. Denegri tiene un padre impostor e impositor, y una figura matriarcal que lo domina. De ahí quizá “el trauma patriarcal” del que habla Claudio Naranjo, en una civilización que ha logrado su “progreso”, desde una moral autoritaria y severa.

  Aquí no es el lugar para conjeturas psicoanalíticas. Aquí sólo planteamos la lectura de esta tu más reciente novela que toca un tema tan vigente como trascendente en la búsqueda de una verdadera igualdad de género. Y es muy bueno, Enrique, importante y necesario, que hablemos entre hombres sobre los machismos que hemos ejercido por años, por milenios.

*Serna, Enrique, El vendedor de silencio, ed. Alfaguara, México, 2019.

**Fernando Reyes Trinid estudió la Maestría en Literatura Mexicana y la Maestría en Psicoterapia Existencial. Publicó las novelas La filósofa, la jinetera y el Comandante (IMC, 2009), y ¿Quién mató a la maestra Rosita? (UNAM, 2010), Cuentos para incendiar la oscuridad (minificciones, VersodestierrO, 2010) y los volúmenes de cuento No somos tiernas las suripantas (IMC, 2007) y Cómo deshacerse de príncipes azules (Editorial Fridaura, 2015).