Acapulco, Guerrero.- La agenda de Itzel de 12 años, Joselín de 9 y Adriana de 7, está llena de actividades desde el jueves pasado por los festejos del Día del Niño a los que han sido invitadas al igual que el restos de los niños; su única particularidad es que deben tomar médicamentos de por vida, porque son portadoras de VIH.

A su corta edad, además de estar conscientes de su estado serológico, junto con Emily, de 13 años, viven en un albergue porque la vida no les permitió estar al lado de sus padres, por distintas razones.

Ellas no dejan de ser alegres, entusiastas... felices.

Itzel, Joselín y Emily son hermanas; las tres son portadoras, al igual que su madre, quien murió hace casi dos años. Desde entonces viven en Villa Sarita, en compañía de Adriana, quien no es su hermana, pero las une un lazo más fuerte que el sanguíneo.

Itzel está por dejar la niñez, tiene 12 años, sin embargo, recién cursa el tercer y cuarto grado de primaria, porque cuando la condición de su mamá empeoró, lo mismo ocurrió con la de ella, y perdió años de estudio.

Mientras ellas estuvieron con su mamá no estaban bajo ningún tratamiento y su condición de salud era mala; Itzel estuvo en terapia intensiva, en donde casi la daban por muerta.

Nunca olvidan el juego.

“Se ha salvado porque Dios es grande. Porque seguramente tiene una misión que cumplir en esta vida”, se refiere a ella Rosa María Santiago Paloalto, presidenta del Grupo Amigos con VIH (GAVIH), responsable de Villa Sarita.

Itzel dice que algunos de sus compañeros saben que es portadora de VIH y que no les importa; su comportamiento hacia ella es normal, por lo que considera que su niñez es igual que la de los demás niños. Lo que no es igual a los otros niños es que a ella sí le gustan las matemáticas; es su materia favorita.

En una plática con Bajo Palabra, dice no sentirse preocupada por su condición de salud, sólo que no olvida a diario tomarse las dos pastillas de su tratamiento, una en la mañana y una en la tarde.

Sin descuidar sus asuntos de niña, tiene planes a futuro: quiere ser enfermera, porque le gusta inyectar y atender a las personas. El tema de tener novio la pone nerviosa, dice con las manos entrelazadas. Por ahora no le interesa, lo tendrá después de que cumpla 20 años.

Nunca olvidan el juego.

Para el Día del Niño le gustaría salir, ir a la playa, al cine o al parque. Recientemente le regalaron unos huaraches. El miércoles, su grupo fue a Parque Ventura a festejar, sin embargo, no pudo ir porque la persona que la acompañaría no pudo hacerlo.

En la sala del que es su hogar están reunidas las cuatro niñas; a las 11 de la mañana saldrían a la playa de paseo, gracias a una organización que las invitó, por lo que de vez en cuando preguntan la hora para que les dé tiempo ir a prepararse, menos una de ellas, quien está castigada por haberse portado mal, de lo cual está consciente, por lo que se conforma.

La más dicharachera es Joselín, sin embargo, no accede a platicar en entrevista; el resto de las niñas dice que ella ya es famosa y se ríen. Y es que de manera reciente fue electa por la Secretaría de la Defensa Nacional para ser soldado honorario; considera que no puede ser soldado, pero sí quiere ser piloto aviador.

Emily ya cursa primero de secundaria, sin embargo, acudirá a los festejos del Día del Niño; ella quiere ser chef cuando sea grande.

Un hogar contra la muerte

En Villa Sarita actualmente habitan cinco niñas, todas huérfanas; en el caso especial de las tres hermanas, cuando GAVIH las tuvo en sus manos no tenían tratamiento, no iban a la escuela y tenían cuadros de desnutrición.

Fue hasta que Itzel estuvo muy grave en el hospital general que se dieron cuenta que era portadora. Se dio seguimiento a su caso y se detectó que sus hermanas y la mamá también lo eran, sin embargo, ésta siempre se negó a ser apoyada pues no quería que la tocaran, ni a las menores.

En una oportunidad que tuvo Rosa María Santiago de hablar con ella antes de que muriera, le expresó que se quería morir con ellas y que ojalá se murieran ellas antes.

A decir de la presidenta de GAVIH, antes de las niñas, pensaban que ya no tendrían más portadores en edad temprana, por las constantes campañas de prevención y control, además de que es el tratamiento, ya que forma parte del Seguro Popular, por lo que se puede trabajar con las embarazadas que descubren que son portadoras, para evitar que su bebé nazca igual.

Informó que las menores tienen que acudir cada mes a consulta y cada seis meses deben practicarse estudios para monitorear su carga viral y poder cambiar el esquema, en caso de ser necesario.

Nunca olvidan el juego.

“La única diferencia es que no están con un papá y una mamá físicamente, pero están aquí, con nosotros, que hacemos el rol de papá, mamá, además de guiarlas y de que ellas conozcan que son portadoras de VIH y que eso no es ningún obstáculo para que salgan adelante y tengan una vida como la que tiene cualquier niña; esa es nuestra tarea: estar atrás de ellas para que estén bien, se sientan a gusto y también que cumplan con sus responsabilidades”, expresó.

Dijo que no tienen papá y mamá pero sí un hogar, además de un millón de ángeles que ofrecen su ayuda; muchos hacen aportaciones voluntarias y no quieren dar a conocer su nombre porque lo hacen con el corazón.

Villa Sarita ha atendido a por lo menos 50 menores desde hace más de 20 años; la mayor y primera de ellas ya cumplió 21 años, terminó la preparatoria y logró reintegrarse con su familia, con quien vive en Los Cabos.

Rosa María Santiago Paloalto llamó a la prevención, que es lo que en cualquier esquema resulta más barato, o a vivir con su tratamiento para tener una vida plena; a las mujeres embarazadas, a someterse a tratamientos que pueden evitar que sus bebés nazcan con VIH, y asimismo, a las mujeres portadoras a informarse porque, con tratamiento, pueden tener hijos completamente sanos.

Al finalizar la visita con Bajo Palabra, uno de esos ángeles llegó a Villa Sarita con muñecas. Las niñas se emocionaron y tomaron una con esa alegría que caracteriza a los niños, que les hace disfrutar su vida a pesar del peso que podría significar para un adulto padecer VIH, con esa sonrisa sincera, sin temor. Con paz.