La autoridad real ahora es el crimen y las instituciones su vicariato. El crimen es el nuevo Estado, como nos lo enseñaron en la materia de civismo, población, territorio y gobierno. Lo que se vive en México son escenarios apocalípticos propios de un comic de Marvel; pero sin héroes, pues en cuanto surge alguno, de inmediato es encarcelado bajo una maraña mediática cuya intención es tergiversar la realidad. Estos paladines tienen nombres vulgares, se llaman José Manuel Mireles, Nestora Salgado, Hipólito Mora, Marco Suástegui, Alejandro Solalinde, Las Patronas, padre Goyo (quien usa chaleco antibalas en sus homilías).

No se disfrazan y sus poderes son los de convocatoria, no vuelan por los aires pero tienen capacidad organizativa, carecen de visión de rayo láser pero tienen credibilidad moral, no vienen de otros planetas sino del ámbito rural, y su fuerza es la del estímulo y la solidaridad. También perdieron todo y están indignados. Ellos no enseñan que en este país justicia es resistencia. Ya no es vigente la pregunta desesperada “¿a dónde vamos a parar?”, ese destino incierto está aquí.

Una de las primeras urgencias es admitir los nuevos significados de la distopía, por ejemplo, saber que cuando vemos a la policía en la calle estamos presenciando el brazo formal del crimen organizado, cuando vemos a un presidente municipal o a un gobernador estamos ante el administrador de un espectáculo a gran escala, y cuando vemos al presidente de la República hay que entender que es el primer enemigo de cualquier forma digna de la vida. ¿Quién va a defendernos? ¿Nosotros? ¿Cómo?, si siempre requerimos de un patriarca que nos organice, dote de visión e indique acciones a realizar. Así como lo sintió Cristo en la cruz, a nosotros también nos han abandonado.

El otro día escuché una ocurrencia bizarra: fomentar la ética criminal. Persuadir al crimen para que opere bajo condición de que respete la vida y valores de la gente de bien. La cosa tiene un sentido e ironía redondos. Necesitamos entonces criminales con alto nivel de conciencia humanista, con una buena educación criminal.