Para cuando me detuve a preguntar en la entrada de las canchas de la CROM, de qué era la fiesta que estaba sonando, Giulio ya estaba pidiendo unos tacos de cecina y en grandes pláticas con un taquero del Malecón. La portera del toquín, una chica delgada y con gorra de beisbol, me dijo que la fiesta era por la temporada vacacional; que la entrada era de 50 pesos y las chelas se vendían adentro.

Giulio y yo habíamos dado un par de vueltas por la zona buscando qué cenar, cada quien con una Vicky en la mano. El zócalo estaba lleno de chilangos con niños corriendo delante de ellos, aún en traje de baño y con protector solar en los brazos y en la cara, pero a decir del taquero con el que más tarde hablaríamos, no tan lleno como hace un año.

Cada que hablo con alguien de Acapulco, sobre todo con alguien que ya alcanza los 50 años, no para de suspirar y hablar de los tiempos idos, del dinero ido, de los turistas idos que nunca volverán. El taquero del Malecón es uno de ellos. Cuando le pedí a la chica si dejaba asomarme para ver cómo estaba el ambiente, vi que no había nadie más que el dijei y los tramoyistas. Salí para decirle a Giulio que hiciéramos un poco más de tiempo, pero Giulio ya se había adelantado a cenar tacos de cecina.

—Tal vez mañana que es viernes llega más gente —oí que le decía Giulio al taquero y supuse que estarían hablando de los turistas.

El taquero estaba con su mujer y su hijo de 12 años. Él cocía la carne y ella la tasajeaba y preparaba los tacos. El hijo de 12 bostezaba.

—No’mbre, desde que nos pusimos a vender el sábado pasado decimos lo mismo: “mañana, mañana, mañana llega más gente” y la cosa sigue igual. Hace un año esto ya estaba bien lleno.

Por eso digo que la gente de Acapulco siempre habla del pasado con irremediable nostalgia.

La plática duró lo que duraron los tacos, suficiente para que nos contara que fue clavadista en La Quebrada, allá a mediados de los 80; que su padre también lo fue y que él lo intentó: “quise seguir los pasos de mi padre” no porque le fascinara saltar desde esa roca, sino porque le gustaba el ambiente, las mujeres que se desvivían por ellos y los dólares que para entonces les regalaban los gringos que aún venían.

Una cicatriz le atraviesa toda su cara. Desde el mentón hasta la frente, pasando por su nariz.

—Fue un golpe que me di en el fondo del mar, entre las rocas —dijo cuando se percató de nuestra curiosidad.

En la cancha de la CROM el ambiente no terminó de prenderse y la otra opción fue seguir rumbo a la playa La Angosta en busca de una fiesta bien puesta. Lo que encontramos fue una Costera vacía que nos obligó a volver por nuestros pasos. Giulio pensó en voz alta y dijo que tal vez El Bar del Puerto.

—Tal vez en El Bar de Puerto hay más ambiente —dijo.

En el bar apenas había una mesa con cuatro acapulqueñas que reconocí de inmediato y en la barra los feligreses de siempre. Los fieles.

No había pasado mucho tiempo de haber llegado, cuando un tipo en bermudas y playera negra saludó con aspavientos y en inglés playero a Giulio, y Giulio, amante de hip hop y otras culturas urbanas, le respondió del mismo modo.

—Whats up, man?

—Whats up, man?

Y siguieron así hasta que dos gringos perdidos, un hombre y una mujer, entraron al bar guiados por alguien más. El tipo que hablaba con Giulio, con un inglés bastante fluido, pero de barrio californiano, le dijo dos que tres palabras al estadunidense y éste le respondió del mismo modo.

—Ya ves, ya te traje dos clientes —le dijo el hombre al barman.

—Pero si ellos ya no van a regresar, me acaban de decir que apenas van a hospedarse  —respondió el amigo de Giulio.

El guía salió molesto, mentando madres por la impertinencia de aquél de haber dicho que los gringos no tenían la más mínima intención de regresar.

—¡Pinche bato loco!

Harto de hacer como que les entendía al Giulio y a su brother, sugerí irnos de antro. Sólo para ver, desde luego, si los turistas ya andaban rondando la vida nocturna de los table dance. En eso estábamos, Giulio… por cierto, les presento a Giulio, Petrocco, un colega italiano que busca historias en Acapulco para retratarlas para un libro que hace con otra colega española. Ahora Acapulco también goza de ese turismo, el turismo de los periodistas aventurados que vienen por temporadas largas o cortas para saber más de la violencia que se padece a diario.

Pero decía: en eso estábamos, Giulio se despedía, yo me adelantaba para no oír más el inglés playero de su parna, cuando el iPhone vibró con un mensaje del WhatsApp.

—24/3 23:02pm: Dos mujeres muertas atrás de Aurrera Costera en ataque a un bar... hay cuatro heridos más. En el Majesty —decía el mensaje.

Un minuto después llegó una imagen. Dos chicas en ropa minúscula tiradas entre manchas de sangre. Una boca abajo, la otra a su lado, boca arriba, aún maquillada, toda ensangrentada. Iluminados a media luz, por la luz tenue del antro, tres banquillos vacíos y una barra de azulejo de lo que parece un privado. Las botas de los policías que ya están en el lugar también alcanzan a distinguirse. Un casquillo, o algo que parece serlo, brilla en un rincón con disimulo.

La foto era cierta pero sólo una de las chicas había muerto. Murió otro hombre baleado por otros hombres que entraron al lugar y les dispararon a quemarropa, a eso de las 10:30 de la noche. La otra chica sólo estaba herida junto con otros cuatro más. El antro apagó sus luces y cerró sus puertas. Entonces Giulio me hizo ver que no era la mejor opción irse de tables.

No esa noche.