—Y entonces, vino un malo y que mata a dos padres de familia —cuenta un niño, siete años, casi a gritos, mientras es llevado de la mano por su padre en la calle La Quebrada, centro de Acapulco.

El señor, nervioso, caminando deprisa, lo calla.

—Ssshhhh —atina a decir y lo sigue jalando.

Son las 12:30 del día y otros niños salen de la primaria Ignacio Manuel Altamirano, en la calle José María Iglesias y La Quebrada; salen de a poco, o los pocos que pudieron quedarse antes de que sus padres los sacaran aprisa. Regresan a ver a lo lejos, de reojo, el cuerpo de Miguel Ángel Martínez González, 40 años, padre de alguno de los alumnos de la misma escuela, tirado a media calle con una sábana cubriéndole la cara y parte de la espalda.

Desde donde caminan apenas se ve un bulto tirado a lado de una camioneta Peugeot plata, más bien ajetreada, donde Miguel Ángel con una playera clara y una bermuda gris oscuro, guaraches cafés, venía. Platicaba con otro hombre cuando un carro se le paró enfrente y le disparó en seis ocasiones con una pistola 9 milímetros. Un par de balazos le dieron en la cara. Su acompañante quedó herido del cuello.

Adentro de la escuela se supo que habían matado a dos. Por eso el niño de siete años le venía contando esa versión a su padre.

La cuadra de José María Iglesias y Felicitas V. Jiménez está cerrada con cinta amarilla para guardar el perímetro que los policías ministeriales marcaron ni tan pronto llegaron. Dentro del área, enfrente de donde quedó tirado Miguel Ángel, una tortería sigue atendiendo a dos comensales. Uno de ellos es un policía estatal que llegó con los federales y el Ejército para resguardar el lugar.

El policía come a prisa, traga, casi, la torta que tuvo tiempo de pedir porque los técnicos forenses aún no llegan y no llegarán si no una hora después para hacer las mediciones, las observaciones, las anotaciones que diario, que siempre, que al menos este martes 15 de marzo, en este Acapulco, harán unas tres ocasiones en diferentes lugares antes de que se den las 2:00 de la tarde.

Cerca de allí una mujer madura llora. Llora y se sostiene de dos mujeres más que la miran, que la soban del brazo, de la espalda con la cara descompuesta por no saber que más decir o hacer para calmarla. ¿Qué más decir o qué más hacer ante un deudo cuyo familiar está tirado a media calle con dos disparos en la cara? Más cerca de donde yace Miguel otra mujer joven, sola, llora. Bien pudieran ser madre y esposa, aunque están distantes y no se hablan.

Afuera del perímetro los curiosos que caminan por el lugar miran un poco y se siguen de largo. Una señora molesta, no espantada, no espantada sino molesta en realidad, dice mientras pasa cerca de una policía.

—¿Qué vamos a hacer, qué vamos a hacer? ¿A dónde nos vamos a ir, pero a dónde?

Es un reclamo solitario que todos oyen y nadie responde. La policía no quita su cara endurecida que tiene desde que está en el lugar y tampoco se le ve que quiera dar explicaciones a algo que parece no tener mayor explicación. La mujer sigue andando camino abajo, por la Felicitas V. Jiménez rumbo a la Costera, con su congoja en la boca.

Dos mujeres más platican sobre el asesinato, en realidad elucubran, que si esto, que si lo otro, cerca de donde unos reporteros toman nota. Uno de ellos se anima a pedirle una entrevista a la que parece saber más pero ella de inmediato dice no.

—Noooo, para qué joven. Yo tengo familia en La Zapata y voy seguido para allá. Qué quiere, que quede así como ese muchacho tirado en la calle.

—Es para un canal internacional —le explica el reportero—, ándele.

—No. ¿Pues que no está viendo?

Los forenses se toman todo el tiempo para sus diligencias mientras más niños con sus padres van llegando al lugar. Estarán ahí hasta que destapen a Miguel Ángel, lo suban a la camilla, le hurguen en sus bolsillos, lo acomoden en la camilla con los pies cruzados, las manos metidas bajo la pretina, y hasta que la madre, la mujer que ahora se sabe es la madre, le eche agua bendita antes de que lo suban a la camioneta para llevarlo a hacerle la necropsia.

Si no fuera por la cinta perimetral, los niños escolares y sus padres, y ahora más niños sin sus padres, estuvieran rodeando el cuerpo, cerca, sin miedo, con curiosidad tal vez no infantil, tal vez enferma, enferma de violencia. Tal vez.