A dos días del enfrentamiento entre dos grupos del Frente Unido por la Seguridad y el Desarrollo del Estado de Guerrero (FUSDEG) familiares, amigos así como compañeros de la comunitaria despidieron al que fuera su  coordinador Ignacio Policarpo Rodríguez, “Nacho”, en la funeraria Huerta y después su cuerpo fue llevado al panteón de La Garita donde fue sepultado.

Soplaba viento del sur, la música de viento no deja de tocar en el interior de la capilla de velación donde en una caja de metal, imitación de madera, reposa el cuerpo del comandante Ignacio, mientras un cura le reza para su eterno descanso.

Inusual en un velorio, cuatro mujeres alegran la ocasión con porras a Nacho, dicen que el comandante, en vida, pidió que cuando muriera le tocaran música de viento y realizaran una fiesta y que bailaran.

"A  Nacho no le ladraban las perros, si no las perras", expresó una mujer mientras bailaba al pie del féretro. En la cubierta del ataúd, estaba la foto del comandante erguido, con su uniforme, tomada cerca de la zona de embarque de yates de recreo por el rumbo de Manzanillo.

Los rostros de sus familiares y amigos eran de una mezcla de dolor y rabia. El llanto de su esposa e hijos no cesaba y los aplausos y porras para quien fuera el coordinador de la Policía Comunitaria de la Comunidad de Xolapa se hacían presentes a cada momento.

Le pregunté a un hombre, que si los dos grupos eran del FUSDEG y me dijo que sí, siguen siendo de la misma organización.  Entonces ¿porqué se mataron?. Me mira fijamente a los ojos y después de un silencio me dice que porque “ese grupo de policías del Ocotito se han contaminado” y no dice una palabra más.

Antes de que fuera balaceado, Nacho dejó una carta que una jovencita con mano temblorosa leyó aclarando que esas no eran sus ideas si no las del coordinador y todos la escucharan.

Cerca de las cinco de la tarde, se observa el movimiento de una carroza a las afueras de la funeraria, los demás avisan que ha llegado el momento de la partida y se enfilan hacia el cuerpo para subirlo y trasladarlo al panteón de La Garita.

Al parecer al comandante no le espantaba la muerte y siempre infundió en su gente el valor y el carácter de ser fuerte y mantenerse alegre pese a todo tipo de adversidad. Dejó la carta para que la leyeran, porque sabía que nadie está libre del suceso imprevisto, que le acaece a todos.

Minutos más tarde en medio del tráfico salió la caravana fúnebre, pocos vehículos y un camión urbano llevaron a quienes acompañaron al comandante de la comunitaria a su última morada. En la lápida de otro difundo fue puesto de manera temporal su cuerpo, mientras preparaban su cripta.

En medio del silencio y de un amontonamiento de sepulturas, llegaron sorteando cruces y planchas de cemento; también los músicos, porque la fiesta que pidió Nacho tenía que seguir en tanto no fuera introducido en su gaveta.

Las mismas mujeres pidieron música alegre e inició el baile sobre la cubierta de una tumba. En ese lugar seguían los aplausos y las porras. Algunos vestidos de negros y otros en chores cortos y playeras estaban ahí en la espera de sepultar al comandante Nacho.

Después del sepelio todos salieron del panteón y regresaron a sus casas, con la esperanza de que, como bien dijeron, esperarían justicia para los asesinos de los policías comunitarios  que cayeron en la balacera un día antes de la elección.