México.- No es que le guste serlo. Tampoco es que sea cómplice. Es que no le queda de otra: Gabriel es obligado, una y otra vez, a ser el paramédico de halcones y sicarios heridos en incidentes y batallas del crimen organizado.

Salvar la vida de otra persona es un acto de humanidad. Para él, para Gabriel, es un acto de supervivencia. El crimen organizado lo ha obligado, desde hace dos años, a mantener con vida a los sicarios y halcones que tienen asediadas y vigiladas las comunidades de la Tierra Caliente, al sur del Estado de México.

Gabriel es el nombre que se ha inventado para cuidar su identidad. De hecho, cambia de nombre todo el tiempo, pero los “malandros”, según cuenta, siempre saben dónde encontrarlo. A él y su ambulancia.

Hace algunos meses, uno de los “servicios” le tocó de madrugada. Se trataba de un halcón: “uno de esos que vigila andaba borracho en su moto, con otros cuatro o cinco, niños casi todos”. El chico de la moto se impactó contra una camioneta que conducía una mujer sobre la carretera que va al poblado de Bejucos, en Tejupilco, uno de los municipios colindantes con Guerrero.

“Le llamaron al médico de aquí y me pidió que fuera por el chamaco”. Gabriel y el médico —de quien tampoco se revela el nombre— llegaron al lugar del impacto: los halcones apuntaban a la cabeza de la señora, mientras que Gabriel y el médico subían al joven vigía a la ambulancia.

“Dos chamacos se quedaron con la señora. No supe qué pasó con ella. Otros dos se subieron a la troca, uno le iba diciendo al doctor que lo salvara, el otro se sentó junto a mí, me puso una pistola en la cabeza y me dijo: ‘Písale y ni me veas cabrón’. Incluso en las curvas”.

Gabriel aprendió a manejar hace muchos años: “Con los compas en el juego y en los autos del señor de la tienda: nos pagaba por hacer mandados y nos ibamos en coche, uno blanco, polvoso, que no tenía los asientos de atrás”.

El oficio de paramédico lo aprendió después: “Lo hice por una manda que le tenía que cumplir a mi papá y luego ya me gustó”. Su padre, quien falleció, era albañil y no quería que su hijo hiciera lo mismo. Nunca imaginó que en su oficio habría protocolos nuevos:

“Cuando a uno le enseñan a darle respiración a una persona o a contener sangrados, también le enseñan a preguntar el nombre, la edad y hasta el tipo de sangre. Pero el protocolo no dice que saber esa información le puede costar a uno la vida, ellos (sicarios, vigías) no quieren que sepas nada”.

Tiene muchos recuerdos difíciles: en otra ocasión, recuerda Gabriel, “el traslado era hasta por allá por Michoacán: yo hice los primeros auxilios a dos morros que tenían balazos, luego pasamos por el doctor y me los llevé como siete u ocho horas de camino. Los morros gritaron todo el trayecto, ahí sí ya no supe si vivieron”.

Gabriel cuenta que cuando no se trata de balaceras sino de accidentes, donde se ve involucrado alguien que es de “los contras”, de otro grupo criminal, como aquella señora, el que “la hace la paga”, no importa de dónde sea o si tiene dinero. “Los del grupo se encargan de cobrar a la familia”.

Los criminales pertenecen a diferentes grupos que se disputan el trasiego de droga en la zona: el cártel de Jalisco Nueva Generación, La Nueva Familia Michoacana y células de Los Rojos y Guerreros Unidos.

Como Gabriel, decenas de médicos y personal de salud son víctimas de extorsiones y secuestros en la zona. “El precio de no hacer lo que ellos dicen es muy alto, está de por medio tu familia, saben cuánto ganas, en dónde comes, quiénes son tus amigos y hasta cosas de tu pasado. Es mejor llevarla tranquila con ellos”.

Porque además está el apoyo social: “En los traslados se da uno cuenta que están muy apoyados por la gente de aquí, también piden favores por ellos, porque es un círculo, también los cuidan, y aquí todos sabemos que son ellos los que mandan”.

Gabriel también ha tenido que trasladar insumos y material de curación que ellos exigen en las clínicas. “A veces nada más me dicen: ‘Vete a tal clínica y tal doctor te va a entregar tal cosa’…”. Y sí, los médicos entregan lo que les piden. De ahí también que el desabasto en las clínicas rurales y hospitales del sur sea recurrente. Ya son 36 las clínicas que han cerrado por falta de médicos e insumos.

Gabriel dice que denunciar tampoco serviría de mucho: “Ellos tienen el control y la gente los protege, también porque el gobierno no hace nada”.

Entre sonrisas y nervios, dice que solo pide a Dios que lo cuide y que su camioneta, su ambulancia, le rinda por mucho más tiempo.