México.- La desmesura con la que vivimos la violencia en México se ha convertido un elemento útil para catalogar lo que resulta perturbador para las audiencias del mundo, o tal vez, es exactamente lo contrario: lo que resulta perturbador para las audiencias del mundo es un catalizador para medir la desmesura de la violencia en México.

Es oportuno el oxímoron cuando la tercera temporada de la serie Gomorra corre por las pantallas y la crítica no deja de catalogarla como “perturbadora” y “extremadamente violenta y cruda”, pero para una mexicana promedio como yo, no es más que la recreación de estereotipos.

Los mexicanos tenemos la piel gruesa y un estómago resistente forjado en años de convivir cara a cara con la violencia; para sobrevivir sólo nos queda neutralizar el miedo, racionalizar la violencia, sacudirnos la frustración y seguir adelante.

Este barroco proceso nos ha transformado desde las entrañas y, en el proceso, también ha modificado la manera como nos relacionarnos con el mundo, convirtiéndonos en ciudadanos atípicos, debido a que nuestra precepción de lo perturbador y lo violento ha sido trastocada. Tal vez por eso me propuse conocer las andanzas de la mafia en Nápoles a través de sus argumentos, porque el desafío más grande de una historia de mafiosos siempre será justificar sus delitos.

A la serie italiana Gomorra le rodea un halo de espectacularidad digno de una novela. El escritor Roberto Saviano, creador del libro que provocó esta serie y antes una película, vive en las sombras y bajo protección policial debido a que fue amenazado de muerte tras la publicación de la novela, en la cual publicó nombres y apellidos, delitos, lugares y detalles exactos sobre las operaciones clandestinas de la mafia napolitana, mejor conocida como la Camorra. También ha sido acusado de plagio en varias ocasiones.

Los alcaldes de Giugliano, Acerra y Afragola, tres ciudades a las afueras de Nápoles, han prohibido el rodaje de la serie y amenazado con acciones legales si se usan los planos grabados con anterioridad, en un intento de desmarcar sus distritos como territorio de pandillas; mientras el escenario principal, el barrio napolitano de La Scampia, impedido de la prohibición por obligaciones contractuales, ha limitado las zonas de rodaje argumentando que la serie ha sido ofensiva con los ciudadanos y con el Estado, al proyectar la idea de que sus habitantes simpatizan con la mafia y las autoridades no combaten al crimen organizado.

Y tal vez no están del todo equivocados. A Gomorra le ha faltado desde su concepción la antítesis, parte fundamental de la narrativa donde los polos se contrastan, se contradicen, se desafían y se obligan a evolucionar.

La serie adolece de esta estructura, por lo que no vemos representada a la sociedad, a las autoridades ni a las víctimas de la violencia, si acaso de manera aislada en un par de eventos de menor envergadura, lo cual, de entrada, resta puntos a su honestidad: la sociedad es parte fundamental de la cosmogonía de la mafia.

Los protagonistas son parte de una guerra tribal por el territorio, lo cual se reduce a un par de familias mafiosas pelando por el control de distribución de droga en el mismo barrio, durante tres temporadas. Si acaso el director Stefano Sollima asume la máxima de “Para ser universal hay que ser específico”, tal vez abusó del contexto.

A pesar de sus limitaciones, la primera temporada es bastante buena, el argumento antes descrito es más que suficiente para crear fenomenales picos de tensión, el conflicto obliga a los personajes a brutales reacciones y su consecuente transformación, provocando un ritmo vigoroso mientras acometen una larga serie de ilícitos adicionales al asesinato, en medio de una ambientación hiperrealista y una notable estética, deliberadamente sucia y siempre verde, logrando varios capítulos destacados, donde el gusto napolitano sobresale como un personaje de carácter que enriquece las escenas con su grandilocuencia kitsch.

La primera temporada de Gomorra vale la pena por el golpe de originalidad y por su inopinada propuesta visual.

La segunda temporada pretende heredar la buena estrella de su antecesora, pero no lo consigue básicamente porque no asumió el desafío de renovarse. La escueta premisa que apenas alcanzó para una temporada, llega agotada en un deficiente esquema narrativo, sin contrastes ni atenuantes, que, por añadidura, cortó su efecto dramático tras la temprana muerte de su antagonista; a partir de ahí, los capítulos caen bajo el peso de una trama de andar lento y salpicada de farragosos detalles que no suman a la historia.

Los personajes son traicioneros y despiadados a golpe de capricho, les hacen falta argumentos que expliquen la violencia, la deslealtad, la ira, pero al parecer, la hipérbole de la virilidad es la única respuesta, por lo que quedan a merced del estereotipo.  Las mujeres son de pobre confección, desleídas y sin peso, se limitan a ir y venir sin mucha gracia, porque el mundo femenino y sus sutilezas no tienen el interés de una producción que rezuma testosterona.

Pero no sólo las mujeres van y vienen, todos los personajes andan largos trayectos a cuadro, una y otra vez, para ir y volver a los mismos escenarios, desde los mismos lugares, en la misma ciudad; el periplo como metáfora del extravío. El argumento está limitado a su ensimismamiento, los personajes tienen casi el mismo registro y son predecibles cuando no pecan de ambivalencia, el final se adivina pronto, las locaciones son intencionalmente sórdidas y los diálogos pecan de ambigüedad; lo que antes fue una estética transgresora, en esta temporada es floritura, abusa tanto de los filtros verdes que pareciera que su único objetivo es hacernos creer que el ombligo del mundo está en las entrañas de un limón.

A pesar de que el éxito ha sonreído a Sollima, ya entregó la segunda temporada de Suburra a Netflix y está a pocos días de dirigir la secuela de Sicario en Hollywood, el fracaso de Gomorra se antoja inevitable. Los personajes lo han perdido todo y aunque han probado mundo, en la tercera temporada regresan a Nápoles a hacer exactamente lo mismo: a tomar control del reino.

A la producción parece no importarle que el maquillaje y la falta de afeite no basten para quebrar a un personaje. Una nueva generación se deja liderar por aquellos que han vuelto imponiendo sus tambores de guerra, sin embargo, la tesis de que, debido a sus limitaciones sociales y a temas de heredad, la juventud napolitana no tiene más remedio que entregarse a los asuntos de la mafia, es un argumento tan pobre que ni siquiera en México o Colombia, protagonistas del tercer mundo y reyes de los verdaderos emporios de la droga, ha servido para justificar ninguna obra de ficción de envergadura.

El odio, la ambición o el resentimiento en estado puro son pasiones shakesperianas con las que quieren encender una historia hueca y veleidosa que a falta de estructura ha usado la violencia como eje rector, banalizándola en el intento. No, la Camorra de Saviano no es ni tan original ni tan siniestra como su ambición. Lo escribo como alguien cuyo nombre es número en la estadística de terror en el país más violento del mundo.

A Gomorra la crudeza le viene del estilo y lo violento de una pretensión sin amagues, pero planea muy por debajo de series criminales tan arbitrarias como True Detective, Fargo o Peaky Blinders, pero que nos han enseñado que los misterios que valen la pena dan rodeos, siguen rutas desconocidas para llevarnos a sus franjas más oscuras y conciben con sutileza a sus híbridas criaturas.