México.- Tiene razón el presidente Andrés Manuel López Obrador cuando dice que la corrupción debe ser incluida en el catálogo de las patologías mentales, y para su corrección se requiere terapia cognitivo-conductual porque no se quita por solo cambiar de partido.

La corrupción es una conducta socialmente retorcida, condicionada por las emociones primarias de sobrevivencia y bienestar. Es decir, el corrupto es como una ameba que sólo vive para su autosatisfacción, todo lo demás que está a su alrededor es importante solo en la medida que le sirve para sobrevivir. Hablando en el nivel de organismos primarios.

Ahora hablemos de la clase política de Guerrero. López Obrador dice que mentir, robar y traicionar, son los efectos básicos de la corrupción. Si seguimos esa proposición, pensaríamos que es cierto decir que todo aquel individuo que intencionalmente manipula, desvía, modifica para su autosatisfacción, la causalidad que imponen los hechos, en tiempo, modo y circunstancias, sería un corrupto y un mentiroso.

Ahora bien, de este ‘marco conceptual’ quedarían exentos los imbéciles, y los retrasados mentales, porque no son seres plenamente conscientes, dada su incapacidad de entender, razonar y comprender correctamente el mundo fáctico. No pueden decodificar asertiva y de manera eficiente la realidad contingente. El mundo lo perciben y recepcionan de forma alterada desde sus propios trastornos: odios, resentimientos, frustraciones, asociaciones, mala autoestima, etc., que se instalan finalmente como negación, no aceptación, no reconocimiento y el cambio verdadero nunca ocurre.

Entonces, aterrizando, entre los personajes políticos de Guerrero hay varios que corresponden in extenso con la categoría de imbéciles potenciales, que no es lo mismo que potenciales imbéciles.

El imbécil potencial no es un retrasado, incluso puede ser alguien considerado inteligente, pero es el que de manera protoconsciente, motivado por conflictos emocionales primarios sin resolver que incluyen el odio, la venganza, los prejuicios, los resentimiento, entre un catálogo más grande, se shockea, no acepta explicaciones y jamás sabe cuándo terminar un conflicto, ante cada intento de resolución, siempre hallará un nuevo motivo en su memoria para mantener la posición de negación. La única satisfacción es la autosatisfacción de un estado mental que, aunque se acepte que no agrada, se alimenta.

Este es el caso de un diputado federal de Morena en Guerrero, de cuyo nombre no vale la pena acordarse, pero quienes siguen esta película ya saben quién es. Sucede que este personaje se aliena muy feo, pues cree que la forma en que percibe la realidad desde su muy particular y alterada consciencia, es como todo mundo debe percibirla.

Supone este señor que si alguien comparte o le da me gusta a una opinión periodística, ese alguien es responsable de esa opinión y el objeto de sus ataques y frustraciones. Este individuo debe aprender a distinguir lo que es la opinión periodística de un medio y otra cosa es quien la comparte o le da me gusta, a menos que, con todo el dolo del mundo, como lo hizo, retuerza el mensaje y pretenda acreditárselo a otro.

El hecho viene a colación por un artículo que publiqué hace unos días donde desde mi particular punto de vista, refiero que “los ataques a Pablo Amílcar Sandoval Ballesteros confirman lo que para todos es obvio, que es la persona por la que AMLO optaría para suceder al gobernador priista  Héctor Astudillo en Guerrero. Las razones de por qué haría esto el presidente no son muchas pero son obvias: es el tipo que tiene la imagen política más pulcra, tiene un historial de vida decente, y no se le asocia a ningún acto de corrupción o deshonesto. En resumen: da confianza, eso lo pone a kilómetros de los vulgarcitos de siempre que también buscan ese encargo”.

Esta opinión fue compartida por muchas personas y rechazada por otras, así debe ser. Pero lo que desató el enojo de este caballero fue que el cuñado de Pablo Amílcar, John Ackerman lo compartiera, algo bastante obvio. Entonces el diputado de Chilpancingo, grabó un video para lanzar anatemas y demás vómitos tóxicos contra Pablo Amílcar, al que de verdad odia, y llegó al extremo de responsabilizar de mi opinión a don Ackerman.

En su video, bastante anodino, este diputado dice que para él es un “timbre de orgullo” coincidir con López Obrador sobre la denuncia que presentó contra el delegado en Guerrero Pablo Amílcar Sandoval, derivado de viejas rencillas que tiene contra el delegado desde que fue desplazado por Sandoval y no pudo ser candidato a gobernador en 2015.

Según entendió, este diputado, o al menos, así lo quiso interpretar, dice que el presidente habló específicamente de su denuncia y dijo que no se va a solapar a quienes usen programas sociales con fines electorales, dando por hecho que se refería a Sandoval Ballesteros, y dando por hecho, de manera adelantada, que el delegado es culpable, sin embargo, el presidente habló en lo general, no en lo particular. Textualmente dijo:

Presidente: “Lo que debe de tenerse en cuenta es que vienen elecciones, no hay que dejar de considerar ese factor, porque no es tampoco raro que sea del mismo partido el servidor público que lo esté denunciando, porque también al interior de cada partido hay diferencias y competencia.

“Entonces, ahora ahí van a ver muchas denuncias de ese tipo, hay que nada más cuidar que se apeguen a la verdad, que sean reales, que no se politice. Es muy difícil el que no se politice, porque en cualquier país del mundo, en los países que se considera están más avanzados en los temas de la política y de la democracia es lo mismo, o sea, se hacen acusaciones y se calientan los ánimos, se encienden las pasiones, en todos lados es así. Entonces, hay nada más que cuidar”.

El diputado federal que acusa y dice coincidir con AMLO, es el mismo que esta semana votó en contra de los cuatro nuevos consejeros del INE, y en contra de la disposición de su mismo partido. Ahí no coincidió con López Obrador, no hubo “timbre de orgullo”, aunque el presidente sí celebró esa votación.

Entonces, en su video anodino, dice que no tiene “sentimientos malsanos” contra Pablo Amílcar, que sólo tiene elementos de prueba para acusar, pero no duda en calificarlo de oportunista, corrupto, y otros adjetivos tóxicos y difamantes.

También acusa a Bajo Palabra al afirmar que “se han venido contra mí por defender la democracia, por ser congruente con la 4 transformación”. “El medio es Bajo Palabra, este medio se me lanzó con todo en una nota”, asegura.

Y lo más loco, es que pide, visiblemente afectado, que Ackerman le conteste “sobre una publicación que cita e invita a leer”. Como si no tuviera el derecho a leer, compartir, estar de acuerdo en desacuerdo con la opinión de otros.

Dice textual: “Entonces el señor Ackerman publica, jala el link de esta nota, aquí está el link, tengo impresa su publicación, ya le mande una pregunta por redes”.

El diputado exige que Ackerman le explique “por qué esto aparece en su red social de Facebook”, y por qué “invita a leer la nota que va con todo contra mí, por la denuncia en contra de un mal servidor público”. Es decir, este afectado personaje da por hecho que una simple denuncia difamatoria ya es una sentencia, y estigmatiza al delegado federal de “mal servidor público”, vulnerando su dignidad. Además su exigencia a Ackerman es absurda, pirada, pues él no escribió el texto.

Luego, también se queja de que en el artículo de opinión se menciona a “los vulgarcitos de siempre”, un adjetivo que gustosamente se apropia: “Eso de vulgarcitos me lo dice a mí”.

Fuera de sí, el diputado no duda en atribuirle mi opinión a Ackerman, y dice: “Atención a lo que dice John Ackerman”, y lee la parte que ya cité antes, que es el inicio del artículo. Y pide a Ackerman “que explique el contenido de esta publicación”, acreditándole retorcidamente la factura de un texto ajeno.

Entonces, aterrizando, entre los personajes políticos de Guerrero hay varios que corresponden en amplio sentido con la categoría de imbéciles potenciales, que no es lo mismo que potenciales imbéciles.

El odio y rencor inocultable de este diputado federal contra Pablo Amílcar lo lleva a retorcer los hechos y a mentir. En su alocada neurosis, busca arruinar la trayectoria de honestidad e integridad de Pablo Sandoval y la confianza que en él ha depositado el presidente López Obrador.

Nadie duda que el celo democrático de este amable caballero pudiera ser real, pues dice que lucha porque nadie use los programas sociales con fines electorales, pero la pregunta es ¿por qué lo hace con tanto odio contra Pablo Amílcar, acaso no también la presidenta de Acapulco, Adela Román se toma fotos entregando obras y despensas, recibiendo camionadas de huevo que sospechosamente le donan empresarios, y anuncia que buscará la candidatura del gobierno del estado usando su investidura?, ¿acaso no  lo hace también el gobernador?, Pero bueno, bueno, ninguno de los dos le quitó la candidatura en 2016, y ahora piensa que llegó el momento de cobrar venganza.

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