Chilpancingo, Guerrero.- Originario de Atoyac de Álvarez en la Costa Grande, Guibaldo Santiago llegó a Chilpancingo hace más de 25 años en busca de mejores condiciones de vida. En la capital trabajó vendiendo libros. Recorrió escuelas, oficinas públicas y colonias ofreciendo los textos.

Luego de varios años, con la venta de los libros compró un terreno y construyó una pequeña casa de madera en la que aún vive junto a su esposa y sus hijos.

Después del 2000, con el acceso al internet, las cosas cambiaron y la venta de los libros bajaron. Los textos comenzaron a ser consultados por computadoras. En 2013 ya no vendió ningún libro. Sin dinero y con sus hijos cursando la primeria buscó otras fuentes de ingreso.

Ante la “necesidad de buscar cómo llevar dinero a la casa” decidió hacer aretes con la semilla del árbol de jojoba que tenía en el patio de su casa. Elaboró un decena de pares de aretes con las pequeñas semillas negras y regresó a la escuela donde estudiaban sus hijos y años atrás había vendido libros.

“No tomé ningún curso para hacer los aretes, lo que me enseñó fue la necesidad. Vendía libros, pero llegó el internet, nos empezó hacer competencia en los libros, las ventas bajaron, empezamos a tener necesidades de dinero, porque la venta de los libros ya no daba”, recordó.

A las maestras y madres de familia que antes les vendió libros le gustaron los aretes de jojoba y decidió hacer más. Regresó a las oficinas y escuelas a buscar los clientes que antes le habían comprado enciclopedias y libros, para ofrecerle los aretes de semillas.

“Vendía libros de estilismo y regrese a buscar a las estilistas a ofrecerlos los aretes, fui a los oficinas, a las escuelas y les decía a mis clientes que ya no vendía libros, pero había emprendido otra actividad. Les gustó lo que hacía y comenzaron a comprarme”, recordó.

A cinco años de haber iniciado la venta de aretes y, ante la necesidad de hacer cosas nuevas, renovarse para seguir en el gusto de los clientes, Guibaldo Santiago buscó otras opciones, por lo que actualmente utiliza más de 40 semillas para hacer pulseras, aretes, rosarios y llaveros.

Lo más nuevo son las pulseras y collares de grano de café, las pulseras personalizadas de concha de coco y anillos de coacoyul.

Además, elabora aretes con semilla de ilama, jacaranda, tabachín, gotas de lluvia (semilla de un pastizal), jojoba conocida también como bolinche o jaboncillo, jacarandas, frijolillos, parota. Algunas las recoge en  la periferia de la ciudad. Todo lo realiza a mano, el precio va desde los 25 pesos.

“Me dicen que consulte en internet nuevos modelos, pero no, me resisto, porque lo que hay en internet es algo que ya está hecho, y lo que yo trato de hacer son cosas nuevas”, comentó.

En sus inicios, en busca de clientes, recorrió tianguis y se instaló en parques y avenidas de la ciudad todos los días. Actualmente se instala en dos sitios, el parque Unidos por Guerrero y afuera del mercado de San Francisco.

“Me da gusto ver que la gente pasa y me muestre la pulsera y los aretes, siento satisfacción y me dan ganas de seguir haciéndolo como el primer día”, dice.

El último trabajo que hizo para un cliente fue dos pulseras personalizadas de coco y granos de café para unos hermanos que fueron enviados hasta Italia, contó.