México.- En la historia reciente, México ha atravesado por momentos de emergencia, sean ocasionados por desastres naturales o provocados por la actividad humana, que son recordados por su magnitud y la muerte que han dejado a su alrededor.

En 1979, un derrame de petróleo en la sonda de Campeche puso a prueba la capacidad de reacción de los técnicos de Petróleos Mexicanos.

En Chiapas, el 3 de abril de 1982 el volcán Chichonal, que registraba actividad desde una semana antes, produjo una erupción que sepultó bajo cenizas y lava a miles de personas. Nunca se supo cuántas vidas cobró. Las crónicas de la época retratan a gente desesperada tratando de escapar, muchos sin éxito, entre el lodo de una laguna artificial que se formó, y la sierra montañosa.

En San Juan Ixhuatepec, Tlalnepantla, estado de México, el 19 de noviembre de 1984, por más de una hora se sucedieron una serie de explosiones en una planta de almacenamiento y distribución de gas LP.

Alrededor de medio millar de muertos asfixiados o carbonizados por el gas propano fue el saldo de esa tragedia, y dos mil personas resultaron con quemaduras.

Pero fueron los sismos del 19 de septiembre de 1985, en la capital de la República los que pusieron en evidencia la necesidad de una cultura de la prevención, así como la urgencia de coordinación por parte de las autoridades para mitigar las afectaciones en caso de emergencia. Al año siguiente, se sentaron las bases del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc), organismo rector de los esfuerzos en la materia por parte de los tres órdenes de gobierno.

Sin embargo, aún con la puesta en marcha del Sistema, no se ha logrado erradicar los estragos. Como muestra de ello se puede mencionar los daños provocados por el Huracán Gilberto en 1988.

Otro caso emblemático lo constituye el del 22 de abril de 1992 en Guadalajara. La víspera, vecinos del Sector Reforma alertaron de un fuerte olor a gasolina proveniente de las coladeras, y aunque trabajadores de Pemex habían detectado puntos con un cien por ciento de riesgo de explosividad, no hubo autoridad capaz de evacuar la zona y evitar una tragedia.

La explosión que sobrevendría dejó en la ciudad una cicatriz de 12 kilómetros de calles destruidas y una cifra de alrededor de 800 muertos, de la cual ninguna autoridad se hizo responsable.

El 19 de septiembre de 2017, un nuevo sismo sacudió la Ciudad de México, y se reeditaron las imágenes de edificios desplomados, cableados eléctricos caídos, fugas de gas sin control, la sociedad volvió a tomar en sus manos la situación espontáneamente.

A un par de años de distancia, cabe reflexionar si en materia de Protección Civil se ha avanzado lo suficiente y si se han aprendido las dolorosas lecciones.