Bertoldo Martínez Cruz es un luchador social de Guerrero, compartió encarcelamiento con Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, en Puente Grande, Jalisco, el penal de máxima seguridad de donde se fugó la primera vez el capo. De esa convivencia, en la que se trataban con respeto, de “Don Bertoldo, Don Joaquín”, habló Martínez Cruz para Bajopalabra.mx

La segunda fuga del Chapo Guzmán ahora del penal del Altiplano, del que han surgido muchas dudas, es el pretexto de la entrevista con Bertoldo Martínez Cruz, un médico que fue encarcelado por su lucha social en el Penal de Puente Grande, ahí donde estaba encarcelado también el hombre más buscado de México.

“Desde que se escapó la primera vez, nunca voy a creer que fue y es sin ayuda exterior”, dice Martínez Cruz. Añade que “nunca podría hablar mal de Joaquín porque conmigo se portó bien; pero es imposible escaparse de un Cefereso (Centro Federal de Readaptación Social), porque hay circuito cerrado; uno tiene que andar con un custodio pegado, hay cámaras en todos los lugares para tener vigilancia las 24 horas del día; no estuve en conductas especiales donde se supone que estaba ahorita Joaquín. Pero si en todo el Cefereso hay vigilancia constante, es decir, el custodio está enfrente de uno. Una orinada, una escupida, si alguien se sentó en el baño a leer, todo ese informe es diario. No puede ser que alguien se desaparezca ni un minuto”, cuenta de su experiencia en Puente Grande.

Recuerda que fue privado de su libertad en Acapulco y trasladado a la cárcel de máxima seguridad ubicada en Jalisco, y ahí fue donde conoció al capo más poderoso de México.

“Nos hablábamos de don Joaquín, don Bertoldo. Lo describo como una persona muy solidaria y humanitaria. Tuve la oportunidad de dialogar en el año que estuvimos juntos en el módulo 3 del Cefereso”.

Recuerda que en su traslado fue torturado; ya en el penal, lo enviaron al Centro de Observación y Clasificación, en donde los ubican por su peligrosidad. “Cuando llego al módulo 3, Joaquín llega conmigo a mi celda, se me queda viendo y me dice: '¿Qué, muchos huevos?' Dije entre mí: '¿Más bronca? Tiene dos semanas que me acababan de torturar y ¿más bronca?', pero no sabía de quien se trataba”

-- ¿Cuántos guachos mataste en Guerrero? - me dijo

-- Si no le dije a los guachos que me estaban matando, menos te voy a decir - le respondí

-- Ya me estas gustando - me contestó. - ¿Cómo te llamas?

-- Bertoldo Martínez y ¿usted?

-- Joaquín Guzmán Loera

-- Ah, ya te he visto en la prensa.

-- ¿No hay mota en Guerrero? Porque ya quiero salir a trabajar, he gastado mucho en mi defensa.

-- ¿Cuánto te has gastado?

-- Tres millones.

"Ya no supe si de dólares o pesos porque ahí terminó la conversación la primera vez que hablamos", explica.

Bertoldo Martínez Cruz recuerda que en su convivencia pudo percatarse de los privilegios que tenía El Chapo Guzmán, como el uso de teléfono celular, que en aquel entonces no eran tan populares como ahora. El ingreso de los periódicos para que los leyera, además de que era un preso que gustaba de leer libros. Pero también el trato afectuoso y solidario que mostraba con los demás reos. “Era muy listo”, subraya.

El Chapo y yo jugábamos basquetbol, ajedrez y dominó, estábamos en el mismo módulo, y era respetuoso con nosotros. Nunca se le conoció hábito de prepotencia. Cuando habla la prensa de Joaquín que si tenía privilegios, claro que los tenía, y eran dos cosas, un celular, pero estoy hablando de un celular hace más de 15 años, cuando los celulares apenas empezaban a salir; y otra, la prensa y periódicos siempre los tenía a la mano, La Jornada y Proceso entraban diario. Era un privilegio ya que ninguna aguja entraba”.

“Lo describiría como un personaje muy listo, cuando veía a alguien triste, en los clásicos carcelazos, que así se les llama, se le acercaba y le decía '¿tienes problemas?' Y pues generalmente los presos tienen problemas familiares o económicos. Les decía 'si quieres que venga tu familia a verte, yo le pago los gastos para que vengan'”.

Añade: “El Chapo era respetado y querido por la población carcelaria y era muy respetuoso, defendía a los presos. Todo el tiempo se le veía leyendo, dentro del Cefereso de Puente Grande nos llevaban a la escuela a huevo, por decir, a mí me llevaron a la primaria, yo les decía que era doctor y me decían que esa educación no me había servido”.

Agrega: "los lunes nos daban a escoger cuatro libros, y cada preso tenía uno en su celda, yo generalmente leía uno también, pero Joaquín leía diario, era muy intelectual”.