Chilpancingo, Guerrero.- Viéndole detenidamente, bien podría pasar por un rockstar retirado que, después de una vida llena de excesos, dinero y mujeres, todo se le ha escapado de entre las manos, todo, quizá hasta su vida.

Por azares del destino terminó en una ciudad pequeña como lo es la histórica capital guerrerense, llena de carencias, en crecimiento potencial y que tiene la fama de ser una ciudad pozolera y mezcalera.

Su nombre es Jacinto. Un hombre de baja estatura, inexpresivo, con greñas grises y tiesas por la mugre que se le ha acumulado con el paso de los años.

No hace más que caminar y caminar. No le preocupa que su hijo atraviesa la tan difícil pubertad, ni mucho menos arreglar las cosas con su esposa, que se pusieron mal después de una discusión por no haber dicho sí a un viaje a la Basílica de Guadalupe el próximo fin de semana.

Quienes lo han observado durante el ir y venir de la agitada vida en la ciudad, no sabían su nombre hasta ahora y al mirarle pensaron que en la ciudad aumentaba la proliferación de la demencia, aunque de hecho fuera más bien la indigencia.

Dan las siete de la mañana cuando se le ve por primera vez. Adorna una escena peculiar en Chilpancingo, aunque las prisas hacen que pase desapercibido y sea un elemento más de una escenografía que nadie percibe.

Como a eso de las siete de la mañana, siempre está de pie sobre una banqueta cercana al mercado central, detrás, sobre su cabeza canosa, se ven unas letras negras que dicen ‘INSURGENTES N. 22’. Probablemente tenga unos 60 años o quizá sea más joven, o puede ser que la ropa que eligió para este día le aumente algunos años de más.

Por unos segundos, los pasajeros del transporta público, con los ojos soñolientos porque aún no entran completamente a la realidad matinal, pueden observarlo. Permanece de pie frente a una ferretería bien iluminada que se encuentra a escasos metros del edificio de Santander. Está inmóvil como si fuera una figura de cera o cómo imitando al letrero metálico que está a su derecha y que señala una parada de combis.

Lo más visible de su atuendo y que llama la atención, es una gorra que tanto puede utilizar un lunes como un sábado, y que, aunque es roja, no tiene nada que ver con el PRI.

Sus tenis Nike blancos, esperan la señal para ponerse en marcha mientras el hombre con las manos metidas en el interior de los bolsillos de la chamarra, únicamente se aferra a mantener en su memoria esa mañana fría.

Nadie conoce a Jacinto, como su perro El Negro, que durante el día desaparece en busca de alguna perra que cortejar. Mientras camina al lado de Jacinto y tras olfatear salgo, de pronto, se esfuma.

El trabajo del día es recolectar sobras de basura. Ambos buscan en los contenedores, en bolsas abandonadas en la vía pública, o botes de bebidas que las personas dejan sobre el techado de los teléfonos públicos.

Por uno minutos, El Negro se gana el odio de su dueño, cuando este se adelanta y le gana los restos de un tamal herido, el cual, devora prácticamente sin masticar.

Minutos después, otro perro se suma a aquellos dos, y es recibido por Jacinto con caricias y palmadas. Es de color blanco mugriento.

El día para los tres termina en una de los jardineras de la central de autobuses. Simulando el Yin y Yang, los dos perros se echan sobre la tierra, mientras que su dueño sólo se sienta como si estuviera esperando a un familiar proveniente de Acapulco.

Primero se pasa las manos sobre la cabeza para peinarse, después se frota las manos como si se hubiera aplicado gel antibacterial.

Llegó a este lugar sin nada y se irá sin nada, sin un techo dónde dormir, sin comida caliente y sin un abrigo para el frío de diciembre.

Tiene la mirada perdida como su vida y la cara maltratada por no encontrarla.

Jacinto es un nombre inventado, nadie sabe quién es él.