El 27 de mayo de 1970, cuando el poeta José Carlos Becerra murió en Brindisi, Italia, tenía 34 años. Eso ya lo sabemos. Que no supiera manejar, quizás no o muy poco.

11259137_10205248253579634_813203807_oConducía entre rectas y curvas por estas carreteras italianas, justamente en el talón del mapa romano. Si uno ve la geografía y sabe con exactitud que se parece a una bota, sólo hay que mirar el talón para encontrar Brindisi, la ciudad en la que Becerra perdió el control del automóvil en plena primavera y abandonó sus manuscritos para la eternidad. Fue como un taconazo si hablamos de fútbol.

—No manejaba bien —dijo Jorge Priego, escritor que conoció al autor de Oscura palabra (1965)

Seis días antes había dejadola vida simbólica de los 33 años. Los 34 le llegaron a  en su viaje de estudios por Europa que inició en noviembre de 1969, en Londres.

Antes del accidente carretero, Becerra era un vate que despegaba en su camino literario. En 1967, el poeta Octavio Paz le envió una carta que firmó en la India en donde le decía: “usted es un poeta indudable, cierto”. Tres años previos a su muerte, Paz sentenció en su misiva del 30 de abril: “La corona de hierro (Relación de los hechos) es un libro espléndido ¡Su primer libro! Pienso con vergüenza en las primeras cosas que yo escribí”

¿Cuál sería el último pensamiento de José Carlos Becerra al conducir el automóvil en Brindisi? ¿Pensaría en sus poemas inéditos que serían encontrados luego en la parte posterior del vehículo? ¿En sus hermanas? ¿En Tabasco?

Becerra quiso viajar más allá que su maestro Carlos Pellicer. El joven Pellicer transitó por Centro y Sudamérica, navegó para catapultar su vida y la poesía. Becerra, una vez que cruzó el charco, desde Nueva York, estuvo también en España y Alemania.

En la nota biográfica que agregan José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid -en el libro final El otoño recorre las islas- se relata a manera de crónica:

En marzo (1970) inició su viaje por el continente. En Alemania adquirió un Volkswagen de segunda mano con la puerta del conductor en malas condiciones. Becerra cumplió su propósito de visitar Italia. Pasó algunos días en Florencia y en Roma; salió de Nápoles para atravesar la península y tomar en Brindisi el transbordador que lo llevaría a Grecia… La última luz que vieron sus ojos fue el brillo del Adriático al amanecer, el Estrecho de Otranto resplandeciente al dar vuelta a una curva.

11257618_10205248253539633_1777592958_nBrindisi, con llanos y a orilla del mar Adriático, está en la región de Apulia, al sur de Italia, en Puglia.  Justo allí, el poeta y arquitecto mexicano cerró su ciclo, y se abriría otro: el del gran poeta tabasqueño que se anticipó a su tiempo.

En la literatura anglosajona, si el poeta y escritor muere en su plenitud, y si éste tuvo una vida polémica, se garantiza el éxito editorial. Algo así pasó -en la primera década del siglo XXI- con el chileno Roberto Bolaño, sin quitarle sus méritos.

Becerra no necesitó de esta estrategia comercial. Sin embargo, su selección poética y narrativa -que incluye Junto a un tulipán- “El otoño recorre las islas” ya ajustó su sexta reimpresión en la editorial ERA en los últimos 40 años

—Me tocó estar en su velorio y fue una gran pérdida —recordó Priego en 2014 a 44 años de su partida.

En 1969, meses más tarde de la matanza de estudiantes en México, Becerra escribió el poema Batman. Entre otros fragmentos dice:

Recomenzando, pues, el mismo discurso, recomenzando la misma conjetura, el Clásico desperfecto en mitad de la carretera, el Divinal automóvil  con las llantas ponchadas entorpeciendo el tráfico de las lágrimas y de los muertos, que transitan Clásicamente en sentidos contrarios.

El fallecimiento de Becerra trascendería un día después y por un cable que se publicó en el diario Excélsior. El titular decía: “Al volcar su auto, murió en Italia un Arq., mexicano”

La agencia ANSA  comunicó así el accidente ocurrido en las cercanías de San Vito de los Normandos:

Becerra  -que conducía un automóvil placas 428-Z-91927- tomó una curva a alta velocidad en la carretera estatal número 16 y perdió el control del vehículo. Después de estrellarse y romper el muro de protección, el vehículo cayó en una barranca. El cuerpo del arquitecto fue llevado a la capilla del cementerio de Brindisi.

El cable estaba firmado el 28 de mayo, pero su muerte había ocurrido el 27, y transcendido en México hasta el 29.

De acuerdo con los reseñistas de El otoño recorre las islas, de no ser por la publicación de Excélsior, Becerra habría sido sepultado en una fosa común de Brindisi y sus pertenencias rematadas al mejor postor

Un último cable de ANSA en Excélsior dio quizás los últimos datos y descripciones del suceso: que Becerra manejaba a “alta velocidad”, que salió de la carretera “cercana a un puente ferroviario”, que el automóvil era un Volkswagen 1500, que perdió el control, que desbandó y que se dio vuelta cayendo a una “profunda cuneta” y que murió en el instante por “fractura de la base del cráneo”.

En el automóvil también encontraron dinero en efectivo, cheques y poemas, en una Brindisi -de 328 km2- desconocida para Becerra y en la que vivían unos 50 mil habitantes. Hoy ya son 89 mil.

11221128_10205248253779639_390102432_oEl Volkswagen 1500 que compró Becerra para la travesía europea, se estima, tenía una antigüedad de 9 años. Ya estaba muy usado el día en que el poeta metió la llave e hizo sus primeras maniobras. El auto sólo tenía dos puertas, un motor de 1.5 litros y una zona ampliade equipaje que algunos llamaban, en los años sesenta, portafolio. Probablemente el precio pero más el espacio trasero, acaparó la atención del poeta para convencerse de la compra. Al morir y revisar sus pertenencias en el vehículo, hallaron los poemas escritos a mano que después incluirían en El otoño recorre las islas.

Si Becerra hubiera manejado el Volkswagen 1500 en su natal Villahermosa, Tabasco, seguramente sólo habría chocado con el malecón de la ciudad -frente al río Grijalva- y con unas cuantas ceibas. Villahermosa entonces tenía un promedio de 150 mil habitantes, según el censo de 1970, unas cuantas calles para transitar y un millar de autos en todo Tabasco.

Sin embargo, en Villahermosa pocos recuerdan haberlo visto conducir un automóvil:

—Ni una bicicleta —precisa el escritor Jorge Priego—. La razón: había pocos autos y porque todo estaba cercano a la Juárez, la calle del poeta, el de la voz “muy varonil”. En ese entonces la avenida más transitada era la 27 de febrero por una línea de autobuses.

En el artículo Que te llegue mi aliento José Carlos (Excélsior 02-07-2011), la periodista y escritora María Luisa Mendoza evoca la noticia sobre su muerte:

Salió una notilla en mi periódico diciendo que un arquitecto mexicano Carlos Becerra Ramos había muerto en un accidente de carretera. Yo lo leí y aunque sabía la pésima forma de manejar, lo de arquitecto me cegó, como evidentemente quería. De inmediato me habló por teléfono Ripstein comunicándome su angustia y yo me enterqué en no aceptar la posibilidad: ¡porque nos íbamos a ver en tres días! Me escribía cartas antológicas, risueñas, alegres, amorosas. Quedamos de vernos en Atenas y vivir hondamente Grecia. Él se iría manejando un autito comprado pienso que en barata, carcachita por mientras, desde Berlín. Nosotros volaríamos hasta el Partenón donde nos veríamos a las carcajadas y el lagrimeo acostumbrado.

Para Mendoza,José Carlos no se despidió “de nosotros” porque él también se estaba encarando con la muerte en Brindissi.

Pero nunca dejo de extrañarlo. Era mi amigo José Carlos Becerra: cómplice, mi compañero de ir al cine, tenía la beca del Centro Mexicano de Escritores apartada para mí. Su hermana Deifilia. Sus novias. Su colección de suéteres. Éramos ricos porque trabajábamos juntos en publicidad y nos igualaba sentirnos mineros de hondos agujeros de sal o de carbón. Nos hartaba el horario, aunque muy felices con nuestros compañeros de presidio, Arturo Ripstein, Jorge Fons, Juan Manuel Torres, Eugenia Caso y Chaneca Maldonado quien era la capitana que no capataz. Jugábamos mucho a que ellos eran toreros, bueno José Carlos, picadores sobre las sillas de ruedillas los otros, y yo la manola…colocaban en mi escritorio periódicos extendidos que era a fuerza mantones, y pasaban horas en la lid que en el fondo odiábamos. No me acuerdo quién era el toro. Al jefe Fernando del Paso le caíamos muy mal y en sus ausencias eran las corridas. Vivimos juntos el  68 y mi casa de Tlatelolco se convirtió en una especie de santuario. Todos escribimos poemas, novelas y Fonsi su extraordinaria película Rojo Amanecer.

Setenta y cinco años antes, Fernando de Teresa trajo a la ciudad de México el primer automóvil y en 1907 ya había 860 automóviles en la capital del país. En la crónica La sucursal del infierno -del libro El tiempo repentino de Héctor de Mauléon, editorial Cal y Arena- consideran que ese primer automóvil de 1895 era considerado “el coche del diablo”. Ello porque rompió con la armonía de los habitantes que aún tenían tomadas las calles.

Un reportero de El siglo XXI describió entre emoción que el vehículo se “deslizaba como una saeta, anunciando su paso por medio de una bocina semejante a la de la bicicleta y obedeciendo con admirable precisión a la mano que lo guiaba”. Otro periodista de El Universal escribió que algunos al verlo se “santiguan con horror”.

Setenta y cinco años después que los habitantes de la ciudad le consideraban “El coche del Diablo”, Becerra salía disparado en un automóvil que alcanzaba los cien kilómetros por hora.

De acuerdo con De Mauléon, en 1907 el poeta Alfonso Camín, escribió:

 Allá va el monstruo de crujiente acero/ cuyo rojizo resplandor fascina / dejando huellas de su inquina / una nube de polvo en el sendero…

Uno de los primeros editores y periodistas en referirse a los problemas para conducir, del poeta José Carlos, fue el editor y periodista Carlos Coronel. En su blog (28-05-2011) publicó un artículo llamado Rompecabezas Becerra

La memoria del poeta tabasqueño José Carlos Becerra sigue viva en sus amigos del altiplano, que lo conocieron y lo trataron durante la década del sesenta, cuando quería serlo todo: torero, arquitecto, pintor, actor, director de cine, militante político, dandy, pero sobre todo, poeta. El escritor José de la Colina lo evoca como un pésimo conductor, impericia que compartía con Juan Manuel Torres, su antiguo amigo desde los tiempos de la preparatoria y con el que en los últimos tiempos en México alquiló un departamento en Guadalquivir 58, en la muy señorial colonia Cuahutémoc. “José Carlos era también muy amigo de Juan Manuel Torres, pero los dos eran muy malos para manejar. Ninguno sabía estacionar bien su auto y a veces me hablaban por teléfono para pedirme que los ayudara a meterlo al garage. "Creo que José Carlos estaba apenas aprendiendo a manejar en México cuando se fue a Europa”, evoca el integrante de la generación conocida precisamente como Casa del Lago o del Medio Siglo. El padre del poeta, don Carlos Becerra Lacroix, quien era propietario de una juguetería y papelería establecida en los portales de la avenida Madero, una calle donde se alojaban establecimientos comerciales importantes y los hoteles de primera, mandó desde la todavía tranquila ciudad de Villahermosa a la Ciudad de México, un Volkswagen nuevo de color azul para su hijo.Con un modelo semejante, sólo que de segunda mando y comprado en Alemania, José Carlos perdería la vida en una carretera estatal, cerca de San Vito de los Normandos, el 27 de mayo de 1970.

En la misma publicación Coronel cita al escritor Sergio Pitol en alusión a José Carlos:

“Siempre me pareció que cuando llegaba, ya tenía encima otra cita por cumplir, era un joven muy inquieto; quería vivirlo todo, probarlo todo, saberlo todo.Me daba la impresión de que tenía prisa por llegar a otra parte, nunca me imaginé que esa cita sería en Brindisi”.

Algunas enciclopedias señalan que en Brindisi nació el literato Marco Pacuvio y murió el poeta Virgilio muchos años antes del nacimiento de Cristo. El destino quiso darle muerte en estas tierras romanas a José Carlos Becerra Ramos, autor de Los muelles y La Venta

José Carlos bajó del avión dentro de un sarcófago de Drácula…habría estado feliz. Nosotros lo recibimos (4 de junio) llorando desconsolados y tocando la caja de muerto alargada como debe de ser. Llorábamos mucho. El poeta era hermano de nosotros, añade María Luisa Mendoza en su reseña de Excélsior.

Ocho días después, su cadáver llegó a la ciudad de México, y al día siguiente (5 de junio de 1970) a Villahermosa, Tabasco, la cuna del poeta. Lloraron sus hermanas, Deifilia y Cristina, y lloró en alguna parte la escritora Silvia Molina, la mujer que amó al poeta “seductor” hasta el extremo. Pasajes del amor, entre ambos, se sabrían después en el libro La mañana debe ser gris.

Curiosamente en Italia José Carlos escribió, unos días antes de morir, un poema que tituló Roma del poemario inédito Cómo retrasar la aparición de las hormigas:

según se ha dicho que existen muertos menos densos que el aire

Becerra probablemente se desprendió del suelo para ligeramente volar por los aires de Brindisi y ver el último amanecer y ver truncado su viaje en barco con destino a Grecia:

Invernará la noche en mi pecho.

No era necesario saberlo.

No tiene importancia.

Espero una carta todavía no escrita

donde el olvido me nombre su heredero.