Desde el enfrentamiento entre policías municipales e integrantes del crimen organizado, ocurrido hace 10 años en la colonia Garita, la disputa por Acapulco no ha cesado. Al contrario, cada año son más visibles los diferentes campos de acción, ámbitos, actores sociales, poderes fácticos e instituciones públicas por tener el control de todo lo que acontece en el municipio. La pregunta es: ¿Para qué quieren ese control?

En la disputa por Acapulco entran todos los sectores. El paradigma de que solamente los grupos del crimen organizados eran los que se disputaban “la plaza” ha quedado rebasado. A diez años de que se abrieron las puertas de la violencia, los actores sociales, políticos, fácticos y económicos se han superpuesto, de tal manera que es imposible ubicar los márgenes y los objetivos que los diferencian en esta lucha descarnada, sin control y sin tregua, por imponerse a costa de lo que sea, en lo que alguna vez fue el destino turístico más importante de México.

Hoy vemos a partidos políticos actuando de la misma manera que lo hace un grupo criminal en contra de sus adversarios; vemos a grupos criminales asumiendo compromisos de terminar con los delitos del fuero común, bloqueando calles para exigir sus derechos; vemos a cuerpos de seguridad, llámese ejército, naval, policía federal, estatal y municipal, trabajando para el crimen organizado y asesinando a ciudadanos; vemos a empresarios que se disputan los recursos públicos;  vemos a una clase política corrompida; vemos grandes anuncios de inversión federal con intencionalidad política; a medios de comunicación sin capacidad de incidir  y ser la voz de los ciudadanos; vemos empujones por salir en la foto; por desplazar al compañero, por obtener más beneficios, más proyectos, más recursos, más y más, no importa qué pero más.

Es una lucha encarnizada por  imponerse,  por desprestigiar, por ganar, por tener más banquetas para extorsionar, por tener más escaños políticos, más regidores, más diputados; por tener más cantidad de gente en los eventos públicos; en fin, vemos y seguimos viendo toda nuestra corrupción, toda nuestra avaricia, nuestra envidia, nuestra mediocridad y mezquindad y no hacemos nada, sino hundirnos cada día un poco más. La disputa por Acapulco… ¿para qué?

Acapulco es un guiñapo, un pobre muñeco de trapo jaloneado por el crimen organizado, por partidos políticos ambiciosos, por una clase política egoísta y avara, con una clase empresarial que vive a expensa del dinero público y que ha sido incapaz de invertir en el mantenimiento de la infraestructura hotelera, que nunca han tenido un gesto de empresas socialmente comprometidas, con líderes sociales sin convicciones, con actores sociales que no exigen, sin capacidad de crítica  y con  una ciudadanía corrompida por las dádivas sociales y atrapadas por las migajas que les da el crimen organizado.

Lo único que le queda a Acapulco es su belleza natural y es por lo que ha sobrevivido a toda esta paria que habitamos en su bahía. Es irónico que  mientras más recursos públicos recibe más se hunde. En el 2006 Acapulco tenía un presupuesto aproximado de mil 200 millones de pesos y no se veía tan abandonado, sucio, caótico, tan  desprotegido y tan a expensa de toda esta fauna depredadora e  insaciable. El año pasado  Acapulco recibió casi 3 mil millones de pesos… ¿y?.

Insisto, la disputa por Acapulco, ¿para qué?