Amelia Rosselli La libélula Traducción de Esperanza Ortega Sexto piso, Madrid-México, 2015 67 pp.

La libélula - Amelia RosselliEste trabajo de Amelia Rosselli (París, 1930 – Roma, 1996) que publica la editorial Sexto piso, para dejar en claro la calidad en su apuesta por la edición de poesía, nos presenta un poema de largo aliento que se sostiene en un tono que no flaquea sino que se eleva de una manera sorprendente. Sin separarse del lirismo, confronta la realidad de una manera cruda. Al ir desplegando el discurso, acude al vuelo de La libélula para plantear los elementos arquitectónicos del libro. Una ascensión que se apoya y violenta el lenguaje al irlo traspasando, del modo en el que una libélula se sirve del viento y lo separa para continuar con su trayecto.

La figura en cruz de este insecto también funciona como símbolo para describir la escritura de Rosselli. Hay una línea vertical que se nombra desde el principio y se erige, con pericia, en la parte final donde se refiere a la religión como al cuerpo de la libélula. Este trayecto vertiginoso irá desprendiéndose de los pesados argumentos de la iglesia para tornarse ligero y seguir hasta la parte esencial: la cabeza. En las primeras líneas, nos dice: «oh yo canto por las calles pero sólo el santo padre/ sabe adónde conduce todo esto». En una enumeración beligerante, va diluyendo este primer argumento para desplazarse en un diálogo con el otro. En este plano aparece la horizontalidad de las alas. Y, con esa conocida transparencia, es con la que el batir de la palabra la va preparando para el vuelo.

En la figura del otro, en la reflexión del diálogo y en las ideas que surgen a partir de esta forma de pensamiento, se consolida el proceso de reconocimiento purgativo que guiará a la poeta hacia el lenguaje místico. Al recorrer su propia existencia aparece el argumento discursivo de mayor potencia en el poema: es ahí donde la originalidad de Amelia Rosselli se muestra contundente. Allí configura los elementos rítmicos y léxicos, narrativos y líricos, religiosos y místicos, que se conjuntan para preparar el momento de cierre.

En el último espacio se ha desvanecido la presencia del otro y se ha incorporado la de Él. Aquí, la habilidad de la poeta va trasladando la ejecución de líneas dubitativas a la de una excelente ejecución de la plegaria, y el otro es sustituido, naturalmente en este flujo, por Dios:

«Saber y callar y hablar y hablar y vibrar y olvidar y reencontrarse con la sombra de Jesús que supo desviarse de la miseria, en el momento justo por la carne de Dios, por el espíritu de Dios, por la excelencia de sus compases, sus respuestas encarnizadamente perfectas, su espíritu errante. Saber que la auténtica cima canta en un arrebato que tú no siempre puedes tocar.»