México.- "La forma del agua" es una película del cineasta mexicano Guillermo del Toro, que ha merecido más de 60 nominaciones en los diferentes festivales de cine de todo el mundo y se perfila como una de las mejores películas del año.

Empezaré diciendo que es una película evocadora. Evocadora porque es un cuento clásico, pero con un enfoque neoliberal. Es evocadora porque nos recuerda el cine de la primera mitad del siglo pasado, porque sus personajes son seres inocentes puestos a prueba. Es evocadora porque hablamos de una época donde un hombre con un cigarro en la boca, puede regalar boletos para el cine y prometer golosinas, sin que eso implique una doble intención, ni una voluntad dolosa.

Del Toro ha dicho que esta historia nació cuando, siendo un niño, vio la película La mujer y el agua, de Jack  Arnold. Él imaginó un final donde la mujer y el animal terminaban juntos. Le llevó casi 40 años rectificar ese final cinematográfico. Y para eso, fue necesario crear una criatura que nos recuerda los monstruos clásicos de las películas serie B, pero con un toque de tecnología y un encanto avasallante que lo convierten en un ser magnífico y único.

La película corre en el año 1962, en medio de las batallas más cruentas de la contrainteligencia de la Guerra Fría.  A las instalaciones secretas del gobierno de EU en Baltimore, ha llegado una nueva criatura que promete ser el instrumento que devolverá al imperio el protagonismo en la carrera espacial, mermado desde que los rusos han enviado a Laica al espacio.

Este marco sirve a del Toro para cruzar, con eficiencia encomiable, los diferentes hilos narrativos de la historia. Pero también, para dejar claro el carácter metafórico de la cinta: una mujer se queja de que su marido nunca la escucha; la otra, es una mujer muda.

La forma del agua es una película de amor, por supuesto, pero también es una película musical, de espionaje, de fantasía y monstruos. Todo fluye con una armonía natural en medio de unos escenarios barroco-victorianos, con toques de steampunk, dignos de un Oscar.

La forma del agua lleva inscrito el estilo de Guillermo del Toro en cada escena, en cada nota de música. No traiciona a su creador, pero brilla con la luz de algo completamente diferente. En esta ocasión, los personajes no son, como en los cuentos clásicos o en El laberinto del fauno, de una pátina absoluta; ahora, tienen matices, dudas que los atenazan, miedos que los obligan, deseos que palpitan en su interior. Están perfectamente construidos a base de defectos, de rechazo y marginación. En sus diálogos, abundan discursos existenciales muy alejados de las enseñanzas bíblicas que solían regir a la sociedad norteamericana de la época.

La selección musical de la cinta es uno de los pilares de la película. Estuvo a cargo del músico y compositor Alexandre Desplat, quien es señalado para ser uno de los ganadores en la temporada de premios. Se puede encontrar en: http://www.dodmagazine.es/banda-sonora-la-forma-del-agua.

Me parece relevante la capacidad crítica de la cinta. A lo largo de la historia corre por lo bajo el miedo. El miedo como instrumento de sumisión. Miedo a estar solo, a ser descubierto, a ser juzgado, a no ser amado, a no encajar en un sistema social rígido y demandante. Hay una crítica feroz al American dream, pero también apunta con su dedo al racismo, a la homofobia y al machismo, al rol supeditado y asexual de la mujer. A la forma como devastamos los ecosistemas y acabamos con sus criaturas. Se da tiempo para criticar al capitalismo rampante que trata a la creatividad como algo anacrónico y desgastado, sin lugar en el mundo de la producción en masa y de la inmediatez. Sin contemplaciones, señala a la intolerancia, tan vital que hoy enciende la guerra del medio oriente, tan briosa, que hoy mantienen hacinados y segregados a los migrantes en las orillas de ciudades europeas, o escondidos y temerosos en las ciudades gringas.

Por supuesto, lo más significativo es que el discurso crítico de La forma del agua sigue vigente; es tan pertinente que nos obligan a pensar lo poco que hemos evolucionado desde entonces.