México. Opinión- Los acuerdos negociados por el gobierno de AMLO para evitar la imposición de tarifas arancelarias punitivas por parte de EU, han sido materia de discusión y tergiversaciones por varias semanas. Pareciera que a la oposición no le basta haber evitado un desastre que pondría al borde la quiebra a la economía mexicana. Posterior a los detallados informes del canciller Marcelo Ebrard, se ha suscitado una campaña de desgaste que tiene como objetivo desvirtuar los acuerdos alcanzados por el grupo de negociadores.

La periodista Dolia Estévez -corresponsal en Washington, quién estuvo más de 12 horas al pie del edificio del Departamento de Estado, donde en el séptimo piso se llevaron a cabo las negociaciones entre la delegación mexicana y el gobierno de Trump-, ha publicado una nota muy reveladora en la que sus fuentes informaron sobre las tácticas intimidatorias que usó la delegación norteamericana en un intento por amedrentar a los mexicanos, despojándolos de sus equipos de trabajo, celulares y lap tops -y con ello de documentos e información necesarios para la negociación-, inclusive, los privaron de alimento y bebida durante 12 horas, sometiéndolos así a una presión adicional, parecida a la usada para interrogar a prisioneros de guerra.

En la guerra sucia que se desarrolla en México, las maniobras de la derecha van desde el risorio escándalo viral que provocó la fotografía de Roberto Velasco Álvarez, encargado de comunicación social de la Secretaría de Relaciones Exteriores, comiendo cacahuates en reunión con Nancy Pelosi y que le valiera el mote de Lord Cacahuates, pero, sobre todo, algunas notas de medios como Milenio y Excélsior, que han considerado el valor periodístico de esta situación para desgastar la credibilidad y la seriedad de la delegación mexicana. Velasco Álvarez ha optado por responder con humor y una fina ironía, lo que lo sitúa muy por encima del ridículo mediático en el que quisieron colocarlo.

El extremo de las reacciones llega hasta las exaltadas y maniqueas declaraciones de Damián Zepeda durante la comparecencia de Marcelo Ebrard en el Senado de la República, donde sostiene, para empezar, que no se logró nada. Zepeda -acusado de desviar 700 millones de pesos con fines electorales en Sonora, y de autonombrarse coordinador del PAN en la cámara alta- especula sobre un futuro que él -y los que son y piensan como él- considera empeñado en las negociaciones, lo anterior sin que medie un documento, un acuerdo oficial ni nada parecido, más allá de su opinión.

Zepeda otorga credibilidad a los dichos de Trump, como ejemplo sus tuits intimidatorios o cuando aparece en público con un papel entre sus manos y sostiene que es un acuerdo secreto firmado con México, el cual ya el fotógrafo del Wahington Post, Jabin Bostford, se ha encargado de desmentir públicamente, el pasado 11 de junio.

Zepeda decide no otorgarle valor a lo que en efecto sí se firmó y lo que en realidad sí se acordó. Tampoco le interesa la crisis económica que se evitó. Eso lo descarta como si careciera de importancia; como si la situación no fuera por sí misma injusta, intenta culpar al gobierno de originar la crisis, cuando es de dominio público que, desde una posición abusiva, EU quiere utilizar a México como colonia o patio trasero donde establecer a los cientos de miles de personas que son dilatadas y puestas en una espera interminable por sus políticas migratorias y para ello, ha amenazado con imponer cuotas arancelarias arbitrarias.

Pero Zepeda insiste en teorizar sobre lo que no ha sucedido, en acreditar la duda, en darle cabida a la especulación. Insiste en hablar “de frente, con transparencia y claridad” como si fuera un valor que él, su partido y sus socios conocieran, pasando por alto que la carencia de esas virtudes es precisamente por lo que ha sido reiteradamente condenado por la opinión pública; habla como si la deshonestidad de sus acciones no hubieran sido uno de los principales motivos por los que fueron echados del gobierno.

Zepeda acepta cerrar filas, pero antes condiciona. Insiste en ayudar, pero antes descalifica. Zepeda dice que sí, pero en realidad está diciendo que no.

Ni el tono ni la especulación que usa Zepeda van a favor de México, sólo representan la intención de desgastar y  desacreditar al gobierno. Al igual que lo hace Calderón al ofrecer por tuiter sus consejos en materia de economía y diplomacia, cuando su impericia política reportó un magro crecimiento económico sexenal de apenas el 2.2%. También vale la pena recordar que bajo su mandato se originó la peor crisis diplomática con Francia, a raíz del caso Cassez, que trajo como consecuencia la suspensión del Año de México en Francia. Lo anterior pone de manifiesto, otra vez, que a la derecha no le interesa México ni los mexicanos.

Para quien no quiera entender que México se vio obligado a negociar bajo un escenario injusto, en condiciones desventajosas, con una pistola en la sien, bajo el yugo de un ultimátum que amenazaba con llevar a una severa crisis a la economía mexicana, tal vez tengan sentido las especulaciones de Zepeda y los ofrecimientos de Calderón. Para el resto de los mexicanos y para muchos norteamericanos -entre ellos el Premio Nobel de economía Paul Krugman, quien advierte que Trump celebra “victorias imaginarias en el acuerdo con México” -, vemos que la delegación mexicana supo alejar de la mesa de negociación el acuerdo de “Tercer país seguro” y que lo que ofreció fue poner especial énfasis en acuerdos negociados previamente, de los que ya se había informado a la sociedad, con el fin de reducir el flujo migratorio hacia EU. México consiguió tiempo para poner en marcha ciertas medidas, sin empeñar la dignidad ni la seguridad. Lo demás, está por venir. Sigamos atentos.

Recordemos que la política es el arte de optar entre inconvenientes y nuestro vecino nos ha colocado en una situación donde el margen de maniobra es, además de injusto, prácticamente escaso, pero a pesar de todo, México consiguió replegar la amenaza y ampliar el espacio de negociación, sin hacer concesiones. Eso sí es un hecho.