Por Luca Pistone

Esta es la increíble historia de Salif Keita, un joven africano que creció en un suburbio de Bamako, la capital de Malí, y que a finales de los años 60 y principios de los 70 consiguió, gracias a su talento, viajar por medio mundo. Uno de los mejores delanteros africanos que ha habido.

Salif se hizo con el primer Balón de Oro del continente en 1970, y ha sido el descubridor de grandes campeones malienses (como Seydou Keita, ahora en el Roma, y Momo Sissoko, que ha pasado por el Juventus, el Fiorentina, el Liverpool y el PSG).

50627015.  Bamako, Malí.- Esta es la increíble historia de Salif Keita, un joven africano que creció en un suburbio de Bamako, la capital de Malí, y que a finales de los años 60 y principios de los 70 consiguió, gracias a su talento, viajar por medio mundo. Uno de los mejores delanteros africanos que ha habido. NOTIMEX/FOTO/LUCA PISTONE/FRE/HUM/  Salif Keita.  Uno de los mejores delanteros africanos que ha habido.

Keita debutó internacionalmente en 1963, a los 17 años, en Yakarta. “Era un triangular amistoso contra China e Indonesia. Ahí entendí por primera vez el gran poder del fútbol. Hasta unos meses antes de irnos nunca había oído hablar de un país llamado Indonesia”.

Keita abre encantado las puertas de su casa de Korofina, en las afueras de Bamako, a aficionados y curiosos. Se entretiene en el jardín bebiendo té y charlando con jugadores jóvenes que, volviendo del campo de tierra que hay en la esquina, le piden consejos.

Con su túnica ocre, el vestido tradicional del fin de semana, siempre se muestra sencillo y amable, como la mayoría de sus compatriotas. Baja la cabeza con humildad cada vez que la gente del barrio le llama “Presidente”, ya que algunos lo recuerdan más por sus cargos en la Federación de Fútbol de Malí que por sus goles en el extranjero.

Tiene un largo currículum: tres veces consecutivas campeón francés con el Saint-Étienne (años 68, 69 y 70), con el que también ganó una Copa de Francia (70); una temporada turbulenta en Marsella; tres años en Valencia; tres en el Sporting de Lisboa, y dos más en Boston, donde terminó su brillante carrera, en 1980, y donde se quedó algunos años para estudiar economía.

“¿El mejor recuerdo? Es difícil de decir. Tal vez los 42 goles marcados en una sola temporada con el Saint-Étienne”. La Bota de Plata que consiguió como segundo máximo goleador de Europa acumula polvo en un estante de la sala de estar, cerca del Balón de Oro y de otros recuerdos de una carrera llena de éxitos.

Amarillentos por el paso del tiempo, los ornamentos evocan, como las fotos y los recortes de periódicos colgados en las paredes, un pasado en blanco y negro que parece estar a años luz del mundo y del fútbol de hoy. “Lo que más me ayudó en mi carrera fue no olvidar nunca de dónde venía. Llegué muy joven a Europa, me vestía como los chicos europeos para integrarme, pero nunca olvidé que soy africano”.

MALÍ, CUNA DE FIGURAS DEL FUTBOLEn la tele de su casa siempre hay algún partido puesto. “Me encanta ver la liga inglesa y la española. Me encantaba la italiana, pero antes, ahora está en crisis”. Su esposa, que más allá del hombre sabe que se casó con el futbolista, no oculta, suspirando, un poco de irritación: “En esta casa no se habla de nada más que de futbol. La tele no la apaga nunca, ni siquiera cuando estamos en la mesa”.

De hecho, durante el almuerzo (cortesía inevitable en esta parte del mundo cuando estás en casa de alguien a mediodía), la atención de Salif la absorbe la gran pantalla plana que domina la sala de estar. Las historias y anécdotas de su carrera, las discusiones sobre la Liga de Campeones y sobre jóvenes talentos africanos que juegan en Europa se intercalan con comentarios técnicos y maldiciones contra el televisor.

Como todos los campeones que hace mucho tiempo han colgado las botas, cuando habla del pasado se le iluminan los ojos, que, en cambio, se oscurecen ligeramente cuando vuelve al presente. “Cuando me fui de Malí era el fin del colonialismo, la era de la independencia de muchos países africanos. En aquellos tiempos todo el continente vibraba de entusiasmo y esperanza, los jóvenes creíamos en el futuro”. Muy diferente, parece sugerir Salif entre líneas, de la África de hoy, dominada por el Ébola y las masacres de Boko Haram.

A pesar del golpe de Estado militar en marzo de 2012, de la posterior ocupación de los dos tercios septentrionales del país por parte de los yihadistas de Al Qaeda en el Magreb Islámico en 2012, de la “guerra de liberación” francesa y del despliegue de más de 10 mil cascos azules de la ONU, Keita no se ha movido de Malí en estos turbulentos años.

Sigue sorprendiéndose ante la violencia y la pobreza que vive su país: “Se juega fútbol en todas partes, incluso en Arabia Saudita. Pronto habrá un Mundial en Qatar. ¿Y estos yihadistas vienen aquí a prohibir el fútbol porque parece que es una cosa occidental contra el islam?”.

El atentado en el bar restaurante La Terrasse a principios de marzo, en el que murieron tres malienses, un francés y un belga, es la herida más fresca. La casa de Keita está a menos de un kilómetro de la Rue Princesse, el centro de la vida nocturna de Bamako y el lugar del ataque, reivindicado por un grupo cercano al Estado Islámico.MALÍ, CUNA DE FIGURAS DEL FUTBOL

“Yo estaba durmiendo, me despertó mi mujer, que oyó los disparos y la explosión. Fue aterrador”. Al igual que muchos de sus compatriotas, Keita espera la inminente firma del acuerdo de paz entre el gobierno de Bamako y los grupos separatistas tuaregs en el norte. “Es la única manera que tenemos de recuperar la paz y la serenidad”.

El mayor legado que heredó de sus viajes por Europa y los Estados Unidos es, sin duda, la pasión por la formación de los jóvenes. Tanto es así que, ya en Malí, además de un hotel, abrió en la capital una escuela de fútbol que a lo largo de los años ha formado a campeones como Seydou Keita y Momo Sissoko.

“Lo que aprecio de Seydou son sus cualidades morales. Siempre ha sido un joven prometedor, tiene dotes de gran luchador y una técnica óptima. Pero estoy convencido de que lo que le ha convertido en un verdadero campeón son sus virtudes morales”, asegura.

Cuando se habla con un maliense de Seydou Keita, sin embargo, siempre se llega al maldito penalti que falló el capitán en las semifinales de la Copa Africana de Naciones contra Guinea, a finales de enero.

Malí, de hecho, está deseoso por conseguir un título continental que nunca llega. Ni con la generación de Salif, que perdió una final en el 72 contra Congo Brazzaville (3-2), ni (todavía) con la más que prometedora generación de Seydou Keita.

Pero su padrino –“tío a la africana, a pesar de que los periódicos escriben erróneamente que somos parientes”– en este tema también lo defiende a capa y espada, y señala a superestrellas de ayer y de hoy: “¿Quién no ha fallada un penalti importante? Pelé, Maradona, Messi... Cuando Baggio falló el penalti en el Mundial del 94 lloramos todos, no sólo los italianos”.

Cuando oye nombrar a futbolistas exaltados, como Mario Balotelli, cambia de expresión, y asume el carácter severo del anciano maestro de fútbol y de vida: “Cuando yo era joven, no tuve que hacer ningún esfuerzo para seguir siendo sencillo y modesto, todos a mi alrededor lo eran. Hoy, en cambio, en el fútbol hay demasiado dinero y demasiados intereses. Los verdaderos campeones, como Keita del Roma, son los futbolistas a los que no se les sube a la cabeza”