En el libro La mano siniestra  de José Clemente Orozco, el poeta y ensayista Ernesto Lumbreras, nos anuncia desde sus primeras líneas la identificación del instrumento vital que imperará a lo largo de toda la disertación del libro: una sola mano.

Si hay algo que siempre me ha fascinado de Ernesto es el tono de su voz, casi puedo afirmar que es su entonación y textura  lo que han definido el ritmo  de su poesía y la fineza y  ternura de su prosa. Siempre con un cuidado tal de no alterar las palabras, de no molestarlas o sacarlas fuera del ámbito de su competencia; atento siempre a la más leve queja, al más leve chillido o malestar de estar en un lugar que no le corresponde. Siempre amable a que todas atraviesen sutilmente el canal, el puente, la cuerda floja o la desesperanza por la que han de caminar.

143324330824[1]Recuerdo un verso del poema Altazor: Habrías de ser ciega que Dios te dio estas manos, le dice el poeta a su amada. Pienso, Ernesto habría de ser mudo que Dios les dio estas palabras.  ¿Qué se esconde atrás de la voz de este poeta que nos cuenta, nos comparte y nos hace cómplices del momento exacto en que José Clemente Orozco pierde su mano izquierda?

Este libro de ensayos con el que Ernesto obtuvo el doceavo Premio Internacional de Ensayo 2014, con José Clemente Orozco al epicentro de la narración, nos cuenta cómo personajes, artistas, músicos, filósofos, escultores, poetas, cineastas, novelistas, políticos, magos, que han perdido una mano por diferentes circunstancias y, se han sobrepuesto a tal mutilación, han llevado a momentos excelsos su sentido creativo y la apropiación del mundo de las cosas que los rodean.

La mano siniestra es un libro de iniciación. El autor de este libro se propuso y  ha logrado que el lector se posicione y camine los diferentes episodios históricos y poéticos por los que distintos personajes han sufrido la mutilación de la mano diestra o siniestra. Como dije, empezando por la pérdida de la mano izquierda del pintor José Clemente Orozco, cuando preparaba pólvora en su casa.  Clemente Orozco, encuentra en las palabras del poeta Ernesto Lumbreras, una veneración que logra que los lectores de este libro terminen conociendo o admirando a este pintor que supo sortear el funesto destino de perder su mano izquierda, y al mismo tiempo blindar sus sentimientos y potenciar la creatividad de la mano diestra, asesorada y empujada en todo momento, como lo sugiere el autor, por su mano siniestra.

El autor nos dice que “Después del accidente, el pintor vuelve a  las clases a la Academia de San Carlos y, tiempo después, comienza a colaborar como caricaturista en varios periódicos”. El libro es un largo viaje a través de viñetas, imágenes de Clemente Orozco pintando el retrato de la señora Rosa Flores de Orozco, su madre, de Clemente Orozco en el metro de Nueva York, con David Alfaro Siqueiros, de Clemente Orozco pintando en los murales en la Escuela Nacional Preparatoria, en su papel de caricaturista, en su viaje a Coyoacán para entrevistarse con el poeta Juan Tablada, en el momento en que pinta a Miguel de Cervantes Saavedra  y al Greco, “en la medialuna del muro sobre la puerta norte de la ex capilla del Hospicio Cabañas”; del momento en que Orozco toma partido y colabora con el bando carrancista; de su primera exposición: Estudio de mujeres que reunirá 123 piezas, y que Ernesto comenta de la siguiente manera: “Lamentablemente a pocos días de su apertura se le niega el espacio, la posible explicación de la negativa recae en el contenido inmoral y procaz de algunas obras”; de las fotografía hechas al autor, entre las que destaca la realizada por Manuel Álvarez Bravo, donde se ve “apoyando el cuerpo sobre el antebrazo izquierdo; ahí también vemos su mano diestra posada en una pierna y el vacío en el puño del overol”; de su participación en el movimiento del muralismo mexicano, al lado de Diego Rivera, Fernando Leal, Fermín Revueltas,  David Alfaro Siqueiros, entre otros, teniendo como sede la Escuela Nacional Preparatoria.

Ernesto nos dice que la obra muralística de Orozco en la Escuela Nacional Preparatoria fue  “suspendidas por las críticas de un sector influyente, por las agresiones de un grupo de estudiantes inconformes de la iniciativa de cubrir con frescos los muros de la escuela, protestas que ocasionarían el despido de José Vasconcelos, impulsor y piedra angular de la gran cruzada cultural mexicana en las primeras dos décadas del siglo XX, y después de un tiempo volver a los mismos muros para pintar Hombres que beben agua. Orozco haciendo coreografías para las hermanas Nellie y Gloria Campobello, y con dibujos y viñetas para el libro de Las manos de mamá de Nellie, donde el tema central es la veneración a las manos de mamá, lamentablemente, nos dice el autor que José Clemente Orozco no alcanzó a ver la edición de libro Las manos de mamá, pues muere en septiembre de 1949, unos meses antes de que saliera a la luz.

Como  viñetas complementarias que acompañan este gran recorrido por la vida y obra de Orozco, está el momento en que el escritor Rafael del Valle-Inclán y Salvador Díaz Mirón pierden en diferente circunstancias una de sus manos, el primero en Pontevedra, España, y el segundo en Veracruz, aquí me llama la atención la forma en que el poeta Ernesto Lumbreras, se interroga si estos gigantes de las palabra, se habrán conocido. Creo que Lumbreras apostaría el mejor de sus poemas a que así fue, aunque no haya registro público de tal acontecimiento; apuesta que, por supuesto, se la compro porque no hay nada más mágico, aterrador y posible que una imaginación provocada, y eso Ernesto lo logra a la perfección en cada pasaje narrado de los personajes que han perdido una mano o de los estudios y teorías que hay acerca de la verdadera función de las extremidades superiores, es una provocación nata a la imaginación, por eso creo que esta es la principal virtud de este libro de ensayo.

Quiero mencionar, antes de terminar este comentario, que atrás de la exacerbación, casi veneración y placer de la mano siniestra de Orozco y de las otras muchas manos que acompañan este viaje poético, está al fondo, agazapado, discreto el poeta Ernesto Lumbreras que se inventa un tiempo poético para caminar, para viajar, para compartir una tarde de películas con su hija Andrea, para comprar cuadros saliendo de los museos, compartiendo una noche de poesía acompañado de un buen vino con buenos amigos en Villahermosa. Me lo imagino ahí, detenido, atento, con sus manos a la cintura, o la barbilla, mirando absorto la valía de los ojos y la única mano de Orozco. Sí, ahí detenido en las virtudes del sentido del tacto y de la vista pero escuchando en su mente la entonación de su voz que habrá de darle sentido y pausas a este maravillo libro que hoy tengo entre mis manos.

Gracias