Los turistas saben vivir: se despiertan tarde, se curan la cruda tumbados bajo una sombrilla, comen platillos típicos, por la tarde emergen de la oscuridad para ir a la alberca y comenzar el precopeo. La Costera, a eso de las siete de la noche, se llena de hombres en mangas de camisa que avanzan arrastrando las chanclas mientras hablan por celular, ojos inyectados de sangre, aliento cargado de alcohol, enorme panza; mujeres con trencitas y piel enrojecida paseándose con short y playera aún húmedos, y atrás de ellos, niños en traje de baño, metidos en el salvavidas, chillando porque los han sacado de la alberca luego de 9 horas sin interrupción en el agua. Algunos llevan a los abuelitos, otros van en familia (ocho o nueve integrantes en bola). Unos duermen en autos, otros en la playa.

Nunca imaginé vivir en Acapulco. Antes de instalarme aquí, había venido tres veces solamente. No ignoraba el lazo cursi que me unía al puerto: como tantos chilangos, en Acapulco fue donde conocí el mar. Lo único que recuerdo de esa primera vez (tenía tres años) son las luces nocturnas de la bahía vista desde la Escénica y a mí en brazos de mi mamá llorando ante la imagen terrorífica del agua elevándose con una cresta de espuma. A los 17 vine de nuevo y no me gustó nada: en ese momento ya había conocido el mundo de las playas oaxaqueñas de Mazunte y Zipolite. Acapulco estaba llena de turistas y discotecas, no de viajeros hippies que escuchan reggae.

La tercera vez que vine estaba hasta la madre de la Ciudad de México: tiempo desperdiciado en embotellamientos infinitos, asfixia y empujones en metro y metrobús, largas distancias para ir a cualquier parte. Acapulco se me reveló esa vez como la pura vida, la tranquilidad adornada por la bella decadencia de los buenos tiempos, el ritmo costeño: calma, tiempo detenido. Sobre todo el mar, allí a tiro de piedra, para olvidar todos los apretujones y embotellamientos del mundo. Acapulco se formó en mi cabeza con muchas fantasías. Idealicé este lugar ayudado por libros, películas, canciones, fotografías, pero sobre todo por la nostalgia de los tres años de mi adolescencia que viví en Tabasco. Encontré demasiados similitudes entre ambos lugares, en el carácter de la gente, su forma de vivir, el clima, la lengua. Supongo que todos los trópicos se parecen.

La cuarta vez que vine a este puerto ya no regresé. Estoy por cumplir tres años aquí. Durante este tiempo he podido definir claramente tres etapas en mi proceso de adaptación. La primera consistió en la sensación de estar siempre de viaje en este lugar. Todo llamaba la atención: los yates lujosos anclados en la Marina, los caza moluscos sobre neumáticos bordeando los acantilados, los camiones de transporte público con su regetón a todo volumen y sus adornos chillantes en plena expresión de barroco costeño, los pescadores columpiándose en sus hamacas en espera de la caída del sol para salir mar adentro, los colores chillantes de los turistas, el olor a sal. Estaba cumpliendo uno de mis deseos: vivir en la playa. Gorra, lentes oscuros, playera, bermuda y chanclas. Mi ingesta de cerveza aumentó considerablemente, a la par que mi ocio y mis ganas de escribir. ¿Qué más se puede hacer en, como dirían los burócratas del turismo, un destino de playa?

Casi dos años duró esta etapa que podría llamar “turística”:  uno es ingenuo, uno anda papaloteando y no ve más allá de la aparente belleza del mar. Pero esa vida no puede durar mucho. Si en esta etapa en ningún momento extrañé mi vida en la Ciudad de México, en la segunda comencé a echar en falta a los amigos, pero también cosas como el clima: ciertos días el calor se volvía insoportable y uno recordaba el frío de las mañanas chilangas. Pero a pesar de la nostalgia, Acapulco se mostraba colorido aún. Los muertos, la inseguridad no ocurrían tan lejos, pero no a mi lado.

Vivir en Caleta no es vivir en el Acapulco de los muertos: en la Jardín, en la Progreso, en Renacimiento, en la Zapata, en la Coloso. Vivir en Caleta es vivir fuera de las ejecuciones, pero inevitablemente es ser parte de una ciudad golpeada por la violencia, de una u otra manera. Comencé a advertir algo terrible: los servicios públicos penden de un hilo, a punto de colapsar por completo. Nunca antes había visto tantas fugas de agua (algunas formando verdaderos ríos en las calles). No había conocido policía más corrupta y abusiva, ni caminado calles y playas más sucias. Era la tercera etapa: la realidad.

Vi de cerca a políticos, programas sociales federales, estatales y municipales. Caminé por algunas de las colonias más violentas de México, pobres, sucias, solitarias.  Acapulco es indignante: pobreza, lujo, corrupción inseguridad, contaminación, indolencia. “Esta ciudad es propiedad del Señor Matanza”, dice Mano Negra. Se me reveló una ciudad cayéndose a pedazos. Me cayó la pinche realidad encima: Acapulco es propiedad del Señor Matanza. De milagro funciona. Nadie sabe cómo, nadie sabe por qué no nos hemos ido a la yumba, como se dice aquí. Ahora le digo a todos: en Acapulco conocí de cerca los grandes males del país, cuando dejé de turistear. En Acapulco conocí México.

¿Qué hacer? ¿Qué hacer en medio de este desastre? No sé. Pienso en la gente organizándose, como colonia, como calle, como familia, para exigir lo que le corresponde hacer al gobierno y para hacer lo que el gobierno no puede o no debe. Por lo pronto algunos poetas jóvenes de Acapulco lo hacen. Se reúnen para intercambiar lecturas y puntos de vista, realizar trabajos colectivos. Quieren aprender, sacudirse la inercia de tantos años de políticas culturales vacías y conservadoras, quieren leer, entrar en contacto con otras artes, con artistas fuera de Acapulco. Crean un espacio a falta de espacios satisfactorios. Quieren crear y actuar sin esperar ayuda del gobierno, quieren estar libres de él. Pronto sabrán de ellos.