Un hombre predica la palabra de dios a grito abierto trepado en una jardinera en medio de zócalo de Acapulco. Está acompañado de unas 20 mujeres y hombres que reparten volantes a todo el que pasa. Otro hombre cercano, con un altoparlante, grita de vez en cuando: “¡Aleluya! !Aleluya!”

—¡La solución está en Jesús! —grita con aspavientos.

—¡Aleluya! ¡Aleluya!

Son las 10:45 de la mañana del viernes 4 y corre un aire de lluvia aunque está soleado.

Metros adelante, cuatro mujeres lavan el piso de enfrente de sus negocios con agua y cloro. Es el lugar donde no hace ni una hora mataron a Lizbeth Vargas, 23 años. Lavan la sangre que escurrió desde el negocio de baratijas que atendía hasta el andador Jesús Carranza. Los policías del estado y de la Gendarmería se retiran junto con los forenses que cargan el cuerpo de Liz para hacerle la necropsia. Semejan los cargadores de la muerte de los que tanto hablaba mi abuelo en sus desvaríos de borracho.

Los de la Gendarmería estaban en la Costera, del lado opuesto de donde la asesinaron. Estaban en el Oxxo del edificio Oviedo cuando recibieron el reporte de unos disparos. Recibieron el reporte y un agente corrió a su Jeep para acercarse a un sitio al que le hubiera sido más fácil llegar a pie por el lado de Ignacio de la Llave, por el paradero sin uso del Acabús. Llegaron y Liz agonizaba de varios tiros en la espalda.

Quien la mató tuvo el tiempo necesario, justo, para llegar, meterse al comercio, sacar su arma, dispararle a quemarropa y retirarse sin más apuros. Liz, en cambio, se tomaría todo el tiempo para acicalarse en la mañana. Lucir bien con su overol de mezclilla, su blusa negra y rosa y sus guaraches con adornos dorados. Se tomaría el tiempo para abrir el negocio de accesorios de celulares y poner algunas cosas en su lugar. Se daría el tiempo porque tendría el resto del día para atender a los clientes. Tendría todo el día. Todo el tiempo.

Los policías del estado también llegaron cuando ya todo estaba consumado. Cuando al cuerpo de Liz lo rodeaba una turba de curiosos entre los que, tal vez, estaría el sicario. Llegaron con armas en alto para asegurar un sitio que necesitaba de seguridad una hora antes. Entonces, tal vez, el asesino lo hubiera dudado y regresaría más tarde, o quizá mañana. O quizá no regresaría.

—¡Me espanté! —le dice una comerciante a otra agarrándose el pecho, como si estuvieran en una charla de café.

—Pero de qué, mujer, si tú estás en lo tuyo —responde la otra.

Ambas continúan barriendo el agua con la sangre diluida de Liz hacia la alcantarilla más cercana.

La vida sigue, se mueve, en medio de este aire que aún huele a muerte. Otra mujer barre afuera de un establecimiento de prástamos y mientras barre habla con un curioso que le pregunta qué pasó.

—Mataron a una muchacha —responde.

—¡No me diga!

—Sí, pero a ver, qué le vamos a hacer, más que seguir, pues.

Los canadienses ancianos, visitantes de invierno al Acapulco tropical, cruzan el lugar sin mayor congoja. Buscan donde almorzar cuidando no mancharse los zapatos del agua que barren las mujeres; otros siguen en la sobremesa hablando en su lengua, casi a gritos. Se carcajean de algo que sólo ellos entienden.

En los puestos de periódicos varios hombres adultos miran los titulares y comentan la noticia fresca, lo que no aparecerá sino hasta mañana o dentro de unos minutos en los portales de noticias digitales y las páginas de Facebook. Comentan el asesinato de la mañana como quien comenta que se desayunó unos huevos tibios y una taza de café.

—Sí —confirma uno— fue hace ratito, se la acaban de llevar —dice en referencia a Liz, y señala el lugar donde las mujeres lavan. Lo dice sin sobresaltos ni con un tono que diga que su noticia es una noticia desafortunada en esta ciudad de infortunios.

Cerca del lugar, afuera de una tienda Oxxo, un chico con tatuajes en el brazo sentado en una jardinera se toma una Cocacola; más gente enfrente, a su lado toma café o agua o sólo está sentada. A unos pasos los boleros ofrecen lustrar los zapatos a los transeúntes que transitan apresurados rumbo a sus mandados. Los negocios semifijos de Santas Muertes y otras piezas de yeso apenas están abriendo. Algunos ni siquiera abrieron. ¿Algunos ni siquiera abrieron?

En la jardinera, el religioso sigue profesando.

—¡Jesús es la solución! —grita.

Y en el panfleto que sus seguidores reparten a los que pasan cerca, se lee: “Protegidos o desprotegidos”.