Soñar significa también crear y escribir, transformar los elementos del sueño para incorporarlos como cosas ciertas al poema, es decir, a la vigilia. La asimilación del imaginario onírico genera un ambiente que, fusionado con acontecimientos bien definidos de una biografía, nos ofrece un poemario de las características de Verde fuego de espíritus (Premio de Poesía Dolores Castro, editado por el Instituto Municipal Aguascalentense para la Cultura 2014), de Verónica G. Arredondo: un trabajo en el que por la manera en que se modelan los personajes y la recurrencia de motivos orientales se podría pensar como una representación del banraku, teatro de marionetas japonés.

Verde fuego de espíritus es una obra en siete actos, donde cada uno recibe el nombre de alguna variación del cielo. Escenario con un fondo verde y negro que a veces se disloca con la estructura narrativa divagante con la que se presentan los sueños. El personaje que mejor se perfila es el de Ella, una mujer que oscila, medita; sabe que duerme y al mismo tiempo es consciente del afuera. La tensión se consigue por la mención del miedo, que es lo que le jala los hilos, a despertar hacia adentro del sueño, el vértigo de la marioneta al darse cuenta de la manipulación:

¿y si en medio del sueño abro los ojos?

Es importante mencionar la cercanía del tono con el de Alejandra Pizarnik, poeta de la que además aprende el estilo con el que desarrolla este libro. Uno de los recursos mejor alcanzados por Verónica G. Arredondo, es cómo se plantea la problemática, medita en las posibilidades y resuelve, desde la sensibilidad, el poema. Esto, que no consigue todo el tiempo, es la potencia de la autora:

Caigo desnuda de un nido de cuervos […] Corro buscando arrullo o graznidos a la sombra de un árbol […] Sus ojos volviéronse mariposas en la noche de incendios.

Según nos menciona Arredondo al principio, el libro es muchos libros y recoge elementos del I Ching o libro de las mutaciones, y la evolución de los poemas es notoria. Hay un movimiento por atmósferas que atienden a lo oscuro: cuervos, alambres, suicidas, niebla. Es una historia que se desplaza impulsada por torturas que a veces exceden el lamento para volverse queja desarticulada.

La sensación de haber asistido a la representación de una obra donde la protagonista entra y sale de la escena al tiempo que conforma el escenario, y lo mismo coloca un cerezo que echa a volar un cuervo o pone nidos de púas entre las ramas, es la que nos queda al leer este poemario en verde y negro en que Verónica G. Arredondo descuelga las ventanas de la pared/ para volver al sueño.