“El deber de un periodista es informar,
informar de manera que ayude a la humanidad
 y no fomentando el odio y la arrogancia”
Ryszard Kapuściński

 

México.- Sin riesgo a equivocarme puedo describir a la sociedad mexicana como efervescente, participativa e informada. Tenemos mayor consciencia social y política que hace unos años. Nos gustan los debates, la oposición, la contraparte. Nos hemos vuelto críticos y vigilantes. Atrás quedó la colectividad dormida e indiferente ante los abusos del gobierno y la prensa.

Han sido muchos años que la afable sinergia entre gobierno y prensa empresarial normó la información que los mexicanos leíamos y escuchábamos en espacios noticiosos.  Con el recorte del presupuesto de publicidad, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador está obligando a los medios a replantear sus esquemas empresariales que, por otro lado, enfrentan una severa crisis de credibilidad y confianza. Por añadidura, la crítica ciudadana y el derecho de réplica han expuesto el talante intolerante de algunos periodistas que no estaban acostumbrados a ser cuestionados.  Con el cambio de régimen también cambiaron las exigencias a la prensa y hoy los ciudadanos demandan se hagan responsables de sus opiniones.

Las conferencias matutinas de AMLO marcan la agenda de la discusión política, envía mensajes a la sociedad de manera directa, en un lenguaje sencillo que no requiere de intermediarios, doctos análisis ni sabias interpretaciones. AMLO le habla a los mexicanos en sus propios términos. A pesar de que es necesario pulir el órgano de comunicación social del gobierno, en beneficio de la precisión y la claridad, la popularidad y eficacia de “La Mañanera” es inobjetable.

Ante la nueva realidad que trajo consigo la Cuarta Transformación (4T), los medios mexicanos y sus diversos actores están en serios problemas.

Hace varios días se empezó en tuiter una campaña de desprestigio muy bien orquestada; en lo particular iba dirigida contra activistas de izquierda con canales en Youtube, en lo general, contra cualquiera que cuestione el desempeño de los medios. La gama de descalificaciones iba desde la apariencia, hasta cuestionamientos sobre de la preparación académica y burlas por el estilo de comunicar. Participaron periodistas serios como Álvaro Delgado y Salvador Mejía y también mercenarios como Pablo Hiriart y Joaquín López—Dóriga. Daniel Moreno, director del portal “Animal Político”, escribió en el periódico “Reforma”: “Ya es tiempo de subrayar que dar conferencias diarias no es rendir cuentas. Se requiere que este gobierno responda con datos verificables, rigurosos, con transparencia metodológica”. Ivonne Melgar llamó “Fanáticos” y “Maquinaria de propaganda” a la opinión pública. Beltrán del Río aseguró que las críticas son pagadas por el gobierno. Es curioso, los periodistas involucrados en esta campaña negra no aportaron ninguna prueba y asumen que los derechos universales, como la libertad de opinión y de expresión, no aplican para sus “críticas”.

El fenómeno de los youtubers de izquierda detona durante la campaña que culminó en las elecciones del 1 de julio, cuando ciudadanos comunes y corrientes tomaron en sus manos el asunto de la información ante la creciente ola de fake news, manipulación y parcialidad de la prensa oficialista. La pinza cierra cuando los mexicanos buscan contrastar dicha información con medios alternativos y, a la vez, intentan mantenerse al margen de estrategias como la de Cambridge Analítica y Facebook, por lo que crece exponencialmente la popularidad de los llamados “youtubers de izquierda”. Como ellos mismos reconocen, no son periodistas. Ellos informan desde su propia subjetividad, donde subyacen personalísimos principios, ética, compromisos y utopías, los cuales encuentran eco en millones de seguidores.

Resulta especialmente peligroso cuando la prensa acusa y señala a un ciudadano sin pruebas, pero se vuelve grave cuando lo hace por expresar sus opiniones políticas. Y se complica aún más cuando ciertos periodistas acusan a los youtubers de izquierda de ser “chayoteros” —según el DEM, recibir sobornos de una oficina de gobierno para inducirlo a informar según su conveniencia—, sin aportar ninguna prueba que lo sustente. Esto puede obedecer a dos razones: por desconocimiento sobre la política de monetización de la red social, o es un cínico intento por desprestigiar intentando ponerlos al mismo nivel de corruptibilidad de los nombres que aparecen en las muy conocidas listas gubernamentales. En cualquier caso, sea por ignorancia o por cinismo, el nivel exhibido por cierto sector de la prensa es lamentable.

Si acaso los periodistas de la prensa tradicional consideran que es necesario un contrapeso ahora que los youtubers de izquierda son voceros no autorizados de la cuarta transformación, es decir, voceros oficialistas, se agradecería que olviden las prácticas intimidatorias y hagan sus críticas desde el oficio, atacando las ideas, la información o los planteamientos, la metodología y las fuentes, incluso, la aproximación y el tratamiento de los temas. Los mexicanos apreciaríamos la seriedad y el profesionalismo y, como consecuencia, enriquecería el debate público.

La democratización de México exige la democratización de los medios de comunicación. Los medios se erigen como auditores de los abusos del poder, pero se deben a sus lectores y espectadores. Lo que las audiencias desean es una prensa con integridad, que reporte con veracidad, sin manipulaciones. Si por priorizar negocios privados o dobles agendas lesionan a las audiencias, pierden su razón de ser, porque éstas van a seguir adelante buscando información en medios que merezcan su confianza y muestren una responsabilidad social que vaya de acuerdo a los criterios de esta nueva época.