LA COLUMNA DE OLVERA

 

México.- De acuerdo a nuestra Constitución Política: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Sin embargo, algunos periodistas encumbrados en sexenios anteriores, que por más que lo intentaron nunca lograron convertirse en verdaderos líderes de opinión, debido a sus intereses particulares o de grupo, se han olvidado de este mandato.

La pregunta obligada sería ¿por qué?

A lo mejor porque en años anteriores se les consentía todo y chantajeaban a las autoridades de sacarles sus “trapitos al sol” si no cumplían sus caprichos que en su mayoría consistían en fuertes cantidades de dinero pagadas del erario público, o simplemente porque sus ínfulas de grandeza o arrogancia no les permiten tolerar la diferencia de opiniones.

Además, no pueden o no quieren adaptarse a los nuevos tiempos, estos que para ellos son nefastos, pues perdieron todo el poder político que tenían antes, aquellos momento en que en muchos sectores de la sociedad se llegó a considerar a los periodistas como el Cuarto Poder.

Y este bien puede ser el caso de Carlos Marín, ex director de Milenio Diario, actualmente columnista de ese medio de comunicación o de Joaquín López- Dóriga, acostumbrados en otras épocas a gozar de los privilegios que el viejo régimen priista o los dos gobiernos federales panistas les daban: regalos, pagos anticipados por hablar bien de quienes saquearon al país, que llevaron a la banca rota a más de 60 millones de mexicanos que hoy viven en pobreza y quizá tarden décadas en salir de ese hoyo.

Ambos se jactan de ser furiosos defensores de la libertad de expresión, pero no aceptan que otros comunicadores piensen de manera diferente e incluso utilizan la descalificación o arman su propia película con tal de hacer valer su verdad, aunque saben que no la tienen.

En su columna del pasado jueves, quien fuera el ahijado predilecto de Margarita López Portillo y Pacheco -directora de RTC en el sexenio de su hermano José-, quien en varias ocasiones defendió a capa y espada a López Dóriga en sus días más obscuros, se armó tal guión cinematográfico, digno de producciones García Luna, al comentar que la pregunta que hice en la conferencia mañanera del pasado miércoles en Palacio Nacional sobre sugerir una investigación fiscal a periodistas, analistas y políticos que podrían estar recibiendo dinero para el movimiento feminista, fue para ayudar al presidente, quien desconocía la fecha del paro de mujeres convocado para el próximo lunes 9 de marzo.

Y qué decir de los comentarios de Carlos Marín, por demás groseros, quien me calificó de “gacetillero” y de “lamer los presidenciales pies”, por el simple hecho de hacer lo que todo periodista hace en una conferencia de prensa como es el preguntar.

Estas palabras no me asombran de alguien quien perdió no sólo la dirección de un periódico sino también el poder pavonearse en los círculos del poder donde era “respetado” por el cargo que tenía; pero ahora, al quedarse solo y sin el cobijo de la directiva del medio donde todavía colabora, da rienda rienda suelta a su frustración.

Dicen que los resentidos son igual o más peligrosos que las víboras, las cuales se arrastran y sueltan su veneno cuando se sienten amenazadas o bajo peligro.

Es oportuno dejar en claro que estas líneas que escribo no tienen más objetivo que el de recordarles a ciertos “periodistas” (Raymundo Riva Palacio, Ciro Gómez Leyva, Federico Arreola y Salvador Camarena), que en el pasado se consideraban intocables o “vacas sagradas”, que existe un mandato constitucional que rige nuestra profesión, el cuel es la LIBERTAD DE EXPRESIÓN.