“La vida es un sueño, el despertar es lo que mata”

Virginia Wolf

México.- Lo vi en el café desde el otro lado de la calle. Circunspecto y solitario. Le toqué el hombro y sonrió, sonreímos. Tomaba chocolate caliente con agua.

―Gastritis ―explicó.

Veíamos pasar a la gente como si casi no importara el motivo que nos había llevado hasta ahí, a esa hora, en ese lugar sencillo, y advertíamos al mesero coquetear y rondar por el par de mesas puestas en la banqueta, sin poder resolverle nada a nadie.

―¿Tienes tamales? ―pregunté cuando los vi anunciados en la pizarra.

―No, pero tenemos empanadas.

―No, gracias.

Luis veía la calle, como el león que pierde la mirada en la llanura, amo absoluto de su vida.

Luis Aguilar nació en Valle Hermoso, Tamaulipas en 1971. Ha publicado cerca de dieciséis libros de poesía y uno de cuento. Ganó el Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen (2015), el Internacional de Poesía Nicolás Guillén (2010), y el Premio Nacional de Poesía Toluca (2015), entre otros muchos. Su vida ha transcurrido mayormente en Monterrey. Vivió un año en Jalapa, Veracruz donde realizó un trabajo independiente de comunicación. Actualmente radica en la Ciudad de México, colaborando en el Instituto de Estudios Históricos. Vive en Tlalpan y le gusta recorrer el bosque.

La mayoría de las personas no tienen que pensar en medicamentos psiquiátricos, ni siquiera les resulta real, pero es un asunto cotidiano que tenemos que atender los otros, desde la trinchera que resguardamos: nuestra salud mental, que no es otra cosa que tratar de sobrevivir a nosotros mismos.

―¿Has tomado Sertralina? ―le pregunté, dando un sorbo a una rara bebida que pedí, yogurt con frutos rojos, que me supo a avena sin azúcar. ―He tomado todos los medicamentos y he estado en tratamiento. Voy con una terapeuta. ¿Qué más?

Lo vi con seriedad, como ven los adultos, y volvimos a ver a las personas por la calle, sus ropas, sus ojos, y terminamos con nuestras bebidas con la paz que nos ofrecía el momento. También hablamos de locura, esa señora que nos ve sobre el hombro, acechante y hermosa. ¿De qué más pueden hablar dos poetas solitarios y asustados?

―Si vamos a conseguir el CBD, tiene que ser hoy  ―dijo Luis, mientras pagaba la cuenta. Nos fuimos directo a Plaza Delta. No lo tenían en Sanborns como habíamos supuesto y el olor a palomitas de cine nos llevó a ver la cartelera. Nada bueno, pero nos compramos un buen combo de comida chatarra, mientras hablábamos de la mejor manera de matarse uno mismo.

            ―Pistola no ―le dije, puede que no resulte y te quedes pendejo.             ―Si la pones en la boca, en esta dirección ―dijo él, simulando una pistola con la mano dentro de su boca― no hay falla. Directo en la sien hay riesgo de quedar idiota.

―¿Y qué tal un puño de pastillas? ―pregunté.

―También el gas.

―Sí, como lo hizo Robin Williams.

―Así es ―me confirmó. Y nos tornamos taciturnos, examinando lo que había en la pequeña mesa redonda que sostenía nuestras “chucherías”, un poco hartos.

Hacía unos días yo me había preguntado de dónde había salido la idea de comer palomitas en los cines, y de pronto Luis me soltó:

―¿Sabías que el narrador mexicano Francisco Tario, descendiente de buena familia, le apostó a introducir las palomitas a los cines y le atinó? Venos, tragando palomitas porque a este bato se le ocurrió.

Tario fue un escritor casi desconocido por no haberse alineado a ninguna corriente literaria. En sus cuentos pone a hablar a las cosas y a los perros, para registrar un lenguaje desde sus figuras.

―Gracias, Luis, hubiera muerto sin saberlo ―le dije sonriendo. ―Vámonos, falta poco para las siete.

Tomé el cartón con palomitas y mi soda, que en el camino regalé a un extraño señor mayor que nos dijo que le habían robado la cartera en el metro, yendo para Toluca.

―Qué extraño ―dijo Luis―, ¿no sabe que el metro no llega hasta Toluca? Y nos reímos algunas cuadras. Tomamos taxi sobre Cuauhtémoc, directo a Álvaro Obregón.

Hicimos la compra requerida, no sin algunos contratiempos. Para regresar cada uno a nuestras casas teníamos que tomar el metrobús sobre Insurgentes, pero a esa hora, cerca de las ocho, era una lata de sardinas aquella cosa, así es que decidimos buscar dónde cenar y tomarnos una cerveza.

Taquería La Frontera.

―¿Ya leíste a Piedad Bonett? ―No la conozco ―dije yo, que no he leído tanto como él. ―Te voy a prestar Lo que no tiene nombre, es la historia de su hijo. A los veintiocho años se lanzó de un sexto piso en Nueva York. Sufría de esquizofrenia desde los catorce. Imagina esa vida de sufrimiento constante.

“La conciencia de la muerte nos ayuda a vivir”, escribió Xavier Serrano Hortelano. La inmortalidad es un despropósito, un gran sinsentido. Sabemos el tiempo que nos queda, relativamente, pues la muerte casi siempre es inoportuna, accidental; nos vamos en un suspiro, en un parpadeo. ¡Y qué fortuna!

Luis Aguilar ha presenciado tantas muertes cercanas y trágicas que pareciera que ha vivido muchas vidas. Como la muerte lo haría, susurró al oído de su madre la invitación a irse: “Vete, mamá, ya no sufras, estamos bien, hiciste un buen trabajo, vete tranquila”. Todos desearíamos la voz del hijo en nuestro lecho de muerte, dándonos la despedida amorosa, cálida, liberadora. También a José María Mendiola, escritor nuevoleonés, le dijo: “Amparo está sufriendo, tu hija está bien, es tu momento, vete ya, es tu hora”. Después de decir estas palabras a su amigo y salir del hospital, antes de llegar a desayunar con Mary Rodríguez, la amiga que lo acompañaba, Amparo lo llamó para darle la noticia de la muerte de José María.

Uno de sus hermanos murió en sus brazos en infortunado accidente carretero hace muchos años, en el que su padre perdió la movilidad de la cintura para abajo, falleciendo de tristeza poco tiempo después, cuando dejó de comer por voluntad propia. Luis tenía dieciséis años.

―No me visites cuando caiga al hospital ―bromeé con él.

 “No quimio”, su libro ganador del Premio Toluca (2015), está dedicado a Dulce María González, querida amiga y colega en la Universidad Nacional de Nuevo León, quien se negó a recibir quimioterapia por segunda ocasión cuando el cáncer regresó con más fuerza a mermar su cuerpo. En una semana se fue, tranquila, en su casa, en su cama.

A partir de la historia de Daniel Segura, hijo de Bonett, recordé la trágica y prematura muerte de Carlos Fuentes Lemus, también pintor. Se ha manejado como un caso de fallecimiento debido a la hemofilia que padecía, pero se presupone que murió de una sobredosis en un hotel de Puerto Vallarta. Tanto él como su hermana, fueron hijos descuidados por sus padres, atendidos sólo con dinero. Carlos Fuentes siempre fue un padre ausente. Si dilucidamos un poco, todos somos pacientes psiquiátricos, desde las perspectivas de otros o incluso la propia. Por eso, dejemos los juicios de lado.

A Leticia Damm, escritora regiomontana y fumadora incansable, la atacó un devastador cáncer de pulmón a sus sesenta y tantos años. No quiso tomar quimioterapia y murió rápida y cómodamente gracias a la morfina. “Estoy en una edad prudente para morir”, dijo.

―La muerte es una bendición. Le damos más importancia de la que tiene. La gente debería de estar habituada a que hay que morirse. No hay nada que hacer, pero todo por hacer. Morir en paz ―dijo Luis, terminando con su cerveza.

El metrobús estaba completamente abandonado por las masas y regresamos en la tranquilidad que regala la Ciudad de México, un martes cualquiera a las once de la noche.

“La amistad es ante todo certidumbre, y eso es lo que la diferencia del amor”, escribió Marguerite Yourcenar. El trayecto de regreso fue en silencio, como ameritaba.